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Tradición y Revolución

El PSOE va a por los "guarros".

El PSOE va a por los "guarros".

 

 

 

  La principal seña de identidad que poseen los comunistas, anarquistas, hippies, rastafaris y demás personas de extrema izquierda es, además de su rechazo por el trabajo, su gigantesca fobia a la limpieza. Acostumbrados estamos a ver a los autodenominados “progresistas” vestidos con ropas medio rotas, desgarradas y sucias, o luciendo enormes rastras embarrizadas, lacias y mugrosas.

  Siempre me he preguntado cual será el origen de este afán por la inmundicia, la asquerosidad y lo soez; pues, a parte de al asesino Che Guevara, no recuerdo haber observado en ninguna fotografía a Marx, a Bakunim, a Trotsky, a Chávez o a cualquier otro líder izquierdista presentando un aspecto tan penoso. Desconozco si la razón del amor por la repugnancia proviene de la necesidad que tienen los niños pijos que componen las hordas marxistas de parecer pobres; o si será porque, casualmente, todos los edificios “okupados” carecen de bañera.

   La explicación más lógica que se me había ocurrido para explicar por qué aquellos personajes, que tan merecidamente son conocidos como “guarros” por quienes a ellos nos enfrentamos, rechazan la higiene y la pureza; es por su afán de subvertir el Orden Natural y político. Si, según la teoría de la lucha de clases, el objetivo de la destrucción de la sociedad es retornar al “comunismo” que supuestamente existió en los inicios de la Historia; resulta totalmente lógico que  los rojos quieran empezar a parecerse a los cavernícolas.

  Sin embargo, no es ésta la razón por la que los rojos veneran la  suciedad. Según ha desvelado la columnista de “El País” Maruja Torres, la razón es bien distinta: se trata de un arma más que los valientes cruzados contra el cambio climático esgrimen en defensa de la naturaleza.  Por ello, esta mujer abortista afirmó el pasado lunes, cuando visitó la Expo de Zaragoza, que “Cuando hago un pis cargado por la mañana no tiro de la cadena, espero varias horas con la ventana abierta. Yo no me ducho cada día, no soy tan guarra como para necesitar ducharme cada día. Yo me hago abluciones”.

   Y es que parece ser que el izquierdismo mundial se está transformando en una filial de Greenpeace, que de repente han descubierto que todos los males del mundo provienen de la destrucción de la naturaleza. Por ello nuestro “presidente” Zapatero enarboló el estandarte de la lucha contra el cambio climático en las pasadas elecciones. Sin embargo, el hecho de que durante la pasada legislatura las emisiones de CO2 sufrieran un aumento tan impresionante que hasta el Parlamento Europeo le reprochara su incumplimiento de los compromisos derivados del Protocolo de Kioto, demuestra que  esto es, al igual que todo,  una simple oferta electoral para captar votos. Es decir, si ya ganaron hace mucho tiempo el apoyo de los obreros y de quienes se consideran socialistas, y más tarde el de los lobbies   abortistas y sodomitas; ahora les toca el turno  a los ecologistas.

  Desde este punto de vista son comprensibles las declaraciones de Maruja Torres: con su despreocupación por la higiene pretende captar a la extrema izquierda.

 

 

 

España y la custodia de Tierra Santa.

España y la custodia de Tierra Santa.

 

 

    José Antonio afirmó que "ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo”, frase con la que nos recuerda el enorme orgullo que supone participar del glorioso destino universal de nuestra patria. Un destino que encuentra su origen en la tradición católica que nos transformó en la nación poderosa e invencible que, mientras permaneció fiel a la Santa Iglesia, gozó del grandísimo honor de ser su  escudo y su espada. Somos los españoles quienes hemos derrotado a los principales enemigos de la Verdadera Religión: el Islam, el protestantismo, la masonería, el liberalismo y el comunismo; quienes evangelizamos medio mundo y quines logramos que los Santos Lugares fueran  respetados en medio de la hostilidad musulmana y judía que se apoderó de Tierra Santa. A este último episodio de nuestra gloriosa historia que tan desconocido es, me referiré a continuación.

  Una vez finalizadas las Cruzadas en el siglo XIII, los reinos cristianos que participaron en las mismas se encontraban, lógicamente, en un estado de enemistad y conflicto con los soberanos musulmanes. Como consecuencia de esto, la conservación de los Santos Lugares se encontraba en una situación difícil y peligrosa, ya  que existía una amenazante probabilidad de su destrucción; al mismo tiempo que también se esfumaban las posibilidades de peregrinación hacia Jerusalén por parte de los europeos.

  Sin embargo, no toda la Cristiandad se encontraba en esta penosa situación con respecto a los nuevos amos de Palestina; ya que los reinos hispánicos, ocupados con su propia cruzada, la Reconquista, no habían participado directamente en el conflicto. Esta es la situación que favoreció la entrada de los reinos hispánicos primero, y de la España unificada después, en la lucha por conservar algunos de los más importantes santuarios y escenarios de la religión cristiana; así como la razón de que el título de “Rey de Jerusalén” haya permanecido hasta nuestros días entre los diferentes títulos que ostenta el monarca de España. Concretamente, fue la Corona de Aragón la entidad política que inició esta relación, ya que, a la razón anteriormente mencionada, se sumó la de la importancia comercial y económica de la  que este reino gozaba en el Mediterráneo de la Baja Edad Media.

  El primer punto de contacto establecido entre las monarquías hispánicas y la de Jerusalén fue el matrimonio, en 1262, entre Berenguela, hija del rey leonés Alfonso IX, y Juan de Brienne. Más tarde el reino de Jerusalén quedó en manos de Aragón, ya que en 1343 Sancha de Mallorca heredó de su marido Roberto de Anjou este título.

  Pero el monarca que, al heredar este título, logró que quedara en manos de España de manera definitiva fue Fernando II de Aragón  (1452-1516). Este rey, artífice junto con su esposa Isabel I de Castilla de la reunificación de nuestra nación, logró que el Papa Julio II firmara una bula según la cual le concedía el reinado de Jerusalén; acción que fue consecuencia, por un lado, de la habilidad diplomática del Rey Católico, y, por otro, para premiar su labor defensora de la Iglesia.

  Por lo que respecta a la conservación y custodia de los Santos lugares, se trató de un proceso paralelo a aquel que logró para el Rey de España la obtención del título de Rey de Jerusalén. Se desarrolló a través de la Orden Franciscana, ya que los diversos terrenos comprados por lo reinos hispánicos en Tierra Santa fueron cedidos a estos monjes, encomendándoles su conservación y custodia a través de la construcción de monasterios. De hecho, el propio fundador de la Orden, San Francisco de Asís (1182-1226), visitó esta región e inició lo que el P. León Villuendas calificó en su artículo “Los segundos cruzados o los frailes de la cuerda en Tierra Santa” como una segunda conquista de estos territorios, esta vez pacíficamente.

   Entre las reliquias y edificios custodiados por los franciscanos se encontraron, y en muchas ocasiones continúan encontrándose,  el Cenáculo, cuyo suelo fue comprado por Roberto de Anjou, el Santo Sepulcro, gestionado en 1327 por Jaime II; el Huerto del Getsemaní y el lugar de la Dormición, obtenidos por Pedro IV de Aragón; la casa donde vivió San Juan Bautista y la de la Natividad; además de otros lugares que no se sitúan en Palestina, tales como la Iglesia de la Sagrada Familia de El Cairo y el convento de Damasco.

  Por otro lado, y para finalizar este breve artículo, es importante conocer que la importante misión desempeñada por España en Tierra Santa no fue protagonizada únicamente por Reyes o frailes, sino también por numerosos seglares donantes de limosnas, quienes lo hicieron a partir de la institución denominada “Obra Pía de los Santos Lugares”.  A través de ella, miles de españoles cedieron parte de su patrimonio para mantener los edificios emblemáticos que custodiaban los franciscanos, y también para amparar a estos caritativos guardianes. Sin embargo, las garras de la masonería  expoliaron los 160 millones de pesetas de los que disponía la citada entidad, iniciándose de esta manera la agonía de la influencia española en la custodia de los Santos Lugares.

   El único “recuerdo” que nos queda de nuestra importante acción en Tierra Santa lo constituye el título de Rey de Jerusalén que posee el traidor de Juan Carlos I. Pero teniendo en nuestro trono a un masón, de nada nos sirve.  Tendremos que esperar a tener un rey católico, si es que es la monarquía el régimen que tendrá España cuando se reconcilie con su historia, para enorgullecernos de que nuestra Corona posea los derechos sucesorios de la patria de Jesucristo.

 

Orgullosos de nuestra historia.

Orgullosos de nuestra historia.

 

  Resulta realmente patético escuchar a la mayoría de los hispanoamericanos hablar acerca de España. Según afirman la mayoría de nuestros hermanos de ultramar, la conquista protagonizada por nuestros antepasados no fue sino un crimen perpetrado por   hombres sedientos de riqueza y de poder, que no dudaron en masacrar a etnias enteras con el único objetivo de encontrar oro. De este modo, supuestamente, se destruyó una época en la que reinaban la  paz y la armonía entre los indígenas, surgiendo un sistema colonial que explotó y maltrató a los americanos.

   Sin embargo, la realidad es muy distinta de esta versión inventada por los masones y los ingleses, ya que ese “paraíso socialista”  que Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales y compañía pretenden crear, fue tan inexistente en el pasado como lo es en la actualidad.

  Aunque  los seguidores del irracional “indigenismo” afirmen lo contrario, la verdad es que cuando España llegó a América, éste era un continente en el que unos pocos pueblos, como el azteca o el inca, habían sometido a muchos otros. De este modo existía un régimen de terror cuyas consecuencias describe Bernán Díaz del Castillo en “Historia Verdadera de la conquista de Nueva España” , cuando los miembros de un pueblo liberado por Hernán Cortés afirman que los aztecas “les robaban cuanto tenían, e las mujeres e hijas si eran hermosas las forzaban delante de ellos y de sus maridos, y se las tomaban, e que les hacían trabajar como si fueran esclavos, que les hacían llevar en canoas e por tierra madera de pinos, e piedra e leña e maíz, e otros muchos servicios de sembrar maizales; e les tomaban sus tierras para servicio de ídolos”.

  Frente a esta penosa situación, los españoles forjamos una sociedad en la que todos los indígenas eran respetados como si hubieran venido de la península, se les evangelizó y se les mostró la lengua y la cultura que todavía tienen; pues fueron nuestros antepasados quienes llevaron hasta América las universidades, el urbanismo, la rueda y el trabajo del metal.

  El que muchos sudamericanos rechacen a aquellas personas que les sacaron de la prehistoria sería como si los españoles condenáramos la conquista romana, cuando a ella le debemos, igual que nos deben a nosotros las naciones hispanoamericanas, la unidad de nuestra nación, la aparición de unas estructuras legislativas y administrativas eficientes y justas, el alfabeto y la lengua del que derivan los que tenemos actualmente… en definitiva: el haber abandonado nuestra condición de bárbaros para iniciar una existencia como pueblo civilizado.

   Puede que a los defensores del “Socialismo del siglo XXI” les parezca justo que se sacrificaran personas todos los días ante falsos ídolos de piedra, pero a las personas con un mínimo de sentido común nos parece una actitud retrógrada e irracional que justifica plenamente la conquista de América, una acción de la que solo los españoles podemos enorgullecernos porque   fuimos los únicos que tuvimos como primer objetivo de la conquista la evangelización de los infieles. Es decir, mientras que los monarcas españoles asumían que su poder proviene de Dios y que su misión es la de gobernar en su nombre y con justicia,  los gobernantes de naciones protestantes como Holanda e Inglaterra entregaban la iniciativa de la conquista a sociedades mercantiles privadas, cuya única misión era la de obtener recursos económicos. Por ello, al mismo tiempo que nuestros antepasados creaban Virreinatos que se integraban en el Imperio español como provincias cualesquiera; los herejes ingleses fundaban colonias sometidas a la metrópoli, donde los indígenas eran esclavizados y masacrados.

  A pesar de esto, no solo los iberoamericanos, sino también la mayoría de los españoles conservan todavía un sentimiento de culpa y de vergüenza ante nuestro glorioso pasado; cuando deberíamos de estar orgullosos porque, en palabras de Ramiro de Maeztu, “no hay en la historia universal obra comparable a la realizada por España, porque hemos incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo nuestra influencia”. Mientras que, todavía actualmente, en Norteamérica los poquísimos indígenas que existen se encuentran recluidos en reservas naturales, como si se tratara de animales; en Sudamérica la raza predominante no es la blanca, sino la criolla, que es consecuencia de la voluntad de fraternidad universal que nuestros antepasados asumieron al realizar la mayor obra de nuestra historia: la Hispanidad.

 

Chistes sobre ZP.

Chistes sobre ZP.

 

  •    Zapatero lleva juguetes a los niños del Hospital San Juan de Dios y el Director le dice:

- Señor Presidente, usted le trae juguetes y los niños hace dos días que no comen.
- ¡Ah... entonces dígales que si no comen, no hay juguetes!

 

  •        Le pregunta Zapatero a Jaimito:

- ¿Así que tú eres el de los cuentos?
- No, Sr. presidente... yo soy el de los chistes, el de los cuentos es Ud.

 

  •     Coinciden dos personas sentados en un banco de un paseo a la orilla

del mar y comienzan a conversar sobre el tiempo primero, después sobre
la situación del país, el gobierno, y, finalmente, sobre Zapatero.

El de más edad le dice al más joven:

- ¿Sabes....? Zapatero es como una tortuga en un poste de la luz.

Después de unos segundos, no entendiendo lo que quiere decir, el joven pregunta:

- ¿Qué significa eso de una tortuga en un poste?

- Si te fijas en un poste de alumbrado y ves una tortuga arriba,
haciendo equilibrios. ¿qué se te ocurre?


Ante la cara de estupor de la joven, continua:

1º No te explicas como llegó hasta allí.
2º No te puedes creer que esté allí.
3º Sabes que no pudo subir allí por sí sola.
4º Estás seguro que no debería estar allí.
5º Eres consciente de que no va a hacer nada útil mientras esté allí.
6º Piensas que lo más probable es que origine un problema en la
farola, o en la red eléctrica, o que caiga sobre la cabeza de algún
viandante.

Moraleja: lo más sensato y solidario sería bajarla de allí

Por favor, seamos solidarios...

 

 

  •     Se encuentran José Luis Rodríguez Zapatero, George Bush y la reina de Inglaterra en el infierno… (¡¡¡Motivos habrá!!!)

  Bush le contaba a la reina de Inglaterra que había un teléfono rojo en el infierno y que iba a hablar con el diablo para pedirle autorización para usarlo. Rápidamente, fue y le pidió al diablo permiso para hacer una llamada a los EE.UU., para saber como quedaba el país después de su partida.

  El diablo le concedió la llamada y habló durante 2 minutos. Al colgar, el diablo le dijo que el costo de la llamada eran 3 millones de dólares, y Bush le pagó.

  Al enterarse de esto, la reina de Inglaterra quiso hacer lo mismo y llamó a Inglaterra durante 5 minutos. El diablo le pasó una cuenta de 10 millones de libras.

  ZP también sintió ganas de llamar a España para ver como había dejado el país, y habló durante 3 horas. Cuando colgó, el diablo le dijo que eran 25 céntimos de Euro. ZP se quedó atónito, pues había visto el costo de las llamadas de los demás, así que le preguntó por qué era tan barato llamar a España.

  El diablo le respondió: “Mira, muchacho… con la cantidad de parados, las huelgas, los problemas en los hospitales públicos, los problemas educativos, la falta de agua, la kale borroka, los independentismos de aldea, la inmigración, la falta de justicia, la desmembración del estado, la impunidad y corrupción política, la inseguridad ciudadana, el desgobierno, los incendios, los moros, los rumanos, los “socios” de ERC, la ETA, la Cristina Narbona, los problemas de vivienda, la “menestra” Trujillo y el menesteroso “Desatinos”, tienes a España hecha un desastre, un caos,
en definitiva, un infierno… y de “infierno” a “infierno”, la llamada es “local”.

  •      ¿Como llegó ZP al congreso?:

     Espartero llegó en caballo,
Tejero a punta de pistola,
y ZP en tren de cercanías

 

  •       El presidente Zapatero, en visita oficial a Inglaterra, es invitado por la Reina Isabel II a tomar un te. Durante el encuentro le pregunta cual es su filosofía de liderazgo y ella contesta que es rodearse de personas inteligentes. Entonces Zapatero le pregunta como sabe si las personas son inteligentes o no.

-”Lo sé haciendo la pregunta adecuada - contesta, la Reina - deje que se lo demuestre”.
La Reina llama por teléfono a Tony Blair y le dice:
-”Señor Primer Ministro, le ruego que conteste a la siguiente pregunta: su madre tiene un hijo, su padre tiene un hijo y este niño no es ni su hermano
ni su hermana. ¿Quién es?”.
Tony Blair contesta:
- “Obviamente, ¡soy yo!, Majestad”.
-” ¡Correcto Gracias Sir”, dice la Reina. La Reina cuelga.
-” ¿Ha entendido Mr. Zapatero?”.
-”Claro - responde sorprendido Zapatero - Muchísimas gracias Majestad. ¡Sin duda haré lo mismo!”.
De vuelta a la Moncloa decide hacer la prueba a Caldera. Le pide que vaya a verle por una cuestión urgente y le pregunta:
-”A ver, Caldera si me puedes contestar a esta pregunta”.
-” ¡Claro, Señor Presidente! ¿Qué desea saber?”
-”Tu madre tiene un hijo, tu padre también y este niño no es ni tu hermano ni tu hermana. ¿Quién es?”.
Caldera, con un poco de dificultad, contesta que le gustaría pensarlo bien para dar una respuesta apropiada. Al salir de la Moncloa, en el pánico total, organiza una reunión urgente con el nuevo gabinete del gobierno para analizar la pregunta. Después de varias horas, sin poder encontrar la respuesta correcta se les ocurre llamar a Bono que estaba de viaje:
-”Oye José, una preguntita fácil”.
-”Dime”.
-”Tu madre tiene un hijo, tu padre tiene un hijo y este niño no es ni tu
hermano ni tu hermana. ¿Quién es?”.
José Bono contesta enseguida:
- “Pues soy yo, ¡claro!”.
Tranquilizado, Caldera llama al Presidente Zapatero y le dice:
-”¡Presidente, ya lo sé! ¡Es Bono!”.
Y Zapatero indignado contesta:
- “¡No, idiota! ¡Es Tony Blair!”.

 

  •      Un avión esta a punto de estrellarse, solo hay 4 paracaídas para 5 pasajeros. El primer pasajero dice: Soy Steven Spielberg, tengo que terminar mi mejor película, y no puedo morir!” Coge un paracaídas y salta. El segundo pasajero dice: “Soy Hillary Clinton, ex-primera dama, senadora por Nueva York y posible presidenta de los EEUU, soy demasiado importante para morir”. Coge el segundo paracaídas y salta. El tercer pasajero dice: “Soy Zapatero, el presidente mas inteligente y competente que ha tenido España, mis conciudadanos me aman, no puedo morir.” Y salta. Solo quedan en el avión Juan Pablo II y un niño de 10 años. El Papa dice: “Soy viejo y no me queda mucho tiempo, como soy católico te doy el ultimo paracaídas, salta tú”. Y el niño le responde: “Tranquilo su Santidad, coja su paracaídas que el presidente Zapatero acaba de saltar con mi mochila del colegio”.

 

 

  •      Un borracho está en la Plaza Mayor gritando:

- ¡¡¡ EL PRESIDENTE ES UN HIJO DE ####, EL PRESIDENTE ES UN HIJO DE ####!!!.
Rápidamente, aparecen dos policías y le empiezan a dar golpes por traición a la Patria y se lo llevan a rastras. El pobre borracho empieza a implorarles:
- ¡Pero si me refería al Presidente de Estados Unidos!
Y los policías le contestaron:
¡No trates de confundirnos!. Nosotros sabemos bien quién es el hijo de ####!

 

El Cristianismo y la Guerra.

El Cristianismo y la Guerra.

 

 

 En el siguiente artículo, expondremos la concepción que la Religión Cristiana ha tenido con respecto a la guerra a lo largo de sus 2000 años de historia.

  Pero para ello, es necesario conocer previamente la cosmovisión que han tenido acerca de esta realidad las dos culturas que más han influido en el cristianismo, las cuales, a través de sus distintas aportaciones, han contribuido ha clarificar y definir la doctrina de la Santa Iglesia Católica con respecto a la actividad bélica.

 

     La guerra para los judíos.

 

 La primera de las dos realidades influyentes a las cuales nos hemos referido anteriormente, está configurada por la cultura hebrea, esto es, aquella en cuyo seno vivió Jesucristo.

  Se trata de una cultura que considera que Dios es, ante todo, un Juez, es decir, un ser todopoderoso que premia a aquellos que, habiendo sido elegidos por él como componentes de un “Pueblo elegido”, le son fieles; y que castiga a quienes le traicionan o pretenden destruir.

  Por ello, la acción bélica es considerada por los judíos como una actividad restauradora del orden justo y querido por Dios. Desde esta cosmovisión, aseguran los hebreos que un conflicto entre varios ejércitos no es sino una batalla entre Yahvé y los ídolos falsos. En consecuencia, antes de cada batalla, mientras los enemigos de Israel sacaban a sus efigies religiosas para invocar su ayuda, Israel hacía lo propio con el Arca de la Alianza, que representa el carácter religioso del combate.

  Además, estos combates son precedidos y acompañados por toda una serie de rituales religiosos que el Antiguo Testamento describe en el capítulo número 20 del Deuteronomio. Según relata aquí la “Ley de la Guerra”, toda batalla ha de iniciarse con una serie de arengas iniciadas por sacerdotes  y continuadas por los oficiales militares. También se emplean trompetas e instrumentos rituales para convocar a las tropas,  se ofrecen sacrificios a Yahvé y, una vez obtenida la victoria, se procede a consagrar el botín a Dios. Esto último, denominado “Herem”, muestra como la guerra es realizada no como medio de enriquecimiento del pueblo, sino para restaurar el orden deseado por el Creador.

  Como consecuencia del componente religioso de la guerra, Yahvé participa en las batallas libradas por su pueblo. Podemos apreciar esto en distintos episodios del Antiguo Testamento, como por ejemplo en el combate entre David y Goliat, un episodio donde el Señor demuestra a los israelitas que la victoria depende de su voluntad, y no de la fuerza de los contendientes.

  También es importante tener en cuenta que el Rey de Israel es ungido por un Profeta como consecuencia de la necesidad de hacer presente en el pueblo que su poder viene de Dios y que, tal y como se deriva de esto, las armas del monarca están al servicio de la justicia. Por ello, Samuel unge a Saúl, pero este acaba traicionando a aquel que le había concedido su poder. En consecuencia, Yahvé permite que los filisteos le asesinen y busca a un nuevo hombre para ungir. Esta vez, Samuel proclamará Rey a David, el cual también peca contra Dios, pero, a diferencia de su predecesor, se arrepiente y muere estando al servicio del Señor.

  El Señor otorgará numerosas victorias a su pueblo, a través de un ejército que los judíos mantendrán hasta su total destrucción por parte del rey asirio Sargón III en el 721 a.C.

  Posteriormente, en el siglo IV a.C la conquista de la actual Palestina por parte de Alejandro Magno y el postrer desarrollo en este marco geográfico del imperio seléucida, darán lugar a que, ante la contaminación del judaísmo por parte del helenismo, surgiera un nuevo movimiento guerrero contra la ocupación foránea: el movimiento zelota.

 Esta realidad puede apreciarse en los dos libros de los Macabeos, que narran la resistencia armada del pueblo judío por medio de guerrillas.

  La lucha de los Macabeos, nombre de la familia que acaudilló los principales levantamientos anti-helenísticos, es importante en la tradición guerrera cristiana, lo cual queda demostrado por el hecho de que los dos libros que llevan este nombre han sido, el contrario que en el judaísmo, introducidos en el canon bíblico. Por ello, el Papa San Pío X calificó a estos guerreros como "intrépidos defensores de la Religión y de la Patria".

  Pero el análisis de la lucha macabea no solamente es importante para demostrar la herencia de la tradición judía en la posterior cosmovisión cristiana de la guerra, sino también para comprobar la concepción que de esta realidad tenía el pueblo hebreo.

 Esto es, en I Macabeos, 3, 19-22 podemos leer "La victoria no depende del número de nuestros soldados, pues la fuerza viene del cielo. Ellos vienen a atacarnos llenos de insolencia e impiedad, para aniquilarnos y saquearnos... mientras que nosotros peleamos por nuestra vida y nuestra religión. El Señor los aplastará ante nosotros. No los temáis", y en 3,58-60 “Preparaos, sed valientes, más vale morir en la guerra que ver los males de nuestro Pueblo y nuestro Santuario". Estas dos citas demuestran que la guerra es una actividad consagrada a Dios, quien es el artífice de la victoria.

  Por último, para comprender la aportación del judaísmo a la doctrina cristiana de la guerra, es importante clarificar el significado del quinto mandamiento: “No matarás”.

 A menudo, quienes consideran, o quieren considerar, a la religión cristiana como totalmente opuesta a cualquier tipo de violencia, apelan a esta sentencia como noción justificadora de su supuesto pacifismo. A primera vista, podría parecer que Dios condenó  cualquier tipo de actividad bélica cuando entregó a Moisés las Tablas de la Ley en el monte Sinaí; pero esta interpretación es consecuencia de la ausencia de conocimiento de la lengua hebrea. Hasta un intelectual como Miguel de de Unamuno afirmó en una carta dirigida a Ángel Ganivet que “Hoy, que tanto se habla por muchos del reinado social de Jesús, se debía meditar algo más en que tal reinado no puede ser más que el reinado de la paz (…). No hay fariseismo que pueda empañar el claro y terminante: ¡No matarás! Sin embargo, sentencias como esta desconocen el significado que encierra el quinto mandamiento cuando no está traducido al latín o a una lengua vernácula. Mientras que en nuestras Biblias se ha traducido el verbo que en hebreo se escribe “ratsaj” como “matar”, la realidad es que el concepto empleado por lo judíos para esto es el de “qatal”, refriéndose el primero a “asesinar”, esto es, a matar ilícita o injustamente.

  El conocimiento de todo lo expuesto anteriormente es importante para comprender la doctrina católica de la guerra, ya que Jesucristo afirmó que no había venido a revocar la Ley (esto es, el AT), sino a darle cumplimiento. Pero, en base a esto último, ha de tenerse muy presente que, tal y como afirma Ramón Trevijano en uno de sus artículos, la interpretación del Antiguo Testamento es muy diferente entre los judíos y los cristianos, pues el judaísmo interpreta esta Biblia desde la tradición talmúdica y el cristianismo desde el N.T”. Esto es, los católicos aplicamos toda la doctrina que Jesús nos enseñó para comprender el significado de las realidades que nos transmite el Antiguo Testamento, mientras que los judíos actuales lo interpretan de una forma muy diferente que considera a Dios un juez antes que un Padre que ama a sus hijos.

  Sin embargo, antes de entrar de lleno en la doctrina estrictamente cristiana de la actividad militar, es necesario estudiar el segundo de los dos elementos culturales que han aportado su tradición de cosmovisión guerrera al cristianismo.

 

     La guerra en el mundo clásico.

 

  Siguiendo el precepto evangélico de extender la doctrina cristiana por todo el mundo, los apóstoles y sus primitivos sucesores iniciaron la expansión de la Verdadera Religión por los confines del hostil Imperio Romano, esto es, por todo el mundo conocido entonces. Primo Siena escribe en uno de sus últimos artículos que “Ese fue el largo período heroico del cristianismo de las catacumbas, donde algo nuevo y prodigioso estaba acaeciendo: allí no se bautizaban en la nueva fe solo romanos paganos, allí se preparaba y disponía el bautismo de las antiguas tradiciones del mundo pagano por el día en que Roma abandonaría los dioses falaces para reconocer en sus mitos el sello del Dios Ignoto, del Cristo venido sobre la tierra como el Salvador victorioso de la humanidad”.

  Es decir, el cristianismo, que desde sus inicios se autoproclamó la “Religión del logos”, asumió la tradición greco-latina para perfeccionar y definir su doctrina y su teología, ya que esta cultura fue la creadora de la ciencia, de la filosofía y del derecho; realidades que, por ser perfectas obras de la razón humana, se consideraban un reflejo de la razón divina que ordena el cosmos y que Cristo ha revelado al hombre.

  Dentro de esta asimilación de la cultura romana por parte del cristianismo, se incluye también la doctrina de la guerra, que a continuación explicaremos.

  En primer lugar, es necesario conocer que, al igual que para los judíos, la actividad bélica tenía una dimensión religiosa entre los antiguos griegos y romanos. Ellos consideraban que todo conflicto contaba con el beneplácito de los dioses, los cuales intervenían en el mismo. Un claro y conocido ejemplo de esto, podemos apreciarlo en la “Ilíada”, donde la presencia de dioses (como Poseidón, Hera, Apolo) y semidioses (como Aquiles) es continua y determinante.

  Esta obra nos demuestra la cosmovisión religiosa de la guerra en el sentido de que, una simple batalla ocurrida en 1183 a.C, probablemente por el control del paso al Pontos Euximes, llegó a transformarse en todo un mito religioso, transmitido de generación en generación por medio de los “aeros” hasta que Homero sistematizó las distintas versiones del conflicto en torno a una única narración escrita.

  Sin embargo, a pesar de su importancia, el sistema de guerra homérico no es el que  influyó finalmente en la cultura romana y, a partir de aquí, en el cristianismo. Los conflictos que narra la “Iliada”, se basaban en el heroísmo, es decir, en el “agón” o valor individual destinado a la obtención de la gloria o “arete” que transforma a su poseedor en “aristos” (aristócrata).

  Por el contrario, desde la época Arcaica griega (siglos VIII, VII y VI a.C), se extendió en la Hélade una nueva concepción de la guerra que, trascendiendo al individualismo anterior, consideraba a esta actividad como un servicio a la patria y a la sociedad. Mientras que las anteriores batallas podían decidirse a partir de un duelo individual entre los mejores soldados de cada ejército enfrentado (que eran aristoi), en este periodo se introdujo la reforma hoplítica, la cual, además de su importancia táctica, nos muestra el componente de servicio al que anteriormente hemos aludido.

 Esto es, los combatientes eran los propios componentes de la “Polis” o ciudad-estado, los cuales combatían en filas homogéneas que eliminaban las diferencias sociales y donde la misión de cada guerrero no era destacar entre sus compañeros, sino mantener su posición para, con la ayuda de los mismos, derrotar juntos al adversario.

  Esta innovación militar se relaciona con el surgimiento de la “Polis”, palabra que precisamente proviene de “polemos” (guerra), y que se refiere a un concepto que podríamos traducir como nación, ya que no se refiere al sistema político o administrativo, sino a la comunidad humana en sí

  Es decir, Grecia ha transmitido una concepción de la guerra que se caracteriza por considerarla como un servicio a la Patria en peligro, lo cual se consideraba un deber de cada miembro de la nación y que el poeta romano Horacio expresó con la siguiente sentencia: “Dulce et Decorum est pro patria mori” (“Es dulce y honroso morir por la Patria”).

  Los primero historiadores clásicos que hablan de la guerra, fueron Tucídides y Polibio. El primero de los mismos diferenció en el siglo V a.C la existencia de causas y pretextos en todos los conflictos. Mientras que los segundos son simples desencadenantes del enfrentamiento bélico, los primeros son los que determinan su existencia, y en base a los cuales se desarrolló la teoría de legitimización moral de la actividad bélica.

  Los autores clásicos determinaron la presencia de una serie de “causas de al guerra”, que son las siguientes: la ideología (el patriotismo, el honor, la libertad), la economía, y la historia (Roma se consideraba predestinada a controlar todo el mundo).

 Sin embargo, el “bellum iustum” o “guerra justa” solamente se consideraba como tal desde el momento en el que se daban cinco supuestos: carácter defensivo, bien intencionado (esto es, legitimizado por una de las “causas” anteriormente citadas), declarada (es decir, no iniciada a traición), proporcionada, y, finalmente, utilizada solamente como último recurso.

 

  A partir de estas cinco premisas aportadas por la cultura clásica, y de la tradición hebrea, la teología cristiana desarrollaría una determinada concepción de la guerra que, ante todo, se basa en las enseñanzas evangélicas.

 

     La guerra en el Evangelio y en los primeros siglos del Cristianismo.

 

  Puesto que el núcleo de la religión cristiana encuentra su esencia en el Evangelio, es en el estudio del mismo donde podemos encontrar las enseñanzas de Jesucristo con respecto a cualquier temática, como es, en este caso, la guerra.

  Sin embargo, no existe ningún momento en el cual el Señor hable de este tema específicamente, y debemos reconstruir su doctrina a través de pasajes donde se alude a la violencia.

  En uno de ellos, transmitido en MT, 15, 18-19, Jesús califica al homicidio como una actividad impura: “En cambio, lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina la hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias”. Esto es, Jesús nos enseña que la violencia injusta (“Ratsaj”, cuyo significado ya hemos explicado anteriormente) es una actividad contraria a la naturaleza humana, ya que somos criaturas del Señor, y por tanto Él es el único ser con legitimidad para quitarnos la vida. Toda acción contra-natura es una desobediencia a Dios y un desafío a su poder y autoridad.

   Además, en otros pasajes el Señor nos enseña que el odio es una actividad que también debemos rechazar, pues, por ser hijos de un Dios que es amor, también atentamos contra su voluntad en el momento en que no basamos en Él nuestras acciones: “Habéis oído decir “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen”.

  Es decir, a partir de lo que hemos visto hasta ahora podemos asegurar que toda actividad desarrollada por odio, como es un asesinato, es condenada por el Cielo, ya que es contraria a la voluntad del Creador.

  Sin embargo, no toda actividad violenta es necesariamente consecuencia del odio; lo cual expresa San Agustín al decir que una bofetada puede ser un acto de caridad y una caricia una invitación al pecado; lo cual implica la existencia de acciones violentas que, aunque pueda parecer paradójico, se basan en el amor y en la justicia.  

   El mejor ejemplo de esto podemos demostrarlo a partir de un ejemplo aportado por el mismo Jesucristo, quien actuó con violencia en una ocasión: “Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". En este episodio vemos como nuestro Señor se enfrenta a los enemigos de su Padre, pero no por odio a los mismos sino por amor al Creador.

  A pesar de lo indicado anteriormente, existen personas que consideran anticristiana la violencia en cualquiera de sus posibles manifestaciones. Para argumentar esta postura, suelen basarse en el episodio evangélico en el que  Pedro defiende con una espada a su Maestro, acción ante la cual éste reacciona afirmando Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.

  Sin embargo, esto no puede ser una condena al empleo de las armas, ya que si Pedro llevaba una consigo, Jesús lo debía conocer y aprobar. Si responde con esta frase a Pedro es, por un lado, porque no quiere que éste evite que se cumpla la voluntad de Dios: la muerte de Jesús y su resurrección redentora; y, por otro, Pedro es el apóstol al que ha elegido para que le suceda, una misión que no puede quedar vacante y de la que la naciente Iglesia no puede prescindir.

 

   Por tanto, la violencia es injusta siempre que se emplee para atacar al enemigo como consecuencia del odio; pero es justa cuando se utiliza para defender al prójimo en peligro o para restaurar la justicia.

   Pero a partir del Evangelio no solamente podemos conocer las situaciones que justifican la violencia individual, sino también aquellas que hacen lícito el empleo de la fuerza colectiva, esto es, la guerra.

   Para ello es imprescindible conocer que Jesús defiende la sumisión de los cristianos a sus autoridades políticas, siempre que sean legítimas, lo cual expresa al decir a Pilatos que su autoridad proviene de Dios. Esto mismo recordará San Pablo a las primeras comunidades al decirles: "Toda persona debe someterse a las autoridades superiores, porque no hay autoridad si no de Dios; y aquellas que existen han sido ordenadas por Dios. Por lo tanto quien se rebela a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Los magistrados no son temidos por quienes obran bien, sino por aquellos que abran mal. ¿No quieres temer a la autoridad? ¡Obra bien y serás alabado!

  Es decir, los cristianos debemos respetar el Estado, que es un instrumento cuyo objetivo es servir a la patria, lo cual significa que la “tierra de nuestros padres”, a quienes el cuarto mandamiento nos obliga a honrar, es una entidad a la que hemos servir fielmente. Y, puesto que una nación no es sino un sujeto colectivo, todas aquellas enseñanzas que Jesús nos transmitió para reconocer las situaciones que hacen lícito el empleo de la violencia por parte de personas (sujetos individuales), serán igualmente válidas para aquellas otras que se relacionen con una nación (sujeto colectivo). Del mismo modo que es moral el empleo de la violencia  por parte de individuos que actúan en justa defensa, también lo es en el caso de que sea una nación la que actúe de este modo.

  Por esta razón existieron en los primeros siglos de la historia de la Iglesia muchos cristianos militares, cuyo oficio era el de garantizar la defensa del Imperio Romano. El mejor ejemplo podemos encontrarlo en el episodio narrado por Mateo entre los versículos 5 y 11 del octavo capítulo de su versión del Evangelio, donde Jesús califica a un centurión romano como la persona poseedora de la Fe más grande de Israel.

   También San Lucas transmite la existencia de soldados cristianos, ya que en el versículo 14 del tercer capítulo de su Evangelio, unos guerreros preguntan a Jesucristo cual debe ser su forma de actuar, contestándoles él: “No hagáis extorsiones a nadie, ni denuncies falsamente, contentaros con vuestra soldada”. Esto es, no les  prohíbe la vida castrense, sino que les insta a vivirla cristianamente.

  Otros militares cristianos  fueron, por ejemplo, San Alejandro de Drizipara, quien fue asesinado por Maximiliano como consecuencia de negarse a ofrecer sacrificios a los falsos dioses romanos; San Sebastián, martirizado en el siglo III por evangelizar a sus camaradas; y  San Gordio, asesinado por Diocleciano. Es significativo que, siendo guerreros, varios cristianos alcanzaran la palma del martirio, pues esto implica que no ejercían una profesión pecaminosa, sino que estaban realizando una actividad donde se podía sembrar la semilla del Evangelio de la misma manera que en cualquier otra.

   Es a partir de esto último, la persecución romana,  desde donde podemos comprender la hostilidad de varios padres de la Iglesia con respecto al servicio militar: puesto que el Imperio Romano se transformó en un régimen que perseguía a los cristianos, era una entidad ilegítima y, en consecuencia, estar a su servicio constituía una actividad inmoral. Por ello, Orígenes, Tertuliano e Hipólito mostraron en el siglo III posiciones claramente antibelicistas.

  Sin embargo, esta condena al Imperio Romano no suponía una posición pacifista, ya que otros muchos Padres empleaban continuamente metáforas militares para referirse a los cristianos; lo cual no hubiesen hecho si hubieran sido antibelicistas.Un ejemplo de ello podemos encontrarlo en San Ignacio de Antioquia, quien en el siglo I condena servir al Emperador, esto es, el ser “milits Caesar”, pero propone a los seguidores de Cristo ser “milites Chirsti”; o en San Juan Crisóstomo, quien en el siglo IV escribe: “Pues nuestra religión es una guerra, y la más dura de todas las guerras, y pelea y batalla. Formemos la línea de combate. Tal como nuestro Rey nos ha mandado, dipuestos siempre a derramar nuestra sangre, mirando por la salvación de todos, alentando a los que permanecen firmes y levantando a los que han caído.”.

 

       La conversión del Imperio Romano y la doctrina de la guerra justa.

 

  Será a partir de la conversión del Imperio Romano cuando las hostilidades de los Padres de la Iglesia con respecto a la guerra desaparezcan, haciendo de este modo posible que se desarrollara el concepto de “guerra justa”.

  No obstante, antes de referirnos a esta doctrina católica, es necesario hacer referencia al episodio, precisamente bélico, que transformó al tiránico Imperio romano en una potencia cristiana. Nos estamos refiriendo a la batalla sobre el Puente Milvio.

  Se trató de un enfrentamiento librado entre Majencio y Constantino en el día 28 de Octubre del 312, como consecuencia de la usurpación del trono imperial por parte del primero; y en cuya víspera ocurrió un episodio que decidiría la batalla a favor de Constantino. Según narra el historiador Eusebio, un ángel se apareció en sueños al futuro emperador, mientras le mostraba una cruz y le aseguraba que “in hoc signo vinces” (“con este signo vencerás”). Inmediatamente, Constantino ordenaría la sustitución de los estandartes paganos por la cruz redentora, obteniendo una gran victoria contra su adversario.

  Como consecuencia, el nuevo Emperador terminaría con la persecución de los cristianos mediante el Edicto de Milán; que permitiría el inicio de una época de paz para la Verdadera religión que culminaría con la proclamación de su oficialidad por parte de Teodosio mediante el Edicto de Tesalónica, promulgado el 24 de Noviembre de 380.

   Es decir, la predicación de la doctrina cristiana entre los romanos iniciada con los doce apóstoles, culminaría con la creación de un estado fiel a esta Religión; un estado que, abandonando su antiguo rol de “azote del cristianismo”, se convirtió en un instrumento al servicio de la Justicia y de la Verdad que sentaría las bases de la futura Europa. Puesto que desde este momento servir al Estado ya no era una actividad inmoral, el oficio militar dejaba definitivamente de ser anticristiano. Además, la actividad bélica se “cristianizaría”, para adaptarla a los principios que desde este momento inspiraron la política del Emperador. Esto se desarrollaría a partir de la denominada “doctrina de la guerra justa”, que a continuación procederemos a presentar.

 

  Se trata de un concepto desarrollado principalmente por San Agustín de Hipona, uno de los más importantes Padres de la Iglesia Católica, que vivió entre los años 354 y 430. Es decir, el contexto histórico en el cual se elabora esta doctrina se caracteriza, en primer lugar, por la existencia de un Imperio totalmente convertido (aunque, eso sí, contaminado por diversas herejías), y, en segundo lugar, por relacionarse con la agonía del mismo debido a la existencia de numerosas invasiones bárbaras; un ejemplo de las cuales fue el sitio a la ciudad de Hipona que los vándalos estaban llevando a cabo en el momento en que San Agustín falleció en esta ciudad.

  Esto es, en este momento la actividad bélica adquiría para el Imperio Romano una misión de subsistencia, ya que suponía la defensa del orden que él representaba en contra de la anarquía bárbara. Este “orden” sería definido más tarde como la sumisión de la “Ley positiva” a la “Ley eterna”, lo cual significa el emplear la justicia como base para la legislación humana como medio para obtener la Paz. Por ello, San Agustín, basándose en el principio evangélico que asegura que la “Paz es obra de la justicia”, definiría a las guerras justas como aquellas cuya misión es la restauración de la Paz. En “La ciudad de Dios” escribe que “se llaman justas las guerras que vengan las injusticias, cuando un pueblo o un estado, al que hay que hacer la guerra se ha descuidado en el castigo de los crímenes de los suyos o en la restitución de lo que ha sido arrebatado por medio de esas injusticias”.

  La restauración de la justicia, es considerada por este Santo como una acción necesaria para permitir el desarrollo integro de la nación en peligro, y por tanto es un deber, ya que el amor a la patria es una virtud que considera muy importante, pues en otro escrito afirmaría: Ama a tu prójimo, pero mas que a tu prójimo, a tus padres, y mas que a tus padres a tu Patria, y mas que a tu Patria, solamente…. a Dios”. Además, el amor a la tierra de nuestros padres es un bien que es antagónico al odio dirigido contra el prójimo, pues una nación se constituye como consecuencia de la solidaridad entre muchos hombres. Por ello, San Agustín escribe que “una guerra se convierte en un mal real cuando el motivo o causas de las mismas son: el amor a la violencia o deseo de hacer dañó, la crueldad revanchista,  el animo fiero e implacablela resistencia salvaje y la codicia del poder o pasión por dominar y otras cosas relacionadas”.

   Por lo tanto, el concepto de “Bellum iustum” o guerra justa se relaciona con el empleo legítimo de la violencia, el cual, tal y como hemos señalado anteriormente, se caracteriza por ser defensivo y consecuencia de la caridad o de la justicia, pero nunca del odio al enemigo.  Asimismo, se trata de una legitimización que también se relaciona con el amor a la patria de los clásicos, ya que San Agustín se basó en el texto de Cicerón denominado “Sobre los deberes” para elaborarlo.

 

    A partir de esta doctrina, otros eruditos cristianos fueron elaborando poco a poco la definición del “bellum iustum”. Uno de ellos, fue el obispo hispano San Isidro de Sevilla (560-636), quien afirmaría que la guerra justa consta de dos características: es iniciada después de haberse advertido del ataque a los enemigos; y puede ser motivada por dos causas defensivas, que son recuperar bienes (“rebus repetendis”) y hacer frente a los enemigos (“propulsandorum hostium”).

   Más tarde, Sto. Tomás (1225-1274) también analizaría en la “Suma teológica” el empleo de la violencia, escribiendo que “Soportar pacientemente las injurias inferidas contra nosotros es digno de alabanza, pero soportar pacientemente las injurias inferidas contra Dios sería el colmo de la impiedad”. En esta reflexión, el Santo de Aquino hace referencia a las enseñanzas evangélicas que antes hemos analizado, recordando que, aunque hemos de ofrecer la otra mejilla a quien nos golpee la primera, también tenemos la obligación de empuñar el látigo para defender al Señor, esto es, para restaurar la justicia que de Él proviene y que muchas veces se encuentra en peligro por causa de la ambición de los hombres.

   A partir de esta premisa, Sto. Tomás describiría en otro capítulo del mismo libro las condiciones que permiten justificar la guerra. Según él, “Estas tres condiciones son: Primero, se requiere que la guerra sea declarada por la autoridad gobernante o el príncipe.  Ningún ente privado puede declarar la guerra, dicha responsabilidad le corresponde al que le ha sido delegada la autoridad para dirigir y de tomar decisiones dentro de la nación. Segundo, se requiere una justa causa, a saber, que quienes son impugnados merezcan por alguna culpa probada esa impugnación. Tercero, se requiere que sea recta la intención de los combatientes.  Es necesario que se promueva el bien y que se evite el mal durante la guerra”. Es decir, recogiendo la tradición aportada por sus predecesores, Sto. Tomás recuerda que toda guerra ha de ser defensiva y justa, y por ello los combatientes deben comportarse con caballerosidad y sin causar males mayores que los que pretenden solucionar. También se condena con estos requisitos la práctica de la “guerra individual”, que más tarde se llamaría terrorismo, y que consiste en la actividad bélica realizada a instancias del Estado, por instituciones o grupos particulares que emplean la violencia para obtener unos objetivos, dando lugar a una gran cantidad de excesos y violaciones de la Ley Natural que una guerra sujeta a la Ley, al Estado, podría reducir. Un ejemplo de ello podría encontrarse en los pogromos, o asesinatos de etnias como la judía, que en la Edad Media fueron numerosos en varias ocasiones y que, aunque solían partir por iniciativa de clérigos o religiosos, la Iglesia oficial siempre rechazo por violar la voluntad de Dios.

   Las Cruzadas.

 

    Toda la doctrina católica relacionada con la guerra fue de una gran importancia en el devenir histórico de la Cristiandad. Esta unidad cultural e histórica que actualmente denominamos Europa se constituyó como consecuencia de la fusión entre dos realidades opuestas: los pueblos bárbaros y el Imperio Romano. Los invasores procedentes de fuera del “limes” crearon nuevas realidades nacionales sobre las ruinas del Imperio que habían destruido, asimilando la cultura que encontraron pero también aportando aspectos de la suya, como era la devoción por la violencia. 

   Ante esta situación, el carácter guerrero de los reyes y de los nobles, la Iglesia comenzó a extender el concepto de bellum iustum entre los príncipes cristianos, para evitar guerras innecesarias y los excesos que provocaban las mismas. De esta manera, se constituyó el ideal caballeresco, consistente en la consideración de la violencia como un medio para servir a los débiles, a los indefensos, a los compatriotas…, defendiéndolos de adversidades y amenazas como aquella que había provocado la erradicación del cristianismo en el Norte de África y en los extremos del Mediterráneo: el Islam.

   De una forma paralela a la aparición del paradigma caballeresco, surgió el concepto que asumiría los preceptos de la guerra cristiana, si bien sus características serían diferentes de las de otros momentos en que se aplicaría la doctrina de la Guerra Justa. Nos estamos refiriendo, a la idea de Cruzada, consistente en un tipo de actividad bélica defensiva realizada a iniciativa de la propia Iglesia con el objetivo de evitar la caída de la Cristiandad en manos de los musulmanes, desarrollándose sus manifestaciones en tres principales escenarios: España, Tierra Santa y el Báltico.

  Se trataba de guerras que aunaban los significados de “Guerra” y de “Peregrinación”, nutriéndose sus ejércitos con campesinos y trabajadores de clases humildes que acudían a la llamada del Papa para obtener indulgencias o para hacer penitencia. Un ejemplo de esto último, podemos encontrarlo en el catalán Castelló, quien participó en estas guerras para obtener el perdón del Santo Padre por su pecado de herejía, o en Ricardo Corazón de León, quien acudió, entre otras cosas, para hacer penitencia por sus acciones de sodomía.

   Además, la propia Iglesia era la encargada de subvencionar la guerra, cediendo indulgencias a quienes la apoyaban económicamente, y aportando privilegios a los cruzados, como extensiones fiscales o protecciones familiares. También eran los clérigos los encargados de reclutar a los soldados, lo cual dio lugar a la aparición predicadores como San Bernardo de Claraval (1090-1153),  que recorrían Europa para llamar al combate a los cristianos.

  Fue precisamente este Santo, el gran reclutador de la Segunda Cruzada, iniciando su predicación en Vézelay, donde aseguró después que "Abrí la boca, hablé, e inmediatamente los cruzados se multiplicaron hasta el infinito. Las aldeas y villas están vacías; apenas hay un hombre por cada siete mujeres. Por todas partes se ven viudas, cuyos maridos aún viven". No obstante, este llamamiento a la guerra no olvidaba las características del bellum iustum, pues también afirmaría que “la guerra no puede ser otra cosa que un mal menor, que se ha de utilizar lo menos posible”. Otros eclesiásticos que llamaron a la Cruzada fueron el Papa Urbano II y Pedro el Ermitaño, ambos en la primera.

  Al principio, estas guerras fueron dirigidas por varios nobles y luego por reyes. Sin embargo, a partir de la II Cruzada, el Papa nombraría a un Caudillo, debido a varias razones que Alfonso X el Sabio escribió en Las Partidas: “Acaudillamiento según dijeron los antiguos es la primera cosa que los hombres deben hacer en tiempo de guerra, pues si este es hecho como debe, nacen de ello tres bienes: el primero, que los hace ser unos; y segundo, que los hace ser vencedores y llegar a lo que quieren; el tercero, que los hace tener por bienandantes y por de buen seso y además, por el buen acaudillamiento vencen muchas veces los pocos a los muchos y hace cobrar otrosí a vencer a los que son vencidos”.

   En contra del concepto de Yihad musulmán, consistente en el empleo de la guerra como medio para extender la religión, las Cruzadas fueron solamente guerras defensivas. Por ello, San Bernardo recordaría que la guerra “entre cristianos solo es justa cuando peligra la unidad de la Iglesia; contra los judíos, los heréticos, los paganos, ha de evitarse la violencia, ya que la verdad no se impone con la fuerza. El cristiano debe convencer, y solo se justifica una guerra defensiva”.

 

      Desde el nacimiento del iustum bellum hasta la actualidad.

 

     Una vez enraizada la concepción cristiana de la guerra, la Iglesia ha mantenido esta cosmovisión de la actividad bélica hasta nuestros días. Desde que San Agustín iniciara esta teoría, hasta la actualidad, fueron numerosos los eclesiásticos que escribieron acerca de la necesidad de que los reyes cristianos se guiaran por los preceptos del iustum bellum. De entre ellos, podemos destacar al Padre Vitoria (1486-1546), quien vuelve a recordar que “La diversidad de Religión, no da motivo legítimo para la guerra, ni tampoco la conveniencia  o engrandecimiento del Príncipe o el Rey”, y también apela a los solados a no cometer abusos ni crímenes de guerra.

   Sin embargo, la cosmovisión guerrera de los gobernantes europeos abandonaría esta teoría rápidamente, especialmente desde el inicio de la Revolución francesa (1789) y el desarrollo de las guerras que ésta provocó. El hombre que encarnó los destinos de este periodo histórico, Napoleón Bonaparte, destruiría el iustum bellum desde el momento en que, en palabras de Von Clausewitz, considerara a la guerra como “la prolongación de la política por otros medios”. Esto es, para aquel que muy justamente fue denominado por sus contemporáneos “El tirano de Europa”, la guerra ya no era un mal que se debía evitar, sino un medio para extender su ideología. Además, puesto que su táctica se cimentaba en la “fuerza” y el “engaño”, las batallas se basaban en acumular la mayor cantidad posible de hombres con el objeto de que destruyeran totalmente a sus enemigos, evitando la clemencia y, también, saqueando todas sus poblaciones porque otra de las innovaciones introducidas por el “Corso” fue la de no transportar suministros con sus tropas, para aumentar de este modo su rapidez.

   Desde este momento hasta nuestros días, la guerra ha perdido las características que le atribuyeron los teólogos católicos, transformándose en un simple medio de enriquecimiento y de prestigio. Por ello, la Santa Iglesia Católica continúa defendiendo la “cristianización de la guerra”, razón por la cual en el Catecismo actual se dedican varios puntos a este tema.

   Según podemos leer en el capítulo denominado “La defensa de la Paz”, debido a que el homicidio es una acción contraria a la Ley de Dios, “todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras”, ya que una situación bélica es siempre causa de sufrimiento y violaciones de la voluntad de Dios. No obstante, “la prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común”.

   Es decir, tal y como aseguraron los obispos españoles que firmaron la Carta Colectiva que hicieron pública el 1 de Julio de 1937, durante la Guerra Civil española, aunque “la guerra (es) uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es, a veces, el remedio heroico (y) único para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz”.

   Por lo tanto, la Santa Madre Iglesia aporta cuatro premisas que son indispensables para calificar a toda acción bélica como iustum bellum:

  1. “Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto”.
  2. “Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficientes”.
  3. “Que se reúnan las condiciones serias de éxito”.
  4. “Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición”.

 

  Como conclusión a este trabajo, podemos asegurar que las cuatro condiciones anteriormente mencionadas recogen y resumen la concepción que de la violencia, y de la guerra, ha tenido el cristianismo a lo largo de la historia: Se trata de una realidad defensiva, basada no en el egoísmo o el expansionismo, sino en el amor al prójimo y a la Patria, y cuya misión ha de ser siempre la restauración de la justicia.

 

Bibliografía y fuentes:

·        Apuntes del simposio sobre “Guerra santa y guerra justa en la tradición judía, clásica, cristiana y musulmana”, celebrado por la UNED en el Instituto de historia y cultura militar entre los días 5 y 8 de Mayo de2008.

·        RONLDÁN HERVÁS, José Manuel. Historia de Roma. Salamanca, Editorial  Universidad de Salamanca, 1995.

·        Biblia de Jerusalén. Bilbao. Ed. Desclee de Broker, 2002

·        LEON DUFOUR, Xavier. Vocabulario de teología bíblica. Barcelona, Editorial Herder S.A, 2001.

·        Catecismo de la Iglesia Católica. Bilbao, Asociación de editores del Catecismo, 1992.

·        HERNANDO, Bernardino. Delirios de cruzada. Madrid, Ediciones 99, 1997.

 

LXXII aniversario del Glorioso Alzamiento nacional.

LXXII aniversario del Glorioso Alzamiento nacional.

 

 

  En el día de hoy, 18 de Julio, conmemoramos el LXXII aniversario del inicio del Glorioso Movimiento nacional, esto es, el Alzamiento militar y civil protagonizado por todos aquellos españoles de bien que en 1936 se resignaron a permitir que el desgobierno de la nación permitiera la caída de España en las manos del Comunismo.

     1. Precedentes de la Sublevación.

 En contra de lo que nuestro hipócrita Sistema nos cuenta, la II República no fue una época dorada en la que reinaran la paz y la justicia, sino uno de los periodos más conflictivos y penosos que ha padecido España en toda su reciente historia.

   Se trató de un régimen que, ya desde su misma instauración, carecía de legitimidad, pues fue resultado de la cobardía del Rey Alfonso XIII; quien, después de la celebración de unas elecciones municipales ganadas por las candidaturas monárquicas, abandonó la nación a su suerte después de que los republicanos, eufóricos por un triunfo obtenido exclusivamente en las grandes ciudades como Madrid, “tomaran la calle” y proclamaran la II República el 14 de Abril de 1931.

   Después de la abdicación de este nefasto rey, se formó un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora (un oportunista que había realizado su carrera política como monárquico), que redactó una Constitución de carácter izquierdista y laicista, inspirada en la masonería y escrita sin la participación de los grupos de derecha.  Se trataba de una Constitución clara y abiertamente anticatólica, lo cual provocó que el citado presidente, que era católico, dimitiera y permitiera la llegada al poder de otro de los hombres más nocivos que ha tenido que sufrir España en el pasado siglo: Manuel Azaña.

    Tal y como se ha escrito anteriormente, la instauración de la República dio lugar a una gran violencia caracterizada por  la quema de Iglesias y conventos, ante la pasividad de las autoridades gubernamentales. En contra de lo que los inspiradores de la “Ley de Revanchismo histórico” quieren que creamos, lo cierto es que estas acciones no comenzaron en 1936, sino ya en 1931, concretamente en el día 10 de Mayo.

   En dicho día, se produjo el acto fundacional del “Club monárquico independiente”, cuyo objetivo era la coordinación de las fuerzas políticas comprometidas con la reinstauración monárquica. Durante el transcurso de esta jornada, el Marques Luca de Tena (director del periódico ABC) y otros participantes emplearon un gramófono para emitir la “Marcha real”, acción que fue respondida por los “demócratas” republicanos con el inicio de una serie de alteraciones del orden público que se saldaron con la quema de iglesias y conventos, y ante las cuales el Presidente Azaña reaccionó afirmando que “Todas las iglesias de Madrid no valen la uña de un republicano” en el momento en que Maura le aconsejó poner orden.

  Pero la quema de edificios religiosos no fue la única acción anticristiana desarrollada por los republicanos. También se produjeron numerosos ataques contra una España que Azaña consideraba que “había dejado de ser católica” como fueron la disolución de Órdenes religiosas, la expulsión del Cardenal Primado Pedro Segura; la prohibición de la enseñanza religiosa y la secularización de los cementerios.

   Además de la persecución religiosa, la República sería causante de muchas otras situaciones que harían peligrar la estabilidad nacional. Un ejemplo de esto se encuentra en la cesión de autonomía a regiones gobernadas por separatistas, como en el caso de Cataluña. En este lugar, Francisco Macià había proclamado la “República Catalaña” en 1931, aunque finalmente aceptó una autonomía canalizada a través de la creación de la “Generalidad”.

 Otros temas conflictivos fueron la reforma militar de Azaña, que disolvió la “Academia Militar de Zaragoza”, una de las más modernas de Europa, y los enfrentamientos provocados por la izquierda radical. Esto último se manifestó de dos maneras: mediante insurrecciones armadas (como las anarquistas de  Castilblanco  y  Casas Viejas) y a través de la lucha callejera, auspiciada por la CNT-FAI (Confederación Nacional de Trabajo-Federación Anarquista Ibérica), los milicianos socialistas y comunistas, y la FUE (Federación Univesitaria Española).

   La primera reacción antirrepublicana producida contra esta caótica situación, ocurrió cuando el 10 de Agosto de 1932 el Marqués del Rif, José Sanjurjo, diera un golpe de estado rápidamente sofocado.

    Sin embargo, animados por la llamada del Vaticano a reconocer el sistema republicano, los católicos españoles decidieron crear un partido asentado en el propio sistema que tanto les combatía: El 4 de Marzo se fundaría la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), una coalición presidida por Gil Robles y cuyo núcleo fue Acción Popular, un partido católico fundado en 1931 por Ángel Herrera Oria, director del periódico “El Debate”.

  Por su parte, los carlistas se reagruparon en torno a la Comunión Carlista, formada a partir del Partido Católico Nacional, fundado por Ramón Nocedal en 1888, y del Partido Católico Tradicionalista, constituido en 1918 por Juan Vázquez de Mella.

  Finalmente, el 29 de Octubre de 1933 se produciría el acto fundacional de la Falange Española, un movimiento político creado por José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda y Alfonso García Valdecasas durante la campaña electoral de la Unión Monárquica.

   Posteriormente, en 1933 las elecciones fueron ganadas por la CEDA. No obstante, el presidente de la República, que era el encargado de elegir al jefe del Gobierno, encargó la formación del mismo a Alejandro Lerroux, jefe del centrista Partido Radical.  

   Ante esta injusta situación, Gil Robles  exigió entrar en el gobierno, provocando un nuevo levantamiento promovido por ERC (Esquerra republicana de Catalunya, dirigida por Companys) y por el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que en esta época se encontraba escindido entre un ala radical, dirigida por Largo Caballero, dirigente de UGT; y otra más moderada, presidida por Prieto.

   El levantamiento fue rápidamente sofocado en Barcelona por Batet, donde el presidente de la Generalidad había proclamado la independencia de esta región, y solo llegó a triunfar en Asturias, provocando 2000 muertos a lo largo de los pocos días que duró ( del 4 al 18 de Octubre). Fue dirigido por personajes como Belarmino Tomas y constituyó un preludio de la futura Guerra Civil, ya que los mineros asturianos se organizaron en milicias similares a las que existirían más tarde . Sin embargo, fue sofocado por los militares López Ochoa y Francisco Franco Bahamonde, gracias al empleo de la efectiva Legión Española, creada poco antes por Millán Astray.

   Como consecuencia de este Golpe de Estado, se produjo un acercamiento entre los partidos de izquierda que, al no haber logrado mediante la insurrección derrocar a las derechas, decidieron forman una coalición similar a la que les permitió gobernar en 1931, a la cual denominarán Frente Popular. Esta coalición será promovida por republicanos como Azaña, que al no haber logrado en las anteriores elecciones más que cinco diputados, vio necesaria la colaboración con el socialismo, a pesar de ser éste marxista y, por tanto, revolucionario y violento.

  El citado dirigente republicano, había constituido el partido Izquierda Republicana, a partir de Acción republicana, fundado por él mismo en 1930, el Partido Radical Socialista, dirigido por Marcelino Domingo, y la Organización Republicana Gallega Autónoma, dirigida por Casaeres Quioga.

  Además de este Partido político y del PSOE, en el Frente Popular se integraron partidos como Unión Republicana, constituida por el antiguo radical y dirigente de la masonería española, Martinez Barrio; el Partido Sindicalista del anarquista Ángel Pestaña, el Partido Comunista Español, dirigido por José Díaz, y la organización comunista independiente de Stalin denominada Partido Obrero de Unificación Marxista, dirigido por Andrés Nin y Joaquín Maurín.

    A pesar de los grandes enfrentamientos callejeros e intentos de boicot, el 16 de Febrero de 1936 se producen nuevas elecciones que dan el triunfo al Frente Popular; ya que, aunque solo consigue 100000 de votos más que la CEDA, la ley electoral premia desmesuradamente a las coaliciones y da lugar a que el FP consiga más del doble de los diputados del Congreso.

    Este gran desbarajuste existente entre el reparto de los escaños y la realidad manifestada en los votos, y que permite al nuevo gobierno legislar sin contar con las derechas, dio lugar a la llamada “Primavera trágica”, caracterizada por nuevos enfrentamientos civiles, expropiaciones de fincas, práctica del “consumismo libertario”, quemas de iglesias, cierres de periódicos…

    Cuando Gil Robles insta al gobierno a poner orden en las calles, es contestado en el Parlamento con una amenaza de muerte, que no llega a cristalizar en él pero si en Calvo Sotelo, jefe del “Bloque Nacional” (partido de extrema derecha), que es asesinado el 13 de Julio.

  Esta acción, constituyó la “gota que colmó el vaso” de la paciencia de los españoles de buena fe, y llevó a los militares reticentes con la insurrección armada a adherirse a la Conspiración.

     2. La Conspiración.

   Los continuos desórdenes existentes en toda la nación son interpretados por los sectores antirrepublicanos como una manifestación de una cercana revolución marxista similar a la ocurrida anteriormente en Rusia. Por ello, un grupo de militares comienza a conspirar para derrocar al Gobierno.

   Estos militares comienzan a reunirse en Marzo, pero no es hasta el mes de Abril cuando Emilio Mola, General de brigada, se convierte en el “Director” de los conspiradores.

   El objetivo de Mola era la creación de un Directorio similar al que había existido durante la dictadura de Primo de Rivera, con la misión de poner orden en la nación manteniendo el régimen republicano. Se desarrollaría a partir de varias fases: Primero se debían ocupar muy rápidamente todas las ciudades posibles, neutralizando totalmente al enemigo para después avanzar desde toda España hacia Madrid, donde se consideraba imposible el triunfo del Movimiento. El encargado de dirigirlo, sería Sanjurjo, a quién un avión trasladaría a España desde Portugal, donde estaba exiliado.  

  Además, este Movimiento que se estaba preparando no era exclusivamente militar, sino que necesitaba también de un apoyo civil que se buscó principalmente en dos fuerzas políticas:

  • La Comunión Carlista: Este movimiento, dirigido por Manuel Fal Conde y el pretendiente Alfonso Carlos de Borbón, ya se había puesto en contacto con Sanjurjo (de ideología cercana al carlismo) y con Mussolini anteriormente con el objetivo de realizar una sublevación en colaboración con el partido alfonsino Renovación Española, dirigido por Antonio Goicoechea. Además disponía de una importante milicia: el Requeté. Sin embargo, sus exigencias antirrepublicanas provocaron una ruptura en las negociaciones con Mola, y no se comprometieron plenamente con él hasta el asesinato de Calvo Sotelo.
  • Falange española de las JONS: Este otro movimiento, disponía también de importantes milicias entrenadas por militares como Arredondo y Ansaldo, lo cual transformaba a esta organización política en otro apoyo importante para la Sublevación.

El fundador, que ya se había reunido con Franco sin obtener resultados claros, se encontraba encarcelado; y dio instrucciones de que FE se sumara al Movimiento  siempre y cuando no fuera absorbida ni manipulada por otro grupo.

      Otro falangista, Garcerán, también se entrevistó con Mola el día 1 de Junio.

  La fecha fijada para el Alzamiento se adelantó al 17 de Julio debido al asesinato del jefe del Bloque Nacional. La muerte de este político condicionó la adhesión de militares hasta entonces indecisos, como el propio Franco.

    También se ultimaron detalles y adhesiones durante el transcurso de unas maniobras militares en el Llano Amarillo de Ketama, en Ceuta.                                   

     3. La sublevación.

     El día 17, a las 5 de la tarde se subleva Marruecos sin encontrar una resistencia importante: En Ceuta, Yagüe, en Melilla Solans, y en Tetuán, Sáenz de Buruaga.; quienes contaron con el apoyo del Jalifa Muley Hassan.

    El gobierno frentepopulista, que ya conocía la conspiración, reacciona con lentitud, ya que pretendía detener a los militares una vez producido el Alzamiento.

   Al día siguiente, 18 de Julio, se subleva el resto de España. Desde Canarias, Franco se desplaza a Tetuán el 19 con la ayuda del “Dragon Rapide”, una avión financiado por el empresario mallorquín Juan March y gestionado por Bolín (corresponsal de ABC en Londres); con el objetivo de ponerse al frente de la sublevación en esta zona.

   En Cataluña la sublevación es iniciada por Burriel, asumiendo el mando Poded después de desplazarse desde Baleares. Sin embargo es derrotado por el general Escobar. El fracaso de Barcelona condiciona los de Valencia y Menorca.

   El Movimiento fracasa también en Madrid, dirigido por Fanjul, que se atrinchera en el Cuartel de la Montaña esperando la llegada de refuerzos.

   En Navarra, Mola domina la situación rápidamente, siendo decisivo el apoyo de los carlistas; en Vascongadas solo se toma Álava; en Oviedo, Aranda engaña a los mineros y también triunfa; en Burgos vence Dávila; en Cádiz Varela; y en Valladolid Saliquet.

    Además, se logra el triunfo en zonas que no estaban previstas: Sevilla, con Gonzalo Queipo de Llano, y el este de Aragón, con Cabanellas.

  También se logran pequeños reductos: el Alcázar de Toledo, con Moscardó al frente; el Santuario de Sta. María de la Cabeza (Jaén), y el cuartel de Simancas.

 

     Como consecuencia de los acontecimientos anteriormente citados, España queda dividida en dos partes: Las regiones agrarias y tradicionales, ligadas al bando sublevado; y las regiones más industrializadas, en poder del Gobierno. Esta última zona consta de la mayor parte de la población, casi toda la aviación y las reservas de oro.

      En cuanto a los efectivos del ejército, la mayoría de los generales permanecen fieles al gobierno frentepopulista; ya que la conspiración no fue protagonizada por ellos, sino por oficiales. Por lo que respecta al número de tropas, es ligeramente mayor el de los sublevados, aunque las más importantes se encuentran en África; y la mayoría de efectivos de la Guardia Civil, de la de Asalto, y de los Carabineros no se une a los alzados, siendo su intervención decisiva para el fracaso del “Movimiento Nacional” en algunas ciudades.

    A las dificultades que tienen los sublevados se une otra: la muerte de Sanjurjo en un accidente de aviación ocurrido el día 20, mientras se desplazaba a España para ponerse al frente de los insurrectos

   Mientras esto ocurre, el gobierno de Casares Quiroga es sustituido por el de Martínez Barrio, que intenta sin éxito pactar con Mola, y después por Giral. Este presidente decide entregar armas a las milicias rojas el día 19, lo cual condiciona la proliferación de comités y tribunales revolucionarios dirigidos por los partidos izquierdistas.

  

   Ante el fracaso del plan inicial, los alzados optan por la Guerra. Sería una  cruenta y dificil lucha donde las generaciones más heroicas del momento dieron con honor su vida por salvar a España de las garras del marxismo, asentando con su valor y con su sacrificio las bases sobre las cuales el Caudillo Francisco Franco Bahamonde edificaría una España unida, grande y libre que reconcilió por más de 40 años a nuestra nación con su gloriosa historia.

  Ahora que España ha vuelto a las manos de aquellos que provocaron aquella guerra, nos toca a nosotros imitar a los héroes que cayeron valientemente gritando:

 

¡ARRIBA ESPAÑA!

¡VIVA CRISTO REY!

 

Epístola a Diogneto.

Epístola a Diogneto.

 En el día de hoy, 7 de Julio, la Santa Iglesia Católica recuerda a San Panteno de Alejandría; un misionero y Padre de la Iglesia que vivió en el siglo II y al cual algunos estudiosos y teólogos atribuyen la autoría de un escrito apologetico denominado "Epístola a Diogneto".

 Se trata de un texto en el cual el autor explica de una forma sencilla pero profunda la esencia de la Verdadera Religión, dirigíendose a un personaje que algunos relacionan con el entorno del emperador Marco Aurelio.

 Puesto que es uno de los escritos patrísticos que más me gustan, aprovecho la onomástia de hoy para copiarlo:

 

 

EPÍSTOLA A DIOGNETO

I. Como veo, muy excelente Diogneto, que tienes gran interés en comprender la religión de los cristianos, y que tus preguntas respecto a los mismos son hechas de modo preciso y cuidadoso, sobre el Dios en quien confían y cómo le adoran, y que no tienen en consideración el mundo y desprecian la muerte, y no hacen el menor caso de los que son tenidos por dioses por los griegos, ni observan la superstición de los judíos, y en cuanto a la naturaleza del afecto que se tienen los unos por los otros, y de este nuevo desarrollo o interés, que ha entrado en las vidas de los hombres ahora, y no antes: te doy el parabién por este celo, y pido a Dios, que nos proporciona tanto el hablar como el oír, que a mí me sea concedido el hablar de tal forma que tú puedas ser hecho mejor por el ofr, y a ti que puedas escuchar de modo que el que habla no se vea decepcionado.

II. Así pues, despréndete de todas las opiniones preconcebidas que ocupan tu mente, y descarta el hábito que te extravía, y pasa a ser un nuevo hombre, por así decirlo, desde el principio, como uno que escucha una historia nueva, tal como tú has dicho de ti mismo. Mira no sólo con tus ojos, sino con tu intelecto también, de qué sustancia o de qué forma resultan ser estos a quienes llamáis dioses y a los que consideráis como tales. ¿No es uno de ellos de piedra, como la que hallamos bajo los pies, y otro de bronce, no mejor que las vasijas que se forjan para ser usadas, y otro de madera, que ya empieza a ser presa de la carcoma, y otro de plata, que necesita que alguien lo guarde para que no lo roben, y otro de hierro, corroído por la herrumbre, y otro de arcilla, material no mejor que el que se utiliza para cubrir los servicios menos honrosos? ¿No son de materia perecedera? ¿No están forjados con hierro y fuego? ¿No hizo uno el escultor, y otro el fundidor de bronce, y otro el platero, y el alfarero otro? Antes de darles esta forma la destreza de estos varios artesanos, ¿no le habría sido posible a cada uno de ellos cambiarles la forma y hacer que resultaran utensilios diversos? ¿No sería posible que las que ahora son vasijas hechas del mismo material, puestas en las manos de los mismos artífices, llegaran a ser como ellos? ¿No podrían estas cosas que ahora tú adoras ser hechas de nuevo vasijas como las demás por medio de manos de hombre? ¿No son todos ellos sordos y ciegos, no son sin alma, sin sentido, sin movimiento? ¿No se corroen y pudren todos ellos? A estas cosas llamáis dioses, de ellas sois esclavos, y las adoráis; y acabáis siendo lo mismo que ellos. Y por ello aborrecéis a los cristianos, porque no consideran que éstos sean dioses. Porque, ¿no los despreciáis mucho más vosotros, que en un momento dado les tenéis respeto y los adoráis? ¿No os mofáis de ellos y los insultáis en realidad, adorando a los que son de piedra y arcilla sin protegerlos, pero encerrando a los que son de plata y oro durante la noche, y poniendo guardas sobre ellos de día, para impedir que os los roben? Y, por lo que se refiere a los honores que creéis que les ofrecéis, si son sensibles a ellos, más bien los castigáis con ello, en tanto que si son insensibles les reprocháis al propiciarles con la sangre y sebo de las víctimas. Que se someta uno de vosotros a este tratamiento, y que sufra las cosas que se le hacen a él. Sí, ni un solo individuo se someterá de buen grado a un castigo así, puesto que tiene sensibilidad y razón; pero una piedra se somete, porque es insensible. Por tanto, desmentís su sensibilidad. Bien; podría decir mucho más respecto a que los cristianos no son esclavos de dioses así; pero aunque alguno crea que lo que ya he dicho no es suficiente, me parece que es superfluo decir más.

III. Luego, me imagino que estás principalmente deseoso de oír acerca del hecho de que no practican su religión de la misma manera que los judíos. Los judíos, pues, en cuanto se abstienen del modo de culto antes descrito, hacen bien exigiendo reverencia a un Dios del universo y al considerarle como Señor, pero en cuanto le ofrecen este culto con métodos similares a los ya descritos, están por completo en el error. Porque en tanto que los griegos, al ofrecer estas cosas a imágenes insensibles y sordas, hacen una ostentación de necedad, los judíos, considerando que están ofreciéndolas a Dios, como si El estuviera en necesidad de ellas, deberían en razón considerarlo locura y no adoración religiosa. Porque el que hizo los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, y nos proporciona todo lo que necesitamos, no puede Él mismo necesitar ninguna de estas cosas que El mismo proporciona a aquellos que se imaginan que están dándoselas a Él. Pero los que creen que le ofrecen sacrificios con sangre y sebo y holocaustos, y le honran con estos honores, me parece a mí que no son en nada distintos de los que muestran el mismo respeto hacia las imágenes sordas; porque los de una clase creen apropiado hacer ofrendas a cosas incapaces de participar en el honor, la otra clase a uno que no tiene necesidad de nada.

IV. Pero, además, sus escrúpulos con respecto a las carnes, y su superstición con referencia al sábado y la vanidad de su circuncisión y el disimulo de sus ayunos y lunas nuevas, yo [no] creo que sea necesario que tú aprendas a través de mí que son ridículas e indignas de consideración alguna. Porque, ¿no es impío el aceptar algunas de las cosas creadas por Dios para el uso del hombre como bien creadas, pero rehusar otras como inútiles y superfluas? Y, además, el mentir contra Dios, como si Él nos prohibiera hacer ningún bien en el día de sábado, ¿no es esto blasfemo? Además, el alabarse de la mutilación de la carne como una muestra de elección, como si por esta razón fueran particularmente amados por Dios, ¿no es esto ridículo? Y en cuanto a observar las estrellas y la luna, y guardar la observancia de meses y de días, y distinguir la ordenación de Dios y los cambios de las estaciones según sus propios impulsos, haciendo algunas festivas y otras períodos de luto y lamentación, ¿quién podría considerar esto como una exhibición de piedad y no mucho más de necedad? El que los cristianos tengan razón, por tanto, manteniéndose al margen de la insensatez y error común de los judíos, y de su excesiva meticulosidad y orgullo, considero que es algo en que ya estás suficientemente instruido; pero, en lo que respecta al misterio de su propia religión, no espero que puedas ser instruido por ningún hombre.

V. Porque los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos. Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suene de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse. Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

VI. En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El alma se desparrama por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos por las diferentes ciudades del mundo. El alma tiene su morada en el cuerpo, y, con todo, no es del cuerpo. Así que los cristianos tienen su morada en el mundo, y aun así no son del mundo. El alma que es invisible es guardada en el cuerpo que es visible; así los cristianos son reconocidos como parte del mundo, y, pese a ello, su religión permanece invisible. La carne aborrece al alma y está en guerra con ella, aunque no recibe ningún daño, porque le es prohibido permitirse placeres; así el mundo aborrece a los cristianos, aunque no recibe ningún daño de ellos, porque están en contra de sus placeres. El alma ama la carne, que le aborrece y (ama también) a sus miembros; así los cristianos aman a los que les aborrecen. El alma está aprisionada en el cuerpo, y, con todo, es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos son guardados en el mundo como en una casa de prisión, y, pese a todo, ellos mismos preservan el mundo. El alma, aunque en sí inmortal, reside en un tabernáculo mortal; así los cristianos residen en medio de cosas perecederas, en tanto que esperan lo imperecedero que está en los cielos. El alma, cuando es tratada duramente en la cuestión de carnes y bebidas, es mejorada; y lo mismo los cristianos cuando son castigados aumentan en número cada día. Tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, y que miles es legítimo declinar.

VII. Porque no fue una invención terrenal, como dije, lo que les fue encomendado, ni se preocupan de guardar tan cuidadosamente ningún sistema de opinión mortal, ni se les ha confiado la dispensación de misterios humanos. Sino que, verdaderamente, el Creador Todopoderoso del universo, el Dios invisible mismo de los cielos plantó entre los hombres la verdad y la santa enseñanza que sobrepasa la imaginación de los hombres, y la fijó firmemente en sus corazones, no como alguien podría pensar, enviando (a la humanidad) a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y creador del universo, por quien Él hizo los cielos, y por quien Él retuvo el mar en sus propios límites, cuyos misterios (ordenanzas) observan todos los elementos fielmente, de quien [el sol] ha recibido incluso la medida de su curso diario para guardarlo, a quien la luna obedece cuando Él le manda que brille de noche, a quien las estrellas obedecen siguiendo el curso de la luna, por el cual fueron ordenadas todas las cosas y establecidos y puestos en sujeción, los cielos y las cosas que hay en los cielos, la tierra y las cosas que hay en la tierra, el mar y las cosas que hay en el mar, fuego, aire, abismo, las cosas que hay en las alturas, las cosas que hay en lo profundo, las cosas que hay entre los dos. A éste les envió Dios. ¿Creerás, como supondrá todo hombre, que fue enviado para establecer su soberanía, para inspirar temor y terror? En modo alguno. Sino en mansedumbre y humildad fue enviado. Como un rey podría enviar a su hijo que es rey; Él le envió como enviando a Dios; le envió a El como [un hombre] a los hombres; le envió como Salvador, usando persuasión, no fuerza; porque la violencia no es atributo de Dios. El le envió como mvitándonos, no persiguiéndonos; Él le envió como amándonos, no juzgándonos. Porque Él enviará en juicio, y ¿quién podrá resistir su presencia?... ¿[No ves] que los echan a las fieras para que nieguen al Señor, y, con todo, no lo consiguen? ¿No ves que cuanto más los castigan, tanto más abundan? Estas no son las obras del hombre; son el poder de Dios; son pruebas de su presencia.

VIII. Porque, ¿qué hombre tenía algún conocimiento de lo que Dios es, antes de que Él viniera? ¿O aceptas tú las afirmaciones vacías y sin sentido de los filósofos presuntuosos, de los cuales, algunos dijeron que Dios era fuego (invocan como Dios a aquello a lo cual irán ellos mismos), y otros agua, y otros algún otro de los elementos que fueron creados por Dios? Y, pese a todo, si alguna de estas afirmaciones es digna de aceptación, cualquier otra cosa creada podría lo mismo ser hecha Dios. Sí, todo esto es charlatanería y engaño de los magos; y ningún hombre ha visto o reconocido a Dios, sino que El se ha revelado a sí mismo. Y El se reveló (a sí mismo) por fe, sólo por la cual es dado el ver a Dios. Porque Dios, el Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las puso en orden, demostró no sólo que era propicio al hombre, sino también paciente. Y así lo ha sido siempre, y lo es, y lo será, bondadoso y bueno y justo y verdadero, y El sólo es bueno. Y habiendo concebido un plan grande e inefable, lo comunicó sólo a su Hijo. Porque en tanto que El había mantenido y guardado este plan sabio como un misterio, parecía descuidarnos y no tener interés en nosotros. Pero cuando Él lo reveló por medio de su amado Hijo, y manifestó el propósito que había preparado desde el principio, Él nos dio todos estos dones a la vez, participación en sus beneficios y vista y entendimiento de (misterios) que ninguno de nosotros habría podido esperar.

IX. Habiéndolo, pues, planeado ya todo en su mente con su Hijo, permitió durante el tiempo antiguo que fuéramos arrastrados por impulsos desordenados según deseábamos, descarriados por placeres y concupiscencias, no porque Él se deleitara en nuestros pecados en absoluto, sino porque Él tenía paciencia con nosotros; no porque aprobara este período pasado de iniquidad, sino porque Él estaba creando la presente sazón de justicia, para que, redargüidos del tiempo pasado por nuestros propios actos como indignos de vida, pudiéramos ahora ser hechos merecedores de la bondad de Dios, y habiendo dejado establecida nuestra incapacidad para entrar en el reino de Dios por nuestra cuenta, hacerlo posible por la capacidad de Dios. Y cuando nuestra iniquidad había sido colmada plenamente, y se había hecho perfectamente manifiesto que el castigo y la muerte eran de esperar como su recompensa, y hubo llegado la sazón que Dios había ordenado, cuando a partir de entonces Él manifestaría su bondad y poder (oh la bondad y amor de Dios sobremanera grande), Él no nos aborreció, ni nos rechazó, ni nos guardó rencor, sino que fue longánimo y paciente, y por compasión hacia nosotros tomó sobre sí nuestros pecados, y El mismo se separó de su propio Hijo como rescate por nosotros, el santo por el trasgresor, el inocente por el malo, el justo por los injustos, lo incorruptible por lo corruptible, lo inmortal por lo mortal. Porque, ¿qué otra cosa aparte de su justicia podía cubrir nuestros pecados? ¿En quién era posible que nosotros, impíos y libertinos, fuéramos justificados, salvo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce intercambio, oh creación inescrutable, oh beneficios inesperados; que la iniquidad de muchos fuera escondida en un Justo, y la justicia de uno justificara a muchos que eran inicuos! Habiéndose, pues, en el tiempo antiguo demostrado la incapacidad de nuestra naturaleza para obtener vida, y habiéndose ahora revelado un Salvador poderoso para salvar incluso a las criaturas que no tienen capacidad para ello, Él quiso que, por las dos razones, nosotros creyéramos en su bondad y le consideráramos como cuidador, padre, maestro, consejero, médico, mente, luz, honor, gloria, fuerza y vida.

X. Si deseas poseer esta fe, has de recibir primero un conocimiento pleno del Padre. Porque Dios amó a los hombres, por amor a los cuales había hecho el mundo, a los cuales sometió todas las cosas que hay en la tierra, a los cuales dio razón y mente, a los cuales solamente permitió que levantaran los ojos al cielo, a quienes creó según su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito, a quienes Él prometió el reino que hay en el cielo, y lo dará a los que le hayan amado. Y cuando hayas conseguido este pleno conocimiento, ¿de qué gozo piensas que serás llenado, o cómo amarás a Aquel que te amó a ti antes? Y amándole serás un imitador de su bondad. Y no te maravilles de que un hombre pueda ser un imitador de Dios. Puede serlo si Dios quiere. Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores; ni puede nadie imitar a Dios haciendo estas cosas; sí, estas cosas se hallan fuera de su majestad. Pero todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo, todo el que desea beneficiar a uno que es peor en algo en lo cual él es superior, todo el que provee a los que tienen necesidad las posesiones que ha recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos que lo reciben de él, es un imitador de Dios. Luego, aunque tú estás colocado en la tierra, verás que Dios reside en el cielo; entonces empezarás a declarar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son castigados porque no quieren negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error en el mundo; cuando te des cuenta que la vida verdadera está en el cielo, cuando desprecies la muerte aparente que hay en la tierra, cuando temas la muerte real, que está reservada para aquellos que serán condenados al fuego eterno que castigará hasta el fin a los que sean entregados al mismo. Entonces admirarás a los que soportan, por amor a la justicia, el fuego temporal, y los tendrás por bienaventurados cuando veas que el fuego...

Epílogo

 XI. Mis discursos no son extraños ni son perversas lucubraciones, sino que habiendo sido un discípulo de los apóstoles, me ofrecí como maestro de los gentiles, ministrando dignamente, a aquellos que se presentan como discípulos de la verdad, las lecciones que han sido transmitidas. Porque el que ha sido enseñado rectamente y ha entrado en amistad con el Verbo, ¿no busca aprender claramente las lecciones reveladas abiertamente por el Verbo a los discípulos; a quienes el Verbo se apareció y se las declaró, hablando con ellos de modo sencillo, no percibidas por los que no son creyentes, pero sí referidas por Él a los discípulos a quienes consideró fieles y les enseñó los misterios del Padre? Por cuya causa Él envió al Verbo, para que Él pudiera aparecer al mundo, el cual, siendo despreciado por el pueblo (judío), y predicado por los apóstoles, fue creído por los gentiles. Este Verbo, que era desde el principio, apareció ahora y, con todo, se probé que era antiguo, y es engendrado siempre de nuevo en los corazones de los santos. Este Verbo, digo, que es eterno, es el que hoy es contado como Hijo, a través del cual la Iglesia es enriquecida y la gracia es desplegada y multiplicada entre los santos, gracia que confiere entendimiento, que revela misterios, que anuncia sazones, que se regocija sobre los fieles, que es concedida a los que la buscan, a aquellos por los cuales no son quebrantadas las promesas de la fe, ni son sobrepasados los límites de los padres. Con lo que es cantado el temor de la ley, y la gracia de los profetas es reconocida, y la fe de los evangelios es establecida, y es preservada la tradición de los apóstoles, y exulta el gozo de la Iglesia. Si tú no contristas esta gracia, entenderás los discursos que el Verbo pone en la boca de aquellos que desea cuando Él quiere. Porque de todas las cosas que por la voluntad imperativa del Verbo fuimos impulsados a expresar con muchos dolores, de ellas os hicimos partícipes, por amor a las cosas que nos fueron reveladas.

XII. Confrontados con estas verdades y escuchándolas con atención, sabréis cuánto concede Dios a aquellos que (le) aman rectamente, que pasan a ser un Paraíso de deleite, un árbol que lleva toda clase de frutos y que florece, creciendo en sí mismos y adornados con vanos frutos. Porque en este jardín han sido plantados un árbol de conocimiento y un árbol de vida; con todo, el árbol de conocimiento no mata, pero la desobediencia mata; porque las escrituras dicen claramente que Dios desde el comienzo plantó un árbol [de conocimiento y un árbol] de vida en medio del Paraíso, revelando vida por medio del conocimiento; y como nuestros primeros padres no lo usaron de modo genuino, fueron despojados por el engaño de la serpiente. Porque ni hay vida sin conocimiento, ni conocimiento sano sin verdadera vida; por tanto, los (árboles) están plantados el uno junto al otro. Discerniendo la fuerza de esto y culpando al conocimiento que es ejercido aparte de la verdad de la influencia (dominio) que tiene sobre la vida, el apóstol dice: El conocimiento engríe, pero la caridad edifica. Porque el hombre que supone que sabe algo sin el verdadero conocimiento que es testificado por la vida, es ignorante, es engañado por la serpiente, porque no amó la vida; en tanto que el que con temor reconoce y desea la vida, planta en esperanza, esperando fruto. Que vuestro corazón sea conocimiento, y vuestra vida verdadera razón, debidamente comprendida. Por lo que si te allegas al árbol y tomas el fruto, recogerás la cosecha que Dios espera, que ninguna serpiente toca, ni engaño infecta, ni Eva es entonces corrompida, sino que es creída como una virgen, y la salvación es establecida, y los apóstoles son llenados de entendimiento, y la pascua del Señor prospera, y las congregaciones son juntadas, y [todas las cosas] son puestas en orden, y como El enseña a los santos el Verbo se alegra, por medio del cual el Padre es glorificado, a quien sea la gloria para siempre jamás. Amén.

Patriotismo futbolero.

Patriotismo futbolero.

 

  Desde que las continuas victorias del equipo de fútbol español manifestaran la posibilidad de obtener la victoria en la Copa de Europa, se está extendiendo por toda la geografía de nuestra amada nación un espontáneo patriotismo que parece estar resucitando entre nuestros compatriotas el, desde hace mucho tiempo, desaparecido orgullo de ser españoles.

  El pasado Domingo, en una fuente cercana a mi casa, y ayer lunes, en la madrileña plaza de Colón (la misma que los izquierdistas de PRISA han pretendido sin éxito alguno rebautizar como la “Plaza Roja”), he estado escuchando a masas enfervorizadas gritando “Yo soy español, español, español…” y cantando el Himno Nacional (aunque, eso sí, no con la letra de Permán, sino con el democrático “lolololo…”).

  La primera reacción que, ante esta situación, he sentido, es la alegría que para cualquier persona patriota supone el admirar decenas de balcones engalanados con la Enseña nacional, y a centenares de personas enfundadas tras camisetas rojigualdas; además de la seguridad que supone el poder pasearse por un barrio dominado por rojos sin temor a ser tildado de “nazi” por el simple hecho de lucir una pulsera con la bandera de España en una de mis muñecas.

  No obstante, junto a la inmensa alegría que todo esto me ha producido, siento, paradójicamente, una gran tristeza y decepción. Es decir, me parece realmente patético que lo único que una a los españoles sea una estupidez tan grande como es el obtener un Título deportivo, una acción que para nada contribuye a mejorar el lamentable aspecto que padece nuestra Patria.

  En lugar de unirnos para acabar con un Sistema que tiene sumida a España en la incultura, la delincuencia, el laicismo y la crisis económica; parece ser que el único, o por lo menos el principal, objetivo que en nuestra vida tenemos los españoles es ganar un partido de fútbol.

  Por ello, este patriotismo es momentáneo y se extinguirá pasadas unas semanas, porque el eje que debe mantener unida a una nación debe ser una realidad que no sea temporal, sino eterna.

  Es decir, esta situación es idéntica a la que vive una persona cuando identifica la felicidad con una pasión momentánea: Puesto que consagra toda su vida a lograr ese objetivo y, una vez logrado, éste se esfuma rápidamente, al final esa persona ha fracasado.

  Del mismo modo, cuando un sujeto colectivo, una nación, atribuye su orgullo nacional o su destino histórico a un acontecimiento de carácter momentáneo; no logrará un sentimiento de cohesión nacional duradero, porque un partido de fútbol es un acontecimiento que para nada puede identificarse con nuestra patria inmortal.

  Lo que debe unir a los españoles y llenarnos de orgullo, ha de ser nuestra gloriosa Tradición, que nos ha legado un Destino universal y eterno, a cuyo servicio debemos estar siempre.