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Tradición y Revolución

Al Partido Popular se le vuelve a caer la careta.

Al Partido Popular se le vuelve a caer la careta.

 

 La mal llamada “Democracia” ha demostrado una vez más ser un auténtico baile de disfraces. Es decir, el objetivo que tienen nuestros políticos es el de presentar ante los electores no el aspecto que tienen en realidad, sino aquel que consideran que podrá arrancar a los mismos el mayor número de votos posibles y, en consecuencia, la victoria.

  Si el Partido de Zapatero, siendo capitalista y estando formado por ricos, se enmascara tras unas siglas que hipócritamente lo denominan “socialista” y “obrero”; el Partido Popular lo hace detrás de otras que pretenden, y logran, hacer pensar a los españoles que sus componentes son patriotas e, incluso, tradicionales o católicos.

  El partido que lidera Mariano Rajoy, cambió hace bastante tiempo la etiqueta de partido de “derechas” por la de partido de “centro”, cuando su cobardía les llevó a preferir unirse a sus enemigos que enfrentarse a ellos. Es decir, la izquierda española, monopolizadora de casi todos los medios de comunicación, ha logrado introducir entre la sociedad una conciencia que juzga a todo aquello denominado “derechista” como malo, ante lo cual los peperos han reaccionado cambiándose de disfraz, para presentarse más guapos ante los electores y obtener de este modo más votos que les aseguren la presidencia del Gobierno o, lo que sería mucho más acertado, el título de “Miss-Democracia”.

  También es conocido que el PP emplea el vestido patriota cuando esto le puede hacer obtener votos. No lo hacen en las Vascongadas, donde prefieren emplear la bandera inventada por Sabino Arana, la Ikurriña, que la Enseña nacional; ni tampoco en Andalucía, donde aceptan los islámicos símbolos verdi-blancos ideados por otro infame separatista, Blas Infante. Pero sí que se disfrazaron de rojo y gualda en Cataluña, cuando quisieron sacar provecho del rechazo hacia un Estatuto que es exactamente igual de separatista y de antiespañol que aquel otro que sí aceptaron en Andalucía.

  Y por lo que respecta a los numerosos momentos en los que al PP se le cae la careta de católico o tradicional, hace unos pocos hemos presenciado uno. Esta vez la persona que ha considerado más eficiente el presentarse como una mujer “progre” ante los electores, ha sido la presidenta que gobierna la Comunidad Autónoma que posee el mayor número de abortos de España: Esperanza Aguirre.

  Esta mujer eliminó hace poco tiempo los 700000 euros destinados a subvencionar la “Red Madre”, entidad pro-vida que ayudó el año pasado a 15000 mujeres con embarazos dificultosos. Y no es que Aguirre haya decidido quitarse la ropa conservadora, sino que además se ha enfundado en un traje totalmente “progre”, ya que ha decidido ofrecer asesoramiento integral y gratuito a sodomitas y travestis. Esto es, el dinero que aportan nuestros impuestos a las arcas comunitarias continuará financiando una política destructora de la familia, una acción que fue iniciada por otro pepero, Alberto Ruiz Gallardón, un personaje que reparte preservativos y píldoras abortivas a adolescentes, y que financia talleres de pornografía.

  Además, mientras estoy escribiendo este artículo me acabo de enterar de un nuevo paso dado por el PP en esta operación de cirugía estética que pretende presentarle como una mafia (o Partido, que en el fondo son lo mismo) de imagen totalmente renovada y adecuada a los “nuevos tiempos”: la persona elegida por Rajoy (que no por el Partido) para ocupar la Secretaría General, María Dolores de Cospedal, es una mujer divorciada y que tiene a un hijo fecundado in vitro. Es decir, otra persona más que rechaza la familia tradicional o, mejor dicho, la “familia” a secas, pues no hay más familia que la constituida por un hombre u una mujer con voluntad de unidad eterna y de apertura natural a la vida.

  Pero lo más patético de todo esto es que, igual que quienes se consideran socialistas o anticapitalistas continúan votando al PSOE, aquellos que defienden valores como puede ser el de la integridad familiar continuarán apoyando al PP. Y esto es consecuencia de la anticristiana ideología que sustenta nuestro Sistema político: el liberalismo.

  Tal y como dijo Blas Piñar en un discurso pronunciado el 18 de Julio de 1996, si el marxismo es confesionalmente ateo, el liberalismo es confesionalmente agnóstico. Por lo tanto, para los demócratas no existe la verdad, pues definen al hombre la medida de todas las cosas y, por tanto, se consideran con capacidad para, reduciendo la Religión a un ámbito exclusivamente personal, realizar cualquier acción fundamentándose únicamente en la “voluntad popular”: desde asesinar a personas, como las 100000 que son abortadas al año, o como al mismo Jesucristo; hasta destruir la Patria y pisotear la Religión.

  Por ello es normal que para los criminales que nos gobiernan la lucha por el poder político sea exactamente igual que la competición por la victoria en un baile: lo único que cuenta para elegir al más guapo o al que lleva el disfraz más original, es que uno de los candidatos obtenga más votos que el otro. Y para ello, lo único necesario es que el traje o el disfraz elegido por los mismos sea aparentemente más original o bonito y pueda arrancar más votos entre los asistentes a la fiesta.

  Lo que hace falta a España no son políticos que se cambien de chaqueta cuando les conviene, sino personas que asuman la necesidad de crear un estado confesionalmente católico, que acepte a Dios como el fundamento último de todas sus leyes. Esto es, los pañuelos palestinos y las camisetas con el careto del Che deben ser sustituidos por camisas azules y boinas rojas.

Europa, unidad cristiana.

Europa, unidad cristiana.

 

  Escribía el intelectual español Ángel Ganivet en su “Idearium español” que “todas las naciones europeas están constituidas sobre tres sillares: la religión  cristiana, el arte griego y la legislación romana”.

  Se trata de una afirmación indiscutible, afirmada de una manera contundente por nuestra historia.

  Esto se debe a que fue el Imperio Romano el que extendió la cultura griega por la mayor parte del territorio de nuestro continente, exceptuando territorios como las actuales Alemania, Escandinavia, Irlanda y Rusia; y, por el contrario, alcanzando territorios que en nuestra época ya no componen Europa: Turquía, el norte de África y Palestina.

  El desplazamiento de estas fronteras, es decir, de lo que los romanos llamaban el “limes”, no fue provocado, como les hubiera gustado a los masones que dirigen la UE, por las bayonetas de la Revolución francesa; sino por el amor de los misioneros y de los príncipes cristianos.

  Si el norte de nuestro continente hoy es europeo, es porque Carlomagno asumió la herencia imperial constituyendo el Sacro (que no laico) Imperio; y, del mismo modo, si la zona oriental también forma parte de esta realidad cultural, es porque Bizancio, lugar donde encuentra su origen la expresión referida a la “unidad entre el trono y el altar”, extendió su influencia hasta el lugar que, a su caída, asumiría el título de la Tercera Roma: Moscú.

  Por su parte, Irlanda abandonó su barbarie céltica no gracias a la Ilustración, o tan siquiera al Imperio romano, sino como consecuencia de la evangelización de San Patricio en el siglo IV.

  Del mismo modo, fue la Iglesia la que mantuvo intacta la herencia cultural legada por Roma, a través de los monjes benedictinos. No obstante, a los demócratas que aspiraban a lograr la unidad de Europa, esto no pareció importarles a la hora de destruir el monasterio de Montecasino, custodio de numerosos tesoros de nuestra cultura, el 15 de Febrero de 1944.

  Es totalmente evidente que Europa fue, durante mucho tiempo, la Cristiandad; y que luchó infatigablemente por evitar que los sarracenos destruyeran la tradición cultural de todas las naciones europeas, tal y como habían hecho con otros lugares a los cuales la religión del Falso Profeta despojó para siempre (exceptuando a España, Grecia y pocos sitios más) de su condición de hijas de Europa. Lugares de este tipo son, por ejemplo, Turquía, Palestina, Egipto y Marruecos.

  Sin embargo, los políticos que gobierna la UE, pretenden hacernos creer que Europa solo existe desde la Revolución Francesa. Según ellos, ésta sería la artífice de la conciencia de igualdad entre los hombres; pero, tal y como dice Ramiro de Maeztu, “La fraternidad de los hombres no puede tener más fundamento que la conciencia de la común paternidad de Dios”. Por ello, puesto que Europa es apóstata, sus habitantes no son para nada hermanos.

  Jesucristo nos dijo que solo podemos servir a Dios o al dinero, y la UE sirve al segundo. Esto es, los políticos que fundaron el núcleo de la futura UE no buscaron, al contrario que Carlos V, construir una “Universitas Cristiana”; sino una unidad estrictamente económica. Con respecto a este punto, recordemos que, anteriormente, se denominó Mercado Común y Unidad Económica Europea; y que la CECA o la EURATOM, eran realidades exclusivamente económicas.

  Si de verdad los jerifaltes europeístas quisieran que los europeos fuéramos hermanos, no se reunirían secretamente con los principales empresarios y banqueros del mundo en el Club Bilderberg, sino que construirían un régimen cristiano que reconociera a Dios como nuestro Padre y nuestro Rey.

  Ramiro de Maeztu escribe en “Defensa de la Hispanidad” que hay tres actitudes ante la vida: la particularista, asumida por quienes, como los judíos o protestantes se creen superiores a sus semejantes; la universalista, defendida por aquellos que, como los comunistas, afirman la igualdad del hombre, pero basándola en la supuesta inexistencia de una verdad absoluta; y la ecuménica o hispana, que considera a cada ser humano un hijo de Dios con un alma que, como dijera José Antonio, tiene capacidad para condenarse o para salvarse.

  La Cristiandad, al igual que la Hispanidad, que fue su reflejo en las Españas ultramarinas; se constituyó sobre el tercero de estos supuestos. Mientras que judíos y protestantes identificaron el poder material con la dignidad humana y con la predestinación divina, sembrando así la semilla que, después de ser regada y abonada por los revolucionarios franceses y por los liberales, daría lugar a que germinara la capitalista Unión Europea; los pueblos católicos constituyeron un régimen en el cual reinó Jesucristo durante varios centenares de años.

  Por ello, debemos rechazar la UE, que no está basada en los ideales evangélicos de fraternidad universal y justicia; sino en el egoísmo y el materialismo capitalistas.

  Dijo Blas Piñar en uno de sus discursos que los estados comunistas son ateos y los liberales agnósticos. Nosotros debemos edificar una nación católica, inspirada en el tradicionalismo y en el nacional-sindicalismo, para continuar el destino histórico de nuestra patria, evangelizando de nuevo la faz de la tierra para, citando una vez más al genial Ramiro de Maeztu, lograr “hacer la unidad espiritual del Mundo” que proclamamos en el glorioso Concilio de Trento.

¡VIVA CRISTO REY!

 

 

Código de arqueros de la O.J.E.

Código de arqueros de la O.J.E.

 En estos momentos en los que nuestra juventud esta siendo corrompida por el liberal-capitaismo, que promueve un estilo de vida hedonista, eogista y consumista; es interesante recordar tiempos mejores, en los que el Estado se encargaba de formar a personas dignas de considerarse hijas de España. Para ello se empleaban instrumentos que, al contrario que la "Educación para la ciudadanía", garantizaban la inmortal continuidad del caballeresco espiritu español, tal y como muestra este "Código de arqueros de la OJE", publicado por Cesáreo Jarobo en sul libro "Los campamentosd del Frente de Juventudes".

 

Espíritu de superación.

  1. SIEMPRE ADELANTE, COMO LA FLECHA DE MI ARCO.
    • Con esto se quiere indicar que el arquero ha de tener siempre un deseo de perfección, de superación, un ansia de algo mejor.
    • Debe tener el lema: ¡Excélsior! ¡Más arriba!
    • “He nacido para cosas mayores” (Séneca).
    • El arquero no debe dejarse ganar por nadie en todo lo que sea un estímulo hacia la vedad, la belleza y el bien.
    • El arquero es el primero en todo; no conoce la pereza.
    • Su vida es una perpetua exigencia para sí mismo; se distingue siempre por el rigor, la disciplina, el ascetismo viril que lo mantienen en tensión hacia lo elevado, lo moral, lo bello.

Sentimiento del honor.

  1. ES MI CAMINO LA SENDA DEL HONOR.
    • El arquero es un hombre de honor.
    • Trata de ser siempre digno.
    • De merecer la estimación de los demás
    • De mantener sin desfallecimiento la integridad de su conducta.
    • Sus jefes confían en él porque saben que obra siempre con espíritu de responsabilidad.
    • Sus padres, porque saben que no les engaña nunca y que su vida es transparente y no tiene para ellos secretos.
    • Sus profesores o superiores porque saben que trata de hacer las cosas lo mejor que puede y no hace nada a medias.
    • Sus camaradas, porque es el mejor amigo y siempre ven en él alguna cualidad digna de imitarle.
    • Es obediente y disciplinado.
    • Toma las cosas en serio.
    • Es puntual.

Veracidad, sinceridad.

  1. ANTE TODO SER FIEL A SÍ MISMO.
    • El arquero es fiel y veraz.
    • Es sincero y leal.
    • Aborrece la mentira.
    • No es hipócrita.
    • Detesta la adulación.
    • No traiciona nunca.
    • Sabe mantener los deberes que impone la amistad.
    • Obedece sin reservas ni murmuraciones.
    • No rompe nunca los compromisos.

Rectitud, espíritu de justicia.

 

  1. MI MEJOR CONSEJERO, LA CONCIENCIA.
    • El arquero obra siempre con rectitud.
    • Sigue siempre los dictados de su conciencia.
    • Es esclavo del cumplimiento del deber.
    • El sentido de la justicia está firme en su ánimo.
    • No obra nunca por egoísmo o interés.
    • Abomina la injusticia y está siempre dispuesto a combatirla.

Espíritu de servicio.

  1. SERVIR ES MI AFÁN.
    • El arquero está siempre al servicio de los demás.
    • Aprovecha todas las oportunidades que se le presentan para prestar un servicio al prójimo.
    • No es egoísta con sus hermanos ni con sus compañeros ni con nadie.
    • No rehuye el servicio cuando es difícil.
    • Sabe que sirviendo al prójimo sirve a Dios.
    • No obra por filantropismo, sino por verdadera caridad cristiana.

Espíritu de sacrificio.

  1. PARA VENCER HAY QUE SUFRIR.
    • El arquero es sufrido, no se queja.
    • Sabe sobrellevar las privaciones.
    • Sabe contentarse con poco.
    • Es sencillo en sus gustos.
    • Huye de la molicie.
    • No se crea necesidades ficticias.
    • Es sobrio en la comida y en la bebida.
    • Está siempre dispuesto al sacrificio.
    • Sabe que lo que más cuesta es lo que más vale.
    • Sabe soportar el dolor sin quejarse.
    • Es siempre el primero en toda obra que signifique esfuerzo y sacrificio.

Intrepidez, valentía.

  1. NO ME ASUSTA LA DIFICULTAD.
    • El arquero es valiente.
    • Su valentía no es fanfarronería ni avasallamiento de los demás.
    • No se arredra ante las dificultades.
    • Sabe medir los peligros para superarlos.
    • Mantiene sus principios con energía y virilidad.
    • No se avergüenza, ni tiene respetos humanos cuando ha de confesar la verdad o practicar el bien.
    • Tiene fe en sí mismo y marcha adelante en sus empresas, aunque le cueste.
    • Es firme en sus resoluciones.
    • Es valiente para con transigir con el amor propio.
    • No conoce el miedo al ridículo cuando hay que hacer el bien.
    • Sabe encajar los fracasos y las situaciones adversas.
    • El arquero no conoce el desaliento.
    • Es siempre dueño de sí mismo; no se deja llevar por los arrebatos de ira.

Alegría, optimismo.

  1. CON TODOS SIEMPRE ALEGRE ESTOY.
    • El arquero es alegre, optimista y bien pensado.
    • Infunde alegría a los demás.
    • Es amable con todos.
    • Es siempre entusiasta.
    • Apoya todas las causas nobles y pone todo su ser la servicio de ellas.
    • No es gruñón, no critica ni murmura.
    • Es optimista, ve siempre el lado bueno de las cosas.
    • No se desanima por los fracasos.
    • Tiene siempre confianza en el éxito.
    • Nunca dice: “para qué”, o “no hay nada que hacer”.
    • Ve siempre, más que las dificultades, las posiblidades.
    • Piensa bien de todos, no hace juicios temerarios.
    • Busca siempre una explicación a los fracasos de los demás.
    • No es suspicaz, aunque puede ser cauto.

Ejemplo, espíritu de apostolado.

  1. NO SÓLO SER BUENO, SINO HACER MEJORES A LOS DEMÁS.
    • El arquero procura ser siempre modelo de todo.
    • Lo mismo de uniforme que con el traje civil se distingue por su postura, su limpieza y el cuidado de sus prendas.
    • No profiere palabras malsonantes ni suelta tacos.
    • Rechaza las conversaciones obscenas y los chistes picantes.
    • No deja turbarse su imaginación con representaciones impuras.
    • Nunca causa escándalo a los demás.
    • Evita las malas compañías.
    • Respeta siempre a la mujer.
    • Procura aconsejar bien a aquel que está en peligro
    • El apostolado entre sus compañeros es para él la parte más importante del espíritu de servicio.

Religiosidad y patriotismo.

  1. POR LA PATRIA DE ACÁ A LA PATRIA DE ALLÁ.
    • El arquero se distingue por su profundo sentido religioso.
    • Su religiosidad es ilustrada, activa, sincera y varonil.
    • Cumple escrupulosamente todos sus deberes como cristiano.
    • Tiene dos devociones principales: a la Eucaristía y a la Santísima Virgen.
    • Sirve a Dios sirviendo al prójimo.
    • Ama a su Patria y siente la responsabilidad de ser español.
    • Quiere servir a España y a los valores espirituales que representa

El Sagrado Corazón.

El Sagrado Corazón.

 

  La tradición hebrea relacionaba distintas virtudes con los diferentes órganos que componen el cuerpo humano. Por ejemplo, el hígado era identificado con la fuerza, mientras que el amor se simbolizaba con el corazón. Por ello, el Cristianismo, nacido en el seno de la sociedad judía, transmitió a la cultura Occidental esta cosmovisión que identifica al amor con el corazón.

  Puesto que Dios es amor, “Deus caritas est”, uno de los símbolos más significativos y evocadores que podemos identificar con nuestro Señor, es el Sagrado Corazón.

  Consiste en un corazón que suele ir acompañado por la Cruz y por la Corona de espinas, que son símbolo de la inmolación de Jesucristo, quien, siendo Dios, entregó generosamente su vida con el objeto de redimir a la raza humana y abrirle las puertas del Cielo. Y, puesto que los seres humanos debemos imitar a Cristo, esta alegoría también nos recuerda que la caridad constituye una realidad que, consustancial e irrevocablemente, se encuentra ligada a uno de los conceptos más despreciados y odiados por nuestra sociedad, un concepto que, por el contrario, para el cristiano encierra un sentido de naturaleza gloriosa: el sacrificio. Esto es, sacrificándonos, por la Religión, por la Patria, por el prójimo o por la justicia; es como permitimos que Dios actúe por medio de nosotros, extendiendo su reinado de amor por la sociedad.

  Esto último, es importante, pues el reinado de Cristo tiene una doble vertiente:

  Por un lado, se refiere al reinado que ejerce en nuestra alma cuando, arrancándonos el corazón de piedra, nos regala uno de carne, lleno de la vitalidad y de la fuerza necesaria para llevar a cabo la misión a la que se refiere el segundo de los sentidos del reinado de Cristo: su reinado social. Es decir, el mundo justo y caritativo que el Señor nos ha encomendado edificar, se construye sobre los ideales del Evangelio; que han de aplicase sobre una política que considere a Dios el único fundamento de su existencia.

  Todo esto, es recordado especialmente por la Iglesia en el mes de Junio, dedicado al Sagrado Corazón. Por ello, en este mes, es una hermosa tradición el realizar diversas obras de piedad que nos recuerden que nuestro Rey es Cristo, como pueden ser las peregrinaciones a lugares consagrados a su Corazón, la realización de novenas, la recitación diaria de ciertas oraciones…

  Además, este es un buen momento para iniciar la costumbre de llevar siempre con nosotros un Detente; es decir, una representación del Sagrado Corazón que nos recuerde la devoción que debemos al Señor. Este elemento, que los católicos llevan consigo desde que el Señor se lo dijera a Santa Margarita María Alacoque, puede obtenerse en la página www.tradicionyaccion.com.

  ¡ARRIBA ESPAÑA CATÓLICA!

  ¡VIVA CRISTO REY!

El Honor.

El Honor.

 

  Después de haber leído el genial libro “La senda del Honor”, escrito por Antonio Medrano y publicado por ediciones “YATAY”; escribo la siguiente reflexión acerca de uno de los valores más importantes que puede poseer un ser humano: el Honor.

  Se trata de una cualidad moral que basa la actuación humana en el deber, esto es, en el dirigir nuestras acciones no hacia lo que nos ofrezcan “la democracia de las pasiones y la anarquía de los humores”, sino hacia lo que nos exige la monarquía de la razón. Es decir, una vida humana honrada considera el eje de su existencia la sustitución de “lo que apetece” por lo que “se debe hacer”.

  Por esto, el honor es una virtud que hoy, por desgracia, se encuentra totalmente alejada de nuestra sociedad; ya que su sentido es totalmente antagónico a la cosmovisión materialista y egoísta que nos impone el sistema liberal-capitalista. Puesto que estamos padeciendo un régimen que deshumaniza al hombre, transformándole en un “hombre-teatro” cuya única ilusión es la de actuar para que las demás personas le acepten; el concepto de “persona” pierde totalmente su sentido y su valor en favor del calificativo de la humanidad como “masa”.

  Frente a esta alienación del hombre que nos transforma en bestias sin individualidad alguna, el honor nos propone distanciarnos de la “masa”, transformándonos en aristócratas que se eleven como águilas majestuosas sobre el vulgo. Pero esta “aristocracia” que transforma a las personas honradas en la elite de la sociedad, no tiene un sentido económico, racial o político; sino humano. Es decir, la nobleza humana se encuentra en la vida “entregada al cumplimiento del deber y puesta al entero servicio de la Patria, como punto de apoyo para el servicio de la humanidad”.

  No obstante, es muy importante tener en cuenta que la honradez se encuentra consustancialmente unida a la humildad. Es decir, no es una cualidad que pueda llegar a obtener quien anhele ser superior al prójimo, sino todo lo contrario: es una realidad que solo consigue quien actúa sirviendo a sus semejantes, a su patria y a Dios. Con respecto a esta afirmación, podemos recordar la sentencia pronunciada por Jesucristo según la cual “los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”, ya que un hombre que lucha por su propia santificación no es el que busca ser servido, sino el que sirve a los demás.

  Como consecuencia de llevar una vida noble, esta cualidad, perteneciente al fuero interno, tiene una proyección externa; lo cual es importante en dos sentidos.

  En primer lugar, porque de este modo mantenemos nuestro “buen nombre”, esto es, el sentirnos partícipes de la misión divina que implica el “nomen” que nos hace únicos ante Dios y, consecuentemente, ante la sociedad. Con respecto a esto, recuerdo que en una ocasión escuché a un sacerdote afirmar que “Dios no sabe contar”, frase con la que se refería a que el Señor no considera a los seres humanos como un número más o menos grande de personas, sino como almas individuales con una personalidad y un destino propios. Por ello, afirmaba este presbítero, un conjunto de hombres, supongamos que se llaman Carlos, Laura, Juan y Santiago, no son para Él 4 personas, sino que son Carlos, Laura, Juan y Santiago; y de igual manera ocurre con todos los millones de personas que han existido, existen y existirán durante la historia: a todos les conoce por su nombre, que encierra la misión que les ha encomendado.

  La segunda manifestación externa del honor, existe debido a que esta virtud, ligándose con el deber, implica la consideración de nuestra vida como una empresa o un destino que encuentra su justificación en el servicio a la sociedad. Decía José Antonio que “la vida no vale la pena sin no es para quemarla en el servicio de una empresa grande”, apelando de este modo la vida honrada, esto es, al asumir que los hombres somos “portadores de valores eternos”, y que estos valores que Dios nos ha dado al crearnos a su imagen y semejanza, no los tenemos para engrandecernos a nosotros mismos, sino para servir a nuestros semejantes y a nuestro único Dios.

  Con respecto a esto último, el servicio a Dios, es importante tener en cuenta que Él es el fundamento último que, al igual que todas las virtudes, posee el honor. El objetivo de la existencia humana en la tierra, no es otro más que el de obtener la propia santificación y lograr la santificación de nuestros semejantes; lo cual requiere que el eje adamantino de nuestra vida sea el deber.

  Además, si queremos ser plenamente honrados, es imprescindible la posesión de la Fe, es decir, del don que Dios nos concede para, creyendo en su palabra, ser santos. León Degrelle afrmó que “la salvación del mundo está en la voluntad de las almas que tienen Fe”.

  Por otro lado, la posesión de la Fe es importante para poder llevar nuestra vida honrada hasta sus últimas consecuencias, ya que, en muchas ocasiones, esto ha provocado la entrega de la propia vida. Es decir, cuando los católicos hemos padecido persecuciones, solamente quienes, como consecuencia de tener Fe, han actuado con honor, han sido premiados por Dios y por la historia con la palma del martirio. Cuando José Calvo Sotelo, protormárir de la última Cruzada librada por España, fue amenazado de muerte en el Parlamento, su respuesta fue la que sigue: “Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ’Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis’. Y es preferible morir con honra a vivir con vilipendio". Esto es, el honor implica ser valiente, no tener miedo a entregar nuestra vida por la Religión y por la Patria, teniendo en cuenta que, tal y como escribió Shakespeare, “Los cobardes mueren muchas veces antes de morir, los valientes no sufren más que una muerte”.

  Y, para terminar con este comentario, es importante conocer que, puesto que debemos ser valientes en medio de una sociedad cobarde, impía y egoísta, estamos llamados a ser auténticos héroes. Decía Geach: “eres un héroe en el sentido griego de la palabra: un hijo no solo de padres mortales, sino de Dios”. Por ello, debido a que somos hijos del Creador del mundo, tenemos que asumir que nuestra lucha contra Satanás (padre de la deshonra), es una batalla que tenemos ganada de antemano, pues, “si Dios con nosotros ¿quién contra nosostros?”. Lo único que debemos hacer para obtener la victoria es llevar una existencia honrada que permita a Dios actuar por medio de nosotros; haciendo presente la frase de Santa Juana de Arco según la cual “nosotros luchamos y Dios nos da la victoria”.

 

El apóstol Santiago y el mundo hispano.

El apóstol Santiago y el mundo hispano.

 

 Principales fragmentos del estudio publicado en Buenos Aires
por Don Zacarías de Vizcarra, honra de nuestro sacerdocio,
para animar, durante las presentes tribulaciones, a los
católicos españoles, con la visión de las pasadas misiones
y de los destinos futuros de España y de la Hispanidad.

 Las angustias presentes nos obligan a levantar nuestros ojos y nuestros corazones hacia la gran figura de Santiago el Mayor, Padre, Fundador y Patrono celestial de la Iglesia Española, en busca de aliento, consuelo, protección y esperanzas.

 Nuestro Apóstol, en el breve espacio de los nueve años que transcurrieron entre la muerte de Jesucristo (año 33) y su martirio en Jerusalén (año 42), supo hacer honor al sobrenombre que le había puesto su Divino Maestro, cuando le denominó «Hijo del Trueno».

 Caballero andante de Cristo, se alejó de la Palestina y de las regiones colindantes, mucho antes que ningún otro Apóstol, y, en una correría evangélica tan rápida como arrolladora, llegó hasta el confín del mundo entonces conocido, recorrió a lo largo y a lo ancho la Península Ibérica, y fundó en ella la Iglesia Española, que había de ser a su vez, con el tiempo, Madre fecunda de otras veinte Iglesias, en mundos desconocidos de América y Oceanía.

 Terminada esta gran obra, retornó a la Palestina, cuando aún no se habían alejado de ella los demás Apóstoles, y comenzó a [386] predicar públicamente, en Jerusalén, la doctrina de su Maestro, con tal brío y elocuencia, que mereció ser sacrificado por Herodes Agripa, como se narra en el sagrado libro de los Hechos de los Apóstoles (XII, 2), por haberse concentrado en su persona el odio de los judíos contra los discípulos de Cristo.

 Fue el primer Apóstol que selló con su sangre el Evangelio, entregando su cuello a la espada. Es también el que ha dado a la Iglesia Romana mayor número de hijos espirituales, en las veinte naciones por las que se extendió y consolidó la Iglesia española, fundada por él.

 La paternidad espiritual de Santiago nos impone deberes que fácilmente descuidamos y olvidamos, tanto en España como en América, porque: 1.º, cada Iglesia debe amar y venerar especialmente al Apóstol que la fundó, reconociendo en él a su Padre en Cristo; 2.º, los fieles de cada Iglesia deben imitar especialmente el carácter y virtudes de su propio Apóstol.

 La razón de este segundo deber está en que Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las necesidades especiales de cada uno de los pueblos adonde se había de dirigir cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el español, que tenían reservadas altas misiones en su Providencia.

 Desde hace poco más de un siglo, las Iglesias de América han constituido Provincias desligadas de su antigua Metrópoli; pero, en los tres primeros siglos de su nacimiento, constitución y crecimiento, han sido mero desarrollo extensivo y parte integrante de la Iglesia española, que es la Iglesia de Santiago.

 Por consiguiente, su Padre en la fe, lo mismo que el de las restantes diócesis españolas, es Santiago el Mayor, y siguen siendo moralmente una parte integrante de la gran Iglesia Jacobea, extendida por todo el hemisferio occidental.

Santiago, uno de los tres Apóstoles predilectos de Cristo.

 Consta por los Santos Evangelios que Jesucristo distinguió con un amor especial a tres de sus Apóstoles: a Simón Pedro, a Santiago el Mayor y a su hermano Juan Evangelista.

 Sólo a estos tres distinguió Jesucristo con sobrenombres nuevos, [387] impuestos por El. A Simón le llamó Pedro (es decir, «Cefas», que significa «Piedra»), porque había de ser el Jefe Supremo y «Piedra fundamental» de su Iglesia futura. A Santiago y a Juan los llamó «Boanerges», que quiere decir «Hijos del trueno».

 Sólo a estos tres Apóstoles separó de los demás, en las ocasiones más solemnes, para darles muestra de su especial aprecio. Ellos sólo fueron elegidos para verle transfigurado en el Tabor; ellos solos presenciaron la resurrección de la hija de Jairo, porque Jesucristo, como dice San Marcos «no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro y Santiago y Juan el hermano de Santiago» (V, 37); ellos solos fueron testigos de su agonía en el Huerto de las Olivas.

 ¿Qué representaban estos tres Apóstoles? San Pedro representaba la cabeza del futuro cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia; Santiago y San Juan Evangelista representaban el brazo derecho y el brazo izquierdo de Jesucristo y de su representante San Pedro.

 La Iglesia Romana es indiscutiblemente el centro de la Iglesia de Cristo. A los dos lados de la Iglesia Romana se levantan la Iglesia Occidental fundada por Santiago, y la Iglesia Oriental que reconoce como su principal Apóstol a su hermano San Juan, el más joven de todos los Apóstoles.

 La Iglesia Oriental tuvo una brillantísima juventud; pero luego decayó lamentablemente, con tenaces herejías y con el funestísimo Cisma Oriental, que todavía dura. La Iglesia del joven San Juan, después de su juventud, fue más bien carga que apoyo para Pedro, y el mismo San Juan abandonó su sepultura del Oriente Cismático y se refugió en Roma, junto al sepulcro de Pedro. La Iglesia de Juan es desde hace siglos la izquierda de Pedro. Hasta en el mapa mundi físico, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de Roma. Porque la orientación normal es la del Sol. Y mirando a éste desde Roma, en su curso medio, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de la Iglesia Romana.

 En cambio, la Iglesia de Santiago, aun físicamente considerada, queda a la derecha de la Iglesia Romana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Y mucho más si consideramos la derecha en su sentido moral. La Iglesia de Santiago es la que ha dado mayor número de fieles y de naciones enteras a la Iglesia Romana. Es la que ha mantenido siempre, en conjunto, mejores relaciones [388] y más leal adhesión a la Cátedra de Pedro. Es la que ha defendido a la Iglesia Católica más denodadamente, en las grandes crisis de la historia. Es la primera nación que reconoció prácticamente, desde el año 254, la suprema potestad judicial del Romano Pontífice, apelando a ella contra la sentencia pronunciada por un concilio nacional de la misma Península. (Marx, Historia de la Iglesia, pág. 99.)

 Vemos, pues, que se cumplió literalmente lo que había pedido para los dos primos de Jesucristo su madre Santa María Salomé, cuando ésta, postrada a los pies del divino Maestro, le dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» (Evangelio de San Mateo, XX, 20.)

 Derrota del Arrianismo.– El arrianismo fue la primera herejía que desgarró a la Iglesia, después de su libertad, en el siglo IV, y también la más peligrosa de todas las que ha sufrido la Iglesia, hasta la rebelión protestante. Negaba solapadamente la divinidad de Cristo, y arrastró hacia el error a gran número de Obispos e Iglesias particulares, hasta llegar a dar la impresión de que todo el orbe se estaba convirtiendo en arriano.

 El brazo fuerte que tuvo a raya esta gran rebelión contra la Iglesia, fue el de Osio el Grande, secundado por el infatigable doctor alejandrino San Atanasio.

 Osio aconsejó la convocación del primer Concilio Universal de la Iglesia; Osio lo organizó en Nicea, con la ayuda de Constantino, enviando carros y viáticos a todos los Obispos del mundo, para trasladarse a aquella primera augusta asamblea; Osio la presidió en nombre del Romano Pontífice; Osio dictó solemnemente al secretario del Concilio el Símbolo de la Fe Ortodoxa, que fue aclamado y suscrito por la augusta asamblea y sigue rezándose y cantándose por toda la Iglesia, en las misas de los domingos y días solemnes, para proclamar a Jesucristo: «Dios verdadero procedente de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el Padre, &c.»).

 De tal manera se convirtió Osio en campeón de la fe católica, que llegó a ser presidente obligado de los concilios subsiguientes, como el de Milán y el de Sárdica, recibió el título de «Príncipe de los Concilios», y mereció que los arrianos, después de haber arrastrado a su bando al sucesor de Constantino, escribieran así al emperador arriano: «Todo es inútil mientras Osio de Córdoba esté [389] en pie... Basta la autoridad de su palabra para arrastrar a todo el mundo contra nosotros. El símbolo de Nicea es obra suya, y somos herejes porque él lo pregona.»

 Fue tal el odio de los arrianos contra Osio, que la tempestad de calumnias y libelos desatada contra él, en vida y después de muerto, llegó a impedir que fuera venerado en los altares por las Iglesias del Occidente, aunque recibe culto en las del Oriente, donde vindicó su memoria San Atanasio el Grande.

 Notemos finalmente que el triunfo decisivo contra el arrianismo tuvo también lugar en España, el año 589, cuando el Rey visigodo Recaredo, con todo el ejército y pueblo germánico arriano que había invadido a España, abjuró sus errores en el famoso Concilio III de Toledo, y abrazó la fe católica de los españoles.

* * *

 Derrota del Mahometismo.– Nadie ignora que España fue el muro en que se estrelló la expansión arrolladora del imperio mahometano, que, desde el Africa, había invadido a Europa, a través del estrecho de Gibraltar.

 Siete siglos y medio luchó España sin tregua contra los feroces muslimes, cuya religión prometía el paraíso a todos los que muriesen guerreando con la espada contra los que no abrazasen la doctrina del Corán.

 Esta lucha titánica se terminó el mismo año 1492, en que las naves españolas descubrieron un nuevo mundo infiel, que había de ser convertido a la fe de Cristo.

 Tampoco es preciso recordar que el predominio creciente del imperio turco mahometano, en el Oriente de Europa, tuvo su tumba en las aguas de Lepanto, bajo el mando del príncipe español don Juan de Austria y por el valor de los marinos españoles, acompañados solamente por los soldados pontificios y venecianos.

* * *

 Victoria del Universalismo Católico.– Dos tumbas, en los dos puntos extremos del mundo cristiano, fueron, como dice Guéranger {(1) L’anné liturgique, XXV juillet.}, en la Edad Media, los dos polos predestinados por Dios [390] para un movimiento absolutamente incomparable en la historia de las naciones.

 La tumba de Jesucristo en Jerusalén, y la tumba del Hijo del Trueno en Compostela fueron las que arrastraron hacia sí el corazón de la Europa medioeval, enviando a la primera ejércitos de guerreros y peregrinos, y a la otra ejércitos mucho mayores de solos peregrinos, en que iban confundidos en un solo ideal hombres de todas las razas y naciones, cantando en todas las lenguas las alabanzas de Jesucristo y de Santiago.

 Estas dos peregrinaciones dieron origen a las Ordenes caballerescas, destinadas primitivamente a proteger a los peregrinos.

 Cuentan los viejos cronistas de Carlomagno, que el emperador de la barba florida, en el atardecer de un día de recia labor guerrera, en los bordes del mar de Frisia, se quedó contemplando, en el cielo claro, la Vía Láctea, cuajada de innumerables estrellas; y, recordando con nostalgia, en aquellas lejanas riberas, a los peregrinos de Santiago, dijo a sus guerreros que aquella faja brillante que atravesaba el cielo azul de oriente a occidente, era la línea que señalaba a los peregrinos de todo el mundo la dirección que habían de seguir para encontrar la Casa del Señor Santiago.

 La tumba de Compostela fue cátedra sagrada de toda Europa.

* * *

 Derrota de la Idolatría en el Nuevo Mundo.– El vasto hemisferio de América y Oceanía, esclavo de la idolatría, de la antropofagia y de la corrupción moral más degradante, fue puesto por la Providencia en manos de España, para que desterrase de él la idolatría y la barbarie.

 España cumplió con su misión de una manera tan rápida y asombrosa que, cincuenta años después del descubrimiento, apenas había sin bautizar más indios que los dispersos en los lugares más inaccesibles. Se cubrió toda América de parroquias, conventos, residencias misioneras, obispados, y arzobispados. Las listas de embarque de pasajeros para América, conservadas en el Archivo de Indias, demuestran que el diez por ciento de todos los que se embarcaban eran misioneros y sacerdotes. En 1649, había en América 840 conventos. Sólo en Méjico, llegaron a contarse, en el momento de la mayor actividad misionera, hasta 15.000 sacerdotes. [391]

 En presencia de estos datos, no es de extrañar lo que afirmaba un sacerdote francés especializado en cuestiones misioneras, el cual decía que España, durante solo el siglo XVI, había dado a la Iglesia mayor número de misioneros de infieles que todo el resto del mundo en todos los siglos de existencia del Cristianismo.

 Así logró España la victoria más grande que se ha conseguido sobre la idolatría, y agregó a la Iglesia Romana diez y ocho naciones soberanas, engendradas por ella con indecibles trabajos y heroísmo que hacen exclamar al protestante norteamericano Charles Lummis: «Ninguna otro nación madre dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo.» (Los exploradores españoles, pág. 51. Ed. Araluce, Barcelona.)

* * *

 Derrota del protestantismo.– Nunca perdonarán los protestantes a España el celo con que se opuso a la difusión del Protestantismo, durante los reinados de Carlos V y Felipe II.

 La única fuerza humana que impidió el triunfo completo de los protestantes en toda Europa, ante los esfuerzos combinados de los luteranos de Alemania y Holanda, de los anglicanos y puritanos de Inglaterra, de los hugonotes de Francia, de los valdenses de Italia, &c., &c., fue la tenacidad con que España hizo frente simultáneamente a casi toda Europa, en los más distantes campos de batalla, desde Flandes hasta Sicilia, y desde Varsovia hasta París, que fue ocupada por las tropas españolas, hasta que Enrique IV abjuró el protestantismo en Saint Denis. Hubo momentos en que los únicos grandes Estados oficialmente católicos del mundo fueron España, Portugal y Roma, es decir, San Pedro y Santiago.

 Las regiones de Europa en que sobrevivió el catolicismo, después de la rebelión protestante, deben eterna gratitud a España, que se sacrificó, desangró y empobreció, por su tesón en conservar este tesoro para sí y para todas las demás naciones del continente,

 Tenían, pues, razón los Pontífices que, en documentos solemnes, llamaban entonces a España y a sus católicos monarcas «Brazo derecho de la Cristiandad». [392]

 España no hacía más que cumplir la misión de su Apóstol Santiago, brazo derecho de Jesucristo y de su Vicario en la tierra. El envió al caballero Iñigo de Loyola, para fundar la guardia de corps del Pontífice Romano y luchar sin tregua contra el protestantismo. El envió a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz y a la pléyade de santos y sabios españoles que apuntalaron a la Iglesia en aquella terrible crisis.

Misiones que están reservadas a España para los tiempos venideros.
Nuevos días de gloria para los hijos de Santiago

 Sin pecar de crédulos, podemos prestar piadoso asentimiento a lo que anunció Santa Brígida, en el siglo XIV, sobre las futuras misiones de España, tanto porque se cumplió ya la primera parte de aquellas predicciones, desde siglo y medio después que fueron escritas, como porque la Iglesia, en el Breviario, las mira con extraordinario respeto, al asegurar que «le fueron revelados por Dios muchos arcanos». (Breviario Romano, 8 de octubre.)

 La santa princesa sueca escribió en la primera mitad del siglo XIV sus famosas revelaciones, entre las cuales hay una, en que anuncia los sucesos principales que han de ocurrir antes de la venida del Anticristo y del fin del mundo. Comienza por anunciar que se convertirán al cristianismo algunas naciones desconocidas, lo cual se verificó siglo y medio más tarde con el descubrimiento y conversión del nuevo mundo:

 «...Antes que venga el Anticristo –dice– se abrirán las puertas de la fe a algunas naciones, en las cuales se cumplirán las palabras de la Escritura: ’Un pueblo que no sabe me glorificará, y los desiertos serán edificados para mí.’»

 La época que ha de seguir a la del descubrimiento del Nuevo Mundo, la describe de este modo:

 «Después serán muchos los cristianos amadores de herejías y los inicuos perseguidores del clero, y los enemigos de la justicia.»

 Tenemos aquí tres rasgos que retratan la historia religiosa del mundo, desde el descubrimiento de América hasta hoy: l.º, la aparición de numerosas herejías entre los cristianos; lo cual se verificó veinticinco años después del descubrimiento de América, cuando en 1517 se rebeló contra el Papa el monje alemán [393] Fray Martín Lutero, y, tras él, fueron apareciendo innumerables sectas de calvinistas, zuinglianos, anabaptistas, anglicanos, puritanos, socinianos, &c.; 2.º, el anticlericalismo, que sobre todo desde el siglo XVIII prevaleció en los gobiernos de las naciones católicas, multiplicándose en ellas las expulsiones de religiosos, desamortizaciones, despojos y atropellos de todas clases, llevados a cabo por los inicuos perseguidores del clero, y principalmente por los masones; 3.º, la lucha de clases, exacerbada por los enemigos de la justicia social, abusando los unos de su capital y los otros de su trabajo y su número. Este tercer período lo estamos recorriendo actualmente en casi todas las naciones del mundo, aunque en ninguna de ellas reviste un carácter más injusto y trágico que en Rusia, donde clases enteras de la sociedad han sido esclavizadas y despojadas de sus derechos más elementales.

 A continuación describe la Santa lo que sucederá después de la época de la injusticia, y dice:

 «Finalmente, vendrá el más criminal de los hombres, el cual, unido con los judíos, combatirá contra todo el mundo, y hará todo esfuerzo para borrar el nombre de los cristianos. Muchísimos serán muertos.»

 Una pequeña muestra de lo que ha de ser esta persecución la tenemos en lo que están haciendo los judíos en Rusia, con su guerra nunca vista contra el cristianismo y sus ocho millones de socios activos para la propaganda del ateísmo, primera etapa destructiva, según sus dirigentes, para construir en la segunda etapa, sobre las ruinas de todas las religiones, el monopolio del judaísmo.

 Pero, en esta terrible crisis, aparecerá, como en las demás grandes crisis de la Iglesia, el brazo de Santiago y de su pueblo, para defender a la Cristiandad, según lo dice a continuación la Vidente sueca:

 «Tendrá fin aquella funestísima guerra, cuando sea proclamado Emperador un hombre engendrado de la estirpe de España. Este vencerá maravillosamente, con el signo de la Cruz, y será el que ha de destruir la secta de Mahoma y restituirá el templo de Santa Sofía.» (Véanse las palabras de Santa Brígida, en la obra L’odierna guerra, de Ciuffa, págs. 181 y 184, ed. Roma. Tipografía Pontificia, nell’Istituto Pío IX, 1916.)

 Según esta predicción, abonada por el cumplimiento de lo [394] sucedido hasta hoy, y por la respetable autoridad de su origen, tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis:

 1.º Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz.

 (Bien podría ser la Cruz Roja flordelisada de Santiago, que ha sido suprimida por la actual República Española, juntamente con la Orden Militar que la ostentaba, cargada de glorias y recuerdos, y que nosotros, en desagravio, hemos colocado al frente de esté opúsculo, asociada con la Cruz Blanca de Covadonga, llamada también de la Victoria y de la Reconquista, porque lo que ahora esperamos de Santiago es especialmente «reconquista» y «victoria» contra los opresores de la Iglesia Española.)

 2.º Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla.

 ¡Qué hermoso ideal para enardecer el entusiasmo de las juventudes españolas e hispánicas, fraternalmente unidas bajo el signo de Santiago!

Confirmación de las grandiosas
misiones futuras de España y de la Hispanidad.

 Coincide con lo que predijo en el siglo XIV la Vidente de Suecia, lo que escribió en su libro de Memorias, el año 1606 otro vidente y taumaturgo, residente entonces en Mallorca, San Alonso Rodríguez.

 Escribe este gran Santo, en el lugar citado, que uno de los días de aquel año caminaba muy triste por las costas de Mallorca, pensando en las dolorosas noticias que había recibido de Africa, sobre los sufrimientos de unos religiosos que habían sido cautivados por los moros, y de repente «sin darse cato de tal cosa –dice, según su costumbre, en tercera persona– vio a deshora una gran armada en los mares de Mallorca. Iba Jesús en la vanguardia, María en la retaguardia, muchos Angeles entre los soldados. La mandaba el Rey en su propia persona, con una gran ejército que había de conquistar toda la Morisma, y sujetarla, y ella [395] se convertiría con gran facilidad a la fe de Cristo Nuestro Señor.»

 Y añade: «La victoria será tan grande cual, por ventura, rey cristiano haya tenido jamás, y resultará gran gloria de Dios y bien de las almas.» (Memorias de San Alonso Rodríguez, año 1606.)

Si queremos apresurar la hora del triunfo de España
y de la Hispanidad, imitemos las virtudes de Santiago.

 Todos los Apóstoles murieron de muerte violenta, excepto San Juan. Pero el primero que regó con su sangre el Evangelio que predicaba, y el único cuyo martirio se narra en la Sagrada Escritura, fue el Apóstol Santiago.

 Consta también, por la misma Sagrada Escritura, el género de muerte que le dieron: le degollaron «con espada».

 Es la muerte más apropiada para un carácter tan caballeresco como el de Santiago.

 En recuerdo de esta muerte, la Cruz de Santiago termina en una espada.

 Y no sólo por esto, sino también porque, en varias batallas contra los invasores infieles, apareció Santiago confortando a los guerreros cristianos y hasta peleando a su lado, con su caballo y su espada.

 Así lo dice el himno del Breviario Romano, en el oficio propio de España: «Cuando por todas partes nos apretaban las guerras, fuiste visto Tú, en medio de la batalla, abatiendo brioso a los desaforados moros, con tu corcel y con tu espada.» (Oficio del 25 de julio.)

 Santiago fue el patrón y modelo de los esforzados caballeros de la Cruz, en los heroicos siglos de la Edad Media. El rey caballero San Luis, al morir lejos de Francia, en su tienda de campaña, bajo los muros enemigos de Túnez, en la octava Cruzada, balbuceaba agonizante la oración de la misa de Santiago: «Sed, Señor, para vuestro pueblo, santificador y custodio; a fin de que fortificado con el auxilio de vuestro Apóstol Santiago, os agrade con su conducta y os sirva con tranquilo corazón.» (Guéranger, L’année, liturgique, XXV, juillet.)

 Y en efecto, los rasgos morales del carácter de Santiago son [396] los de un caballero andante de Cristo. Por eso la Cruz de Santiago, además de la espada en que termina, tiene tres flores de lis, que son los símbolos heráldicos del honor sin mancha que profesaban los caballeros.

 Y hasta, si creemos a Alfonso el Sabio, en su Primera Crónica General, el mismo Santiago se mostró defensor de su título de caballero de Cristo.

 Cuenta el Rey Sabio que, en el siglo XI, reinando Fernando el Magno, fue en peregrinación a Santiago de Compostela el Obispo griego Estiano, y que, al oír que Santiago «parescíe como cavallero en las lides a los cristianos», les dijo con enojo y porfía: «Amigos, non le llamedes cavallero, mas pescador».

 Pero el Santo se encargó de desengañarle; porque aquella misma noche se le apareció Santiago «a guisa de cavallero muy bien garnido de todas armas claras et fermosas» y le dijo: «Estiano, tú tienes por escarnio, porque los romeros me llaman cavallero, et dizes que non lo so; ...nunqua iamás dubdes que yo non so cavallero de Cristo et ayudador de los cristianos contra los moros».

 En confirmación de ello, le dijo que al día siguiente a las nueve de la mañana, entregaría la ciudad de Coimbra al rey Fernando, que la tenía cercada hacía mucho tiempo. A la mañana siguiente comunicó el Obispo al pueblo, en la Catedral, que Santiago le había anunciado para aquel día la toma de Coimbra; y, en efecto, días más tarde llegó a la ciudad del Apóstol la noticia de la victoria, que tuvo lugar el mismo día y hora que había anunciado el Obispo. (Primera Crónica General, cap. 807.)

Santiago, ferviente devoto de la Virgen María.

 Los dos hijos del Zebedeo y de María Salomé se distinguieron por su amor a su augusta tía la Virgen Santísima, que había sido encomendada por Jesucristo, desde la Cruz, a los cuidados filiales del hermano menor de Santiago, en cuya casa tuvo desde entonces su residencia la Madre de Dios.

 Antes de que partiera Santiago para su audaz y remota expedición a España, refiere la tradición que se despidió de la Santísima Virgen (si es que no fue ella la inspiradora del viaje), y le [397] prometió visitarle en aquella ciudad de España en que iluminase a mayor número de fieles con la luz del Evangelio.

 En efecto, la Santísima Virgen vino un día maravillosamente en carne mortal a Zaragoza, visitó al Apóstol, le entregó una columna de mármol, que simbolizaba la firmeza de la fe sembrada por él en la Península Ibérica, le pidió que levantará allí una capilla donde ella fuese invocada (la primera que se erigió en el mundo, en honor de la que había dicho de sí misma en el «Magnificat»: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones), y le avisó que volviera después a Jerusalén, donde había de tener término su misión.

 La Iglesia de España, fundada por el caballeresco sobrino de María Santísima, y honrada por ella, antes de su muerte, con su visita corporal y con el regalo de su Pilar, no podía menos de ser devotísima de la celestial Señora, como en efecto lo ha sido, a través de todos los siglos.

Santiago, amigo fidelísimo de San Pedro.

 Santiago fue llamado por Jesucristo al Apostolado el mismo día y en el mismo sitio que San Pedro.

Jesucristo quiso anudar una amistad especialísima entre San Pedro y Santiago, separándolos de los demás Apóstoles, y llevándolos en su más íntima compañía, junto con San Juan, en las ocasiones más solemnes.

 Santiago correspondió a esta amistad recibiendo en su cabeza la cuchillada que iba dirigida al jefe de la Iglesia cristiana, en la intención de Herodes y de los judíos.

 San Pedro correspondió a la amistad de Santiago, ordenando de Obispos a los Siete Varones Apostólicos, discípulos de Santiago, y enviándolos a fundar otras tantas Sedes en el Sur de España, donde Santiago no había dejado Obispos.

 La Iglesia española, a semejanza de su fundador, ha sido siempre muy adicta a la autoridad del Romano Pontífice, y seguirá siéndolo, por merecer el honor de desempeñar en los momentos críticos el oficio jacobeo de brazo derecho de San Pedro. [398]

Santiago sabe cambiar su armamento según las necesidades de la época.

 Nota muy bien Dom Guéranger, en el lugar antes citado, que Santiago, después de su temprana muerte, continuó su Apostolado en el mundo, por medio de la Iglesia española, y que, en cada época, adoptó las armas y los medios que reclamaban las circunstancias.

 Hubo una época en que no se podía defender a la Iglesia eficazmente con predicaciones, ni libros, ni discusiones; porque los mahometanos, por mandato de su ley, rechazaban toda discusión. Y entonces Santiago apoyaba a los guerreros de la Cruz, apareciendo entre ellos, como un rayo, tremolando con una mano su estandarte blanco adornado con la Cruz Roja, y blandiendo con la otra su espada reluciente.

 Pero, «cuando los Reyes Católicos arrojaron al otro lado de los mares a la turba infiel que nunca debió pasarlos –añade Guéranguer– el valiente jefe de los ejércitos de España, se despojó de su brillante armadura, y el terror de los moros se convirtió en mensajero de la fe.

 »Subiendo a su barca de pescador de hombres y rodeándose de las flotas de Cristóbal Colón, de Vasco de Gama o de Albuquerque, los guiará por mares desconocidos, en busca de playas a donde hasta entonces no había sido llevado el nombre del Señor.

 »Para traer su contribución a los trabajos de los Doce, Santiago acarreará del Occidente, del Oriente, del Mediodía, mundos nuevos que renovarán el estupor de Pedro, a la vista de tales presas.»

 Y aquél, cuyo apostolado, en tiempo del tercer Herodes, pudo creerse tronchado en flor, antes de haber dado sus frutos, podrá repetir aquellas palabras (de San Pablo): «No me creo inferior a los más grandes Apóstoles; porque por la gracia de Dios, he trabajado más que todos ellos.» (L’année liturgique, XXV juillet, págs. 226, 227).

Las armas actuales de Santiago y de sus caballeros.

 Hoy día, los hijos de Santiago, esparcidos por Europa, América, Oceanía y algunos también por las colonias españolas y [399] portuguesas de Africa y Asia, deben imitar a su Apóstol, con las armas que les impone la imperiosa necesidad del momento crítico en que nos encontramos.

 Las armas jacobeas de hoy son cuatro: enseñanza catequística; prensa, sobre todo diaria y periódica; cátedra, sobre todo la oficial; y organización obrera.

 Los modernos «caballeros de Santiago», deben adiestrarse y ejercitarse en el manejo de estas armas, sin descuidar, por supuesto, los demás medios de santificación y defensa que son eternos, y no necesitan cambios, sino reparaciones.

Súplica de Dom Guéranguer por España.

 El sabio escritor francés a quien acabamos de citar, conocía y penetraba, mejor que muchos españoles, el sentido de la Historia de España y su misión providencial en el mundo.

 España ha sido destinada por Dios para proseguir la misión del Hijo del Trueno, proclamando y defendiendo, en gran estilo, como lo hizo en Nicea, en Toledo y en Trento, las verdades católicas fundamentales; y su mayor desgracia sería la de inutilizarse para esa misión, por el debilitamiento, o como dice gráficamente el mismo escritor, por el achicamiento de esas grandes verdades en su espíritu público.

 Por eso dirige él a Santiago esta súplica, que gustosos reproducimos y repetimos:

 «¡Oh Patrón de las Españas! No os olvidéis del ilustre pueblo que os debe a Vos su nobleza espiritual y su prosperidad temporal. Protegedle contra el achicamiento de las verdades que hicieron de él, en sus días de gloria, la sal de la tierra. Haced que piense en la terrible sentencia de Jesucristo, en que se advierte que ’si la sal se vuelve insípida, no vale va para nada sino para ser arrojada y pisada por las gentes’.» (San Mateo, V, 13.)

 ¡No! ¡El espíritu de España no ha de tolerar mucho tiempo este achicamiento!

 ¡El espíritu de España se erguirá caballeresco y altivo contra el masonismo, laicismo y judaísmo que lo pisotea! [400]

 ¡El espíritu de España defenderá el tesoro de Santiago contra los moros modernos que han invadido su herencia sagrada!

 Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía dos misiones a cual más gloriosas:

 Santiago y España tienen que defender un día a la Iglesia de San Pedro, combatiendo y derrotando al Anticristo y a su corte de judíos;

 Santiago y España tienen que cantar un día el Credo de Nicea en la mezquita de Santa Sofía, después de haber rasgado en su pórtico, entre los aplausos de la Morisma bautizada, los falsos mandamientos de Mahoma.

 Así sea.

Zacarías de Vizcarra.

 

Presentación del libro “Los campamentos del Frente de Juventudes” .

Presentación del libro “Los campamentos del Frente de Juventudes” .

 

  Hoy, día 5 de Junio de 2008, ha sido presentado en el aula de Fuerza Nueva el libro “Los campamentos del Frente de Juventudes” por parte de su autor, Cesáreo Jarabo Jordán.

  El escritor ha comenzado su conferencia haciendo referencia a las muchas dificultades que ha tenido antes y después de publicar el libro .Es decir, cuando quería acceder a los archivos catalanes, se le denegó el permiso y tuvo que acudir a Madrid para consultar una hemeroteca donde también sufrió retenciones en su investigación; y, una vez publicado su trabajo, en Valencia varias piaras de “antifascistas” pretendieron boicotearle. No obstante, estas actitudes no evitaron que Cesáreo Jarobo desarrollara una fructífera investigación, sino todo lo contrario: la ausencia de fuentes documentales le llevaron a elaborar su trabajo a partir de testimonios orales, facilitados por antiguos miembros y participantes de las actividades del Frente de Juventudes, entre los cuales destacó a Pascual Pascual Recuero.

  Posteriormente, ha iniciado la presentación del libro, publicado a partir de su tesis de licenciatura. Ha comenzado hablando de los orígenes de la actividad campamentística, que se remota al siglo XIX, cuando la Revolución Industrial había desarraigado de la naturaleza al hombre y le estaba deshumanizando. En este contexto histórico, surgieron diferentes asociaciones, muchas de ellas promovidas por la Iglesia, con la misión de familiarizar a los jóvenes con la naturaleza. Uno de ellos fue el de los “Boy scout”, fundado por el británico Baden Powel.

  No obstante, estos grupos poseían un carácter exclusivamente “naturista”, esto es, no se ocupaban de ningún tipo de formación política (aunque solían realizar tareas de formación en virtudes humanas y, en ocasiones, religiosas). La primera nación que empleó uno organización juvenil con el objetivo de crear una conciencia política en la juventud, fue la URSS a través del “Konsomol”; y más tarde, hacia el año 1926 la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler con las “Hitlerjunge”.

  En cuanto a España, las primeras organizaciones que emplearon campamentos para formar políticamente a los jóvenes, fueron la Falange y el Requeté. Al iniciase la Guerra de Liberación, los primeros incluyeron a sus miembros más jóvenes en los denominados “flechas”, mientras que los segundos hicieron lo propio a través de los “pelayos”. Aunque funcionaron autónomamente, la unificación de las fuerzas nacionales en torno a FET y de las JONS dio lugar a que se fusionaran también las organizaciones de niños, creándose la “Organización juvenil”, que en 1940 pasaría a denominarse “Frente de Juventudes”.

  Se trataba de una entidad que tenía una doble misión: por un lado, apartar a los niños de las penalidades de la Guerra y de la Posguerra, y, por otro, el objetivo primordial: garantizar a la juventud española una formación íntegra, que se ocupara de la formación religiosa, premilitar, humana…

  Para lograr estos objetivos, en cada Provincia había una delegación del Frente, que organizaba campamentos en los que los niños convivían como una auténtica familia: compartían todo lo que recibían de sus padres, jugaban juntos y eran responsables por igual de todo. Además, se garantizaba que todos los niños pudieran acudir al campamento, aportando becas para los más necesitados. No obstante, no se regalaban gratuitamente, ya que se consideraba que, por pequeña que fuera, cada persona debía aportar una colaboración económica como símbolo de su esfuerzo personal.

  Todos estos niños eran educados por distintos mandos. Éstos, eran personas elegidas cuidadosamente con el objetivo de que fueran conocedoras del espíritu católico y nacional-sindicalista que había que transmitir a la juventud. Por ejemplo, el encargado de la educación premilitar debía tener conocimientos militares, el dirigente de la sección cultural, superar un examen de capacidad. Otros cargos eran el de administrativo, que implicaba la posesión de conocimientos de contabilidad, el de sanitario, ocupado por un licenciado o doctor en medicina, y el de capellán.

  También nos ha explicado el conferenciante que durante la Guerra de Liberación, mientras en el bando nacional se realizaba esta importante obra social (que sería una de las artífices de la erradicación del analfabetismo); en el bando rojo los niños y jóvenes carecieron de organizaciones juveniles. Por ello, fue posible que se obligara a luchas a muchachos de 15 años, los integrantes de la calificada como “quinta del biberón”, o que decenas de miles de niños tuvieran que exiliarse.

  Finalmente, Cesáreo Jacobo ha concluido explicando como ocurrió la destrucción del Frente de Juventudes. Éste se produjo en dos fases: la primera en 1965, cuando, como consecuencia del viraje político del Régimen, se disolvió el Frente para formar la “Organización Juvenil Española”; que carecía de dimensión política. No obstante, puesto que los antiguos mandos permanecieron en nuevos puestos, muchos dirigentes se esforzaron para mantener vivo el espíritu del nacional-sindicalismo. Sin embargo, en otos lugares esto no ocurrió, permaneciendo la OJE aislada de la dimensión política.

  Por último, la OJE murió al fallecer el Caudillo, cuando, de repente, todos los miles de chicos, mandos…. la abandonaron; entregándose a la corrupción humana, espiritual y moral que el Régimen liberal-capitalista todavía está introduciendo entre nuestra juventud.

Sobre la mal llamada "eutanasia".

Sobre la mal llamada "eutanasia".

 Una vez más, me veo obligado a comenzar un artículo haciendo referencia a la cualidad que más caracteriza a los socialistas. Me estoy refiriendo, cómo no, a la hipocresía.

  El último motivo que los personajes que nos gobiernan han dado para ser, una vez más y como siempre, merecedores de este calificativo, se encuentra en las declaraciones pronunciadas recientemente por la Consejera de Salud de uno de los feudos de ZP: la españolísma tierra andaluza.

  Según declaró hace pocos días María Jesús Montero, una de las supuestas “grandes líneas de acción” que desempeñará la Junta andaluza en los próximos cuatro años, será la de tratar “de evitar el sufrimiento de las personas en el tramo final de su vida". Es decir, bajo la máscara de este patético eufemismo se encuentra una clara apelación del crimen denominado “eutanasia”.

  ¿Y por qué la defensa de este crimen demuestra que los socialistas son personajes que aseguran realizar una determinada acción, pero que en la praxis ejecutan la contraria? Pues porque, tal y como estamos todos hartos de escuchar, estar personas no paran de decirnos que su objetivo es defender a los pobres, a los necesitados, a los obreros, a los humildes… Pero continuamente estamos constatando cómo sus únicas acciones están dirigidas a destruir al ser humano, empleando para ello todos los medios que pueden, desde la “Educación para la ciudadanía” hasta la “eutanasia”.

  Ya dijo José Antonio en el discurso pronunciado el 29 de Octubre de 1933 que “el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse”. Es decir, si ante el liberalismo y el capitalismo surgió una reacción en favor de los pobres, rápidamente esta reacción se transformó en lo que hoy estamos viendo: un nido de mentirosos y de revanchistas cuyo único objetivo es el de despojar a los hombres de su dignidad, estrujando “bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad”. Esto es, si los socialistas pretendieron terminar con la explotación capitalista, cuya principal base es el egoísmo y el materialismo consumista, lo único que han demostrado haber hecho es llevar esta situación hasta su punto máximo. Con el materialismo histórico que han aplicado estas personas, se ha complementado la cosmovisión y la perspectiva anti-espiritual del capitalismo liberal, de manera que al ser humano se le ha introducido una ideología que, rechazando todo lo relacionado con la virtud y el bien, no busca sino satisfacer sus instintos y entronizar al placer como su único rey.

  Y no es que el placer sea malo, sino que los ateos, quitándole la dimensión sobrenatural que le da sentido, lo transforman en un instrumento de Satanás. Tal y como dice el diablo Escrutopo en el libro de C.S Lewis “Cartas del Diablo a su sobrino”; “Él (Dios) creó los placeres; todas nuestras investigaciones hasta ahora no nos han permitido producir ninguno. Todo lo que podemos hacer es incitar a los humanos a gozar de los placeres que nuestro Enemigo ha inventado, en momentos, o en formas, o en grados que Él ha prohibido”. Esto es, si se considera al placer un fin en sí mismo al que hay que buscar antes que a cualquier otra cosa, y si se pretende pasar por este mundo sin dolor, entonces la vida humana no tienes sentido; ya que una vida sin dolor no es una vida humana.

  Dice Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Salvificis dolores” que “Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural porque se arraiga en el ministerio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión”.

  Rechazar la realidad que suponen el dolor y el sufrimiento es una cobardía. Por mucho que lo llamen “eutanasia”, el suicidio no es una “muerte buena” que dignifique al hombre, sino que es una actitud que humilla a quien la realiza. Lo que es digno y valiente es asumir el dolor, ser conscientes de que la felicidad, por venir de Dios, no depende de los instantes en los que no suframos, sino que es una realidad de naturaleza eterna, que podemos alcanzar siempre que gocemos de un estado de Gracia.

  Antiguamente, cuando la mayoría de los seres humanos todavía no habían sucumbido al individualismo materialista, se consideraba lógica aquella sentencia del juramento hipocrático que reza Llevaré adelante ese régimen (se refiere al oficio de médico), el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin”. Sin embargo, ahora que estamos padeciendo un sistema que posee como divisa el “maximizar beneficios”, esto es, una dictadura capitalista, nuestros políticos consideran mucho más importante el ahorrar dinero a la Seguridad Social que garantizar un cuidado integro y digno para los enfermos.