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Tradición y Revolución

Historia

7 de Octubre de 1571.

7 de Octubre de 1571.

Aunque sea con un día de retarso, publico el siguiente poema de Chesterton como recuerdo de la gloriosa onomástica que ayer celebramos; esto es, la de la batalla de Lepanto:

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.

***

White founts falling in the Courts of the sun,
And the Soldan of Byzantium is smiling as they run;
There is laughter like the fountains in that face of all men feared,
It stirs the forest darkness, the darkness of his beard;
It curls the blood-red crescent, the crescent of his lips;
For the inmost sea of all the earth is shaken with his ships.
They have dared the white republics up the capes of Italy,
They have dashed the Adriatic round the Lion of the Sea,
And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,
And called the kings of Christendom for swords about the Cross.
The cold queen of England is looking in the glass;
The shadow of the Valois is yawning at the Mass;
From evening isles fantastical rings faint the Spanish gun,
And the Lord upon the Golden Horn is laughing in the sun.

***

Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.

***

Dim drums throbbing, in the hills half heard,
Where only on a nameless throne a crownless prince has stirred,
Where, risen from a doubtful seat and half attainted stall,
The last knight of Europe takes weapons from the wall,
The last and lingering troubadour to whom the bird has sung,
That once went singing southward when all the world was young.
In that enormous silence, tiny and unafraid,
Comes up along a winding road the noise of the Crusade.
Strong gongs groaning as the guns boom far,
Don John of Austria is going to the war,
Stiff flags straining in the night-blasts cold
In the gloom black-purple, in the glint old-gold,
Torchlight crimson on the copper kettle-drums,
Then the tuckets, then the trumpets, then the cannon, and he comes.
Don John laughing in the brave beard curled,
Spurning of his stirrups like the thrones of all the world,
Holding his head up for a flag of all the free.
Love-light of Spain--hurrah!
Death-light of Africa!
Don John of Austria
Is riding to the sea.

***

Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.

***

Mahound is in his paradise above the evening star,
(Don John of Austria is going to the war.)
He moves a mighty turban on the timeless houri's knees,
His turban that is woven of the sunsets and the seas.
He shakes the peacock gardens as he rises from his ease,
And he strides among the tree-tops and is taller than the trees;
And his voice through all the garden is a thunder sent to bring
Black Azrael and Ariel and Ammon on the wing.
Giants and the Genii,
Multiplex of wing and eye,
Whose strong obedience broke the sky
When Solomon was king.

***

Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del
mar,

***

They rush in red and purple from the red clouds of the morn,
From the temples where the yellow gods shut up their eyes in scorn;
They rise in green robes roaring from the green hells of the sea
Where fallen skies and evil hues and eyeless creatures be,
On them the sea-valves cluster and the grey sea-forests curl,

***

Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.

***

Splashed with a splendid sickness, the sickness of the pearl;
They swell in sapphire smoke out of the blue cracks of the ground,--
They gather and they wonder and give worship to Mahound.
And he saith, "Break up the mountains where the hermit-folk can hide,
And sift the red and silver sands lest bone of saint abide,
And chase the Giaours flying night and day, not giving rest,
For that which was our trouble comes again out of the west.

***

Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.

***

We have set the seal of Solomon on all things under sun,
Of knowledge and of sorrow and endurance of things done.
But a noise is in the mountains, in the mountains, and I know
The voice that shook our palaces--four hundred years ago:
It is he that saith not 'Kismet'; it is he that knows not Fate;
It is Richard, it is Raymond, it is Godfrey at the gate!
It is he whose loss is laughter when he counts the wager worth,
Put down your feet upon him, that our peace be on the earth."
For he heard drums groaning and he heard guns jar,
(Don John of Austria is going to the war.)
Sudden and still--hurrah!
Bolt from Iberia!
Don John of Austria
Is gone by Alcalar.

***

En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.

***

St. Michaels on his Mountain in the sea-roads of the north
(Don John of Austria is girt and going forth.)
Where the grey seas glitter and the sharp tides shift
And the sea-folk labour and the red sails lift.
He shakes his lance of iron and he claps his wings of stone;
The noise is gone through Normandy; the noise is gone alone;
The North is full of tangled things and texts and aching eyes,
And dead is all the innocence of anger and surprise,
And Christian killeth Christian in a narrow dusty room,
And Christian dreadeth Christ that hath a newer face of doom,
And Christian hateth Mary that God kissed in Galilee,--
But Don John of Austria is riding to the sea.
Don John calling through the blast and the eclipse
Crying with the trumpet, with the trumpet of his lips,
Trumpet that sayeth ha!
Domino gloria!
Don John of Austria
Is shouting to the ships.

***

El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.

***

King Philip's in his closet with the Fleece about his neck
(Don John of Austria is armed upon the deck.)
The walls are hung with velvet that is black and soft as sin,
And little dwarfs creep out of it and little dwarfs creep in.
He holds a crystal phial that has colours like the moon,
He touches, and it tingles, and he trembles very soon,
And his face is as a fungus of a leprous white and grey
Like plants in the high houses that are shuttered from the day,
And death is in the phial and the end of noble work,
But Don John of Austria has fired upon the Turk.
Don John's hunting, and his hounds have bayed--
Booms away past Italy the rumour of his raid.
Gun upon gun, ha! ha!
Gun upon gun, hurrah!
Don John of Austria
Has loosed the cannonade.

***

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;

***

The Pope was in his chapel before day or battle broke,
(Don John of Austria is hidden in the smoke.)
The hidden room in man's house where God sits all the year,
The secret window whence the world looks small and very dear.
He sees as in a mirror on the monstrous twilight sea
The crescent of his cruel ships whose name is mystery;
They fling great shadows foe-wards, making Cross and Castle dark,
They veil the plumèd lions on the galleys of St. Mark;
And above the ships are palaces of brown, black-bearded chiefs,
And below the ships are prisons, where with multitudinous griefs,
Christian captives sick and sunless, all a labouring race repines
Like a race in sunken cities, like a nation in the mines.
They are lost like slaves that sweat, and in the skies of morning hung
The stair-ways of the tallest gods when tyranny was young.

***

Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.

***

They are countless, voiceless, hopeless as those fallen or fleeing on
Before the high Kings' horses in the granite of Babylon.
And many a one grows witless in his quiet room in hell
Where a yellow face looks inward through the lattice of his cell,
And he finds his God forgotten, and he seeks no more a sign--
(But Don John of Austria has burst the battle-line!)
Don John pounding from the slaughter-painted poop,
Purpling all the ocean like a bloody pirate's sloop,
Scarlet running over on the silvers and the golds,
Breaking of the hatches up and bursting of the holds,
Thronging of the thousands up that labour under sea
White for bliss and blind for sun and stunned for liberty.

***

¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!

***

Vivat Hispania!
Domino Gloria!
Don John of Austria
Has set his people free!

***

Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

***

Cervantes on his galley sets the sword back in the sheath
(Don John of Austria rides homeward with a wreath.)
And he sees across a weary land a straggling road in Spain,
Up which a lean and foolish knight for ever rides in vain,
And he smiles, but not as Sultans smile, and settles back the blade....
(But Don John of Austria rides home from the Crusade.)

***

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En "El País" no saben historia.

En "El País" no saben historia.

    Una de las señas de identidad de la izquierda española es, por lo menos desde hace cuarenta años, su implacable fobia hacia todo lo relacionado con el patriotismo y la idea de España; actitud de la que se deriva la siniestra manipulación que, de la gloriosa historia de nuestra patria, se empeñan en difundir los medios de comunicación del Sistema.

    De esta cotidiana situación pueden ser testigos los lectores del periódico El País, panfleto “progre” por excelencia de entre todos los que infectan a nuestra sociedad. Concretamente, el pasado domingo 30 de agosto la sección de este diario denominada “La cuarta página” incluía un artículo pseudohistórico cuya tesis era, poco más o menos, la de considerar a Isabel la católica y a Felipe II como a unos pérfidos dictadores que, habiendo usurpado el poder “legítimo”, subyugaron a sus súbditos dentro de un sangriento y violento sistema totalitario. En efecto, el autor de dicho escrito asegura que “la historiografía nacionalista la exalta (a Isabel I) como creadora del Estado Moderno y autora de unas reformas pioneras en Europa. En realidad, la reina Isabel no hizo otra cosa que lo que cualquier tirano en cualquier edad y latitud: desmantelar las instituciones que violentó y consolidar en su lugar un artefacto político hecho a su ambición”.

    Es decir, según J.M. Ridao, autor del artículo que hemos citado, no ha existido nunca el proceso histórico que los eruditos han denominado “génesis del Estado Moderno”. Por lo que vemos, para él no significa nada la aparición de los estados renacentistas superadores del feudalismo medieval; sino que, por el contrario, el siglo XVI sólo se caracterizaría por la confluencia en el tiempo de una serie de déspotas que, en Francia, el Imperio, Inglaterra y España; habrían desmantelado la “legalidad vigente” para esclavizar a sus enemigos.

    Tal afirmación solamente puede demostrarnos una cosa: que Ridao no tiene ni la más remota idea de historia. En realidad, las reformas de Isabel la católica se enmarcan dentro de un proceso histórico iniciado en el siglo XIII, no sólo en España, sino en toda Europa. Esto es, desde que en el siglo V el Imperio Romano diera paso a la aparición de las monarquías fundadas por los invasores bárbaros, se inició un proceso de feudalización cuya consecuencia fue la sustitución del poder centralizado en la persona del monarca, por otro en el cual la nobleza periférica alcanzó una influencia política que transformó al rey en un mero “primus inter pares”. Dentro de cada marca, condado o ducado, existía un personaje con poder ilimitado y jurisdicción absoluta sobre los habitantes de su territorio, con capacidad para condenarles a muerte, enrolarlos en su ejército y exigirles impuestos; de modo que dentro de cada nación existía una notable desigualdad entre sus pobladores. Sin embargo, el siglo XIII inició el Primer Renacimiento europeo, sin el cual no hubiera sido posible el que se daría en el siglo XVI, y una de cuyas principales consecuencias fue el redescubrimiento del "Ius comune" o Derecho romano. De este modo, los legistas que estudiaron en las nacientes universidades promovieron la centralización de las monarquías europeas en torno a sus reyes, buscando de este modo una mayor racionalización de los recursos humanos y económicos de los que se disponían, así como una mayor equidad en el ejercicio de la justicia.

    Para los actuales pseudointelectuales progresistas, la monarquía fue sinónimo de tiranía y despotismo; pero la realidad que transmiten las crónicas medievales y modernas desmiente esta afirmación. En realidad, autores como Adalbéron de Laon hablaron, ya en el siglo XI, de la monarquía como garantizadora del orden y del equilibrio dentro de la sociedad llamada trinitaria (esto es, organizada en torno oratores, bellatores y laboratores); lo cual contrastaba con una realidad en la que los guerreros o nobles actuaban como déspotas en sus respectivos feudos. Por esta razón, los plebeyos aceptaron gustosamente las llamadas “regalias”, es decir, la intromisión de la jurisdicción real dentro de las posesiones de la nobleza; lo cual les hacía dependientes legalmente de un monarca que habitaba a distancias lo suficientemente grandes como para evitar que fuera posible un abuso como el que ejercían los condes, duques o marqueses. Podría parecer idílico o falso, pero lo cierto es que en el imaginario colectivo existía esta concepción, y prueba de ello son obras clásicas como “El alcalde de Zalamea” o “Fueteovejuna”; donde vemos como se apela al monarca en contra de los abusos de las autoridades intermedias; y donde el grito de ¡Viva el Rey! es sinónimo de ¡Viva la libertad!

    Como hemos dicho, poco a poco los gobernantes fueron imponiendo su autoridad en el seno de los diferentes reinos; no sólo en nuestra patria. En Francia lo hicieron Luis Felipe de Orleáns, San Luis o Felipe el Hermoso; y en Inglaterra Enrique II y sus sucesores; culminando sus acciones en el siglo XV, en las personas de Luis XII y Enrique VII respectivamente. Las instituciones que Ridao llama “artefacto político hecho a su ambición”, lograron desarrollar, poco a poco y con el paso de los siglos, estados modernos y eficientes. Si los Reyes Católicos crearon la Chancillería de Granada, la figura del corregidor, los diversos Consejos o la Junta de la Santa Hermandad; no fue con el objetivo de sancionar un ascenso ilegítimo al trono, sino como culminación del devenir histórico iniciado por San Fernando y Alfonso X el Sabio. Los casi tres siglos que median entre la Plena Edad Media y la Modernidad vieron nacer las audiencias, los procuradores reales y, en 1385, el Consejo Real con Juan I. Del mismo modo, en Inglaterra se desarrollaban el Exchequer, la Cámara estrellada o el Anillo íntimo; y en Francia el Consejo real y la Corte de la Tesorería. Por tanto, el Estado de los Reyes Católicos, o más propiamente, “la Monarquía compuesta” de la que habló Jhon Elliott; no fue el capricho de Isabel y Fernando, sino la proyección del espíritu renacentista en España; con unas características similares a las de los demás países del entorno, pues todos ellos pretendían actualizar el clasicismo que la descentralización germánica había destruido.

    Una realidad tan evidente no puede ser desmentida por ningún historiador, ni siquiera aunque los políticos que padecen, tanto al hablar la Guerra Civil como de la Edad Moderna, “alzheimer histórico”; se empeñen en ello. Si no les gusta que Franco pretendiera imitar a los Reyes católicos, o si acaso les parece mejor que una nación esté repartida entre cuarenta sátrapas y no exista una Ley común; es su problema. Pero la realidad no puede cambiarse de ningún modo; pues, como dijera Menéndez Pelayo, “afortunadamente es la historia gran justiciera”, y aunque se ultraje la memoria de los héroes que forjaron nuestra patria, nunca podrán borrar la huella que dejaron en nuestra Civilización.

Aniversario de la batalla de Las Navas de Tolosa.

Aniversario de la batalla de Las Navas de Tolosa.

     17 de Julio de 1212. Esta fecha, de la  que hoy se cumplen 797 años, constituye uno de los episodios más gloriosos de la historia de nuestra Patria. Uno de los muchos momentos de la historia universal en los que España ha intervenido en defensa de la Fe Católica y, por ende, de la hoy denostada Civilización Occidental; logrando salvaguardarla de uno de sus más seculares enemigos: el Islam.

     Hace casi ocho siglos que la tempestad musulmana se estampó ante la fortaleza de la diamantina Piel de Toro; bautizada así por Estrabón debido a  la forma que le atribuyó a Iberia, sin saber que esta comparación se transformaría con el devenir de la historia en la más paradigmática metáfora del ethos de sus habitantes. Muchas veces así lo demostraron nuestros antepasados, y no le faltó al siglo XIII, al que por algo llamó Menéndez Pelayo “el segundo más glorioso de la Historia de España”, su momento de justificarlo.

    En efecto, después de la crisis del Califato de Córdoba, fraccionado desde 1031 en los Reinos de Taifas, y tras el breve respiro que a la causa de la secta ismaelita aportó el intermedio almorávide; una nueva oleada de fanatismo norteafricano desafió a los Reinos Hispánicos tras la llegada en 1147 de los almohades.  Vencieron al monarca castellano Alfonso VIII en Alarcos (1195), provocando un nuevo resurgir de Al-Ándalus que amenazó, a través de su Media luna, con ensombrecer la luz de la Cristiandad peninsular y hacerla retroceder de nuevo hasta las montañas de Asturias.

    Sin embargo, una nueva Covadonga truncaría tan desastrosa posibilidad de  desenlace, pues el grito que San Bernardo de Claraval  y toda la Iglesia habían lanzado dos siglos antes a Europa, el grito de Cruzada, el Deus lo vult!, permanecía vivo cuando todo aquello ocurría. El avance moro debía detenerse de nuevo, y por ello el Primado de las Españas, Rodrigo Jiménez de Rada, en nombre del papa Inocencio III; convocaba a todos los cristianos a desenvainar sus espadas en nombre de la Justicia y de la Verdad. Un acto que rechazarían hoy los ingenuos partidarios de la “Alianza de Civilizaciones”, pero que constituía la única reacción posible ante una cultura que todavía en la actualidad, en el siglo XXI, mantiene la esclavitud, la cosificación de la mujer y la lapidación humana.

    Así, miles cruzados de toda Europa se alistaron en las filas del ejército que debía reunirse en Toledo en la octava de Pentecostés de 1212. Lo componían extranjeros, llamados normalmente francos en las crónicas, y también hispanii, esto es, españoles precedentes de los cinco Reinos peninsulares: junto con los castellanos lucharon navarros, con su rey Sancho VII el fuerte al frente; aragoneses, comandados por  Pedro II el católico; leoneses y portugueses, ambos sin sus monarcas, pues al contrario que los dos primeros no fueron capaces de dejar atrás sus diferencias con Alfonso VIII. Todos estos guerreros se unieron bajo el grito de Santiago y Cierra España!, que en Las Navas de Tolosa lanzó el rey castellano antes de comenzar la batalla, y el resultado de su valor y de su estoica lucha fue una de las más brillantes victorias jamás obtenida por nuestros antepasados.

    Aquel grito, que algunos siglos más tarde también lanzarían los invictos tercios en sus combates por toda Europa, demuestra la mística que acompañaba a los héroes que hicieron la Reconquista. No eran simples señores feudales ambiciosos y borrachos de poder, como ha pretendido en balde  demostrar la hoy superada historiografía marxista; sino que, muy por el contrario, era un episodio más de la lucha de España, del Catolicismo, contra sus amenazas. De ahí que el monarca que acaudilló a los vencedores de Las Navas de Tolosa  les arengara invocando a Santiago, protector de la patria que compartía con sus aliados leoneses, aragoneses, navarros y portugueses; y les exhortara a combatir juntos por el mismo ideal. Si por entonces no existiera el concepto de España como nación, no hubiera sido aquél el clamor de nuestros antepasados. Pero todos ellos luchaban por restaurar una de las, así llamadas literalmente, “cinco naciones” que heredó Europa del Imperio Romano: Hispania, que aquel 17 de Julio de 1212 fue, una vez más y como siempre, baluarte de la Cristiandad y de Occidente.

 

Miré los Muros de la Patria Mía.

Miré los Muros de la Patria Mía.

                               Miré los muros de la patria mía,
                      si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
                      de la carrera de la edad cansados,
                      por quien caduca ya su valentía.

                      Salíme al campo; vi que el sol bebía
                      los arroyos del yelo desatados,
                      y del monte quejosos los ganados,
                      que con sombras hurtó su luz al día.

                       Entré en mi casa; vi que, amancillada,
                       de anciana habitación era despojos;
                       mi báculo, más corvo y menos fuerte.

                       Vencida de la edad sentí mi espada,
                        y no hallé cosa en que poner los ojos
                        que no fuese recuerdo de la muerte.

                                    Francisco de Quevedro.

España y la custodia de Tierra Santa.

España y la custodia de Tierra Santa.

 

 

    José Antonio afirmó que "ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo”, frase con la que nos recuerda el enorme orgullo que supone participar del glorioso destino universal de nuestra patria. Un destino que encuentra su origen en la tradición católica que nos transformó en la nación poderosa e invencible que, mientras permaneció fiel a la Santa Iglesia, gozó del grandísimo honor de ser su  escudo y su espada. Somos los españoles quienes hemos derrotado a los principales enemigos de la Verdadera Religión: el Islam, el protestantismo, la masonería, el liberalismo y el comunismo; quienes evangelizamos medio mundo y quines logramos que los Santos Lugares fueran  respetados en medio de la hostilidad musulmana y judía que se apoderó de Tierra Santa. A este último episodio de nuestra gloriosa historia que tan desconocido es, me referiré a continuación.

  Una vez finalizadas las Cruzadas en el siglo XIII, los reinos cristianos que participaron en las mismas se encontraban, lógicamente, en un estado de enemistad y conflicto con los soberanos musulmanes. Como consecuencia de esto, la conservación de los Santos Lugares se encontraba en una situación difícil y peligrosa, ya  que existía una amenazante probabilidad de su destrucción; al mismo tiempo que también se esfumaban las posibilidades de peregrinación hacia Jerusalén por parte de los europeos.

  Sin embargo, no toda la Cristiandad se encontraba en esta penosa situación con respecto a los nuevos amos de Palestina; ya que los reinos hispánicos, ocupados con su propia cruzada, la Reconquista, no habían participado directamente en el conflicto. Esta es la situación que favoreció la entrada de los reinos hispánicos primero, y de la España unificada después, en la lucha por conservar algunos de los más importantes santuarios y escenarios de la religión cristiana; así como la razón de que el título de “Rey de Jerusalén” haya permanecido hasta nuestros días entre los diferentes títulos que ostenta el monarca de España. Concretamente, fue la Corona de Aragón la entidad política que inició esta relación, ya que, a la razón anteriormente mencionada, se sumó la de la importancia comercial y económica de la  que este reino gozaba en el Mediterráneo de la Baja Edad Media.

  El primer punto de contacto establecido entre las monarquías hispánicas y la de Jerusalén fue el matrimonio, en 1262, entre Berenguela, hija del rey leonés Alfonso IX, y Juan de Brienne. Más tarde el reino de Jerusalén quedó en manos de Aragón, ya que en 1343 Sancha de Mallorca heredó de su marido Roberto de Anjou este título.

  Pero el monarca que, al heredar este título, logró que quedara en manos de España de manera definitiva fue Fernando II de Aragón  (1452-1516). Este rey, artífice junto con su esposa Isabel I de Castilla de la reunificación de nuestra nación, logró que el Papa Julio II firmara una bula según la cual le concedía el reinado de Jerusalén; acción que fue consecuencia, por un lado, de la habilidad diplomática del Rey Católico, y, por otro, para premiar su labor defensora de la Iglesia.

  Por lo que respecta a la conservación y custodia de los Santos lugares, se trató de un proceso paralelo a aquel que logró para el Rey de España la obtención del título de Rey de Jerusalén. Se desarrolló a través de la Orden Franciscana, ya que los diversos terrenos comprados por lo reinos hispánicos en Tierra Santa fueron cedidos a estos monjes, encomendándoles su conservación y custodia a través de la construcción de monasterios. De hecho, el propio fundador de la Orden, San Francisco de Asís (1182-1226), visitó esta región e inició lo que el P. León Villuendas calificó en su artículo “Los segundos cruzados o los frailes de la cuerda en Tierra Santa” como una segunda conquista de estos territorios, esta vez pacíficamente.

   Entre las reliquias y edificios custodiados por los franciscanos se encontraron, y en muchas ocasiones continúan encontrándose,  el Cenáculo, cuyo suelo fue comprado por Roberto de Anjou, el Santo Sepulcro, gestionado en 1327 por Jaime II; el Huerto del Getsemaní y el lugar de la Dormición, obtenidos por Pedro IV de Aragón; la casa donde vivió San Juan Bautista y la de la Natividad; además de otros lugares que no se sitúan en Palestina, tales como la Iglesia de la Sagrada Familia de El Cairo y el convento de Damasco.

  Por otro lado, y para finalizar este breve artículo, es importante conocer que la importante misión desempeñada por España en Tierra Santa no fue protagonizada únicamente por Reyes o frailes, sino también por numerosos seglares donantes de limosnas, quienes lo hicieron a partir de la institución denominada “Obra Pía de los Santos Lugares”.  A través de ella, miles de españoles cedieron parte de su patrimonio para mantener los edificios emblemáticos que custodiaban los franciscanos, y también para amparar a estos caritativos guardianes. Sin embargo, las garras de la masonería  expoliaron los 160 millones de pesetas de los que disponía la citada entidad, iniciándose de esta manera la agonía de la influencia española en la custodia de los Santos Lugares.

   El único “recuerdo” que nos queda de nuestra importante acción en Tierra Santa lo constituye el título de Rey de Jerusalén que posee el traidor de Juan Carlos I. Pero teniendo en nuestro trono a un masón, de nada nos sirve.  Tendremos que esperar a tener un rey católico, si es que es la monarquía el régimen que tendrá España cuando se reconcilie con su historia, para enorgullecernos de que nuestra Corona posea los derechos sucesorios de la patria de Jesucristo.

 

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Orgullosos de nuestra historia.

Orgullosos de nuestra historia.

 

  Resulta realmente patético escuchar a la mayoría de los hispanoamericanos hablar acerca de España. Según afirman la mayoría de nuestros hermanos de ultramar, la conquista protagonizada por nuestros antepasados no fue sino un crimen perpetrado por   hombres sedientos de riqueza y de poder, que no dudaron en masacrar a etnias enteras con el único objetivo de encontrar oro. De este modo, supuestamente, se destruyó una época en la que reinaban la  paz y la armonía entre los indígenas, surgiendo un sistema colonial que explotó y maltrató a los americanos.

   Sin embargo, la realidad es muy distinta de esta versión inventada por los masones y los ingleses, ya que ese “paraíso socialista”  que Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales y compañía pretenden crear, fue tan inexistente en el pasado como lo es en la actualidad.

  Aunque  los seguidores del irracional “indigenismo” afirmen lo contrario, la verdad es que cuando España llegó a América, éste era un continente en el que unos pocos pueblos, como el azteca o el inca, habían sometido a muchos otros. De este modo existía un régimen de terror cuyas consecuencias describe Bernán Díaz del Castillo en “Historia Verdadera de la conquista de Nueva España” , cuando los miembros de un pueblo liberado por Hernán Cortés afirman que los aztecas “les robaban cuanto tenían, e las mujeres e hijas si eran hermosas las forzaban delante de ellos y de sus maridos, y se las tomaban, e que les hacían trabajar como si fueran esclavos, que les hacían llevar en canoas e por tierra madera de pinos, e piedra e leña e maíz, e otros muchos servicios de sembrar maizales; e les tomaban sus tierras para servicio de ídolos”.

  Frente a esta penosa situación, los españoles forjamos una sociedad en la que todos los indígenas eran respetados como si hubieran venido de la península, se les evangelizó y se les mostró la lengua y la cultura que todavía tienen; pues fueron nuestros antepasados quienes llevaron hasta América las universidades, el urbanismo, la rueda y el trabajo del metal.

  El que muchos sudamericanos rechacen a aquellas personas que les sacaron de la prehistoria sería como si los españoles condenáramos la conquista romana, cuando a ella le debemos, igual que nos deben a nosotros las naciones hispanoamericanas, la unidad de nuestra nación, la aparición de unas estructuras legislativas y administrativas eficientes y justas, el alfabeto y la lengua del que derivan los que tenemos actualmente… en definitiva: el haber abandonado nuestra condición de bárbaros para iniciar una existencia como pueblo civilizado.

   Puede que a los defensores del “Socialismo del siglo XXI” les parezca justo que se sacrificaran personas todos los días ante falsos ídolos de piedra, pero a las personas con un mínimo de sentido común nos parece una actitud retrógrada e irracional que justifica plenamente la conquista de América, una acción de la que solo los españoles podemos enorgullecernos porque   fuimos los únicos que tuvimos como primer objetivo de la conquista la evangelización de los infieles. Es decir, mientras que los monarcas españoles asumían que su poder proviene de Dios y que su misión es la de gobernar en su nombre y con justicia,  los gobernantes de naciones protestantes como Holanda e Inglaterra entregaban la iniciativa de la conquista a sociedades mercantiles privadas, cuya única misión era la de obtener recursos económicos. Por ello, al mismo tiempo que nuestros antepasados creaban Virreinatos que se integraban en el Imperio español como provincias cualesquiera; los herejes ingleses fundaban colonias sometidas a la metrópoli, donde los indígenas eran esclavizados y masacrados.

  A pesar de esto, no solo los iberoamericanos, sino también la mayoría de los españoles conservan todavía un sentimiento de culpa y de vergüenza ante nuestro glorioso pasado; cuando deberíamos de estar orgullosos porque, en palabras de Ramiro de Maeztu, “no hay en la historia universal obra comparable a la realizada por España, porque hemos incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo nuestra influencia”. Mientras que, todavía actualmente, en Norteamérica los poquísimos indígenas que existen se encuentran recluidos en reservas naturales, como si se tratara de animales; en Sudamérica la raza predominante no es la blanca, sino la criolla, que es consecuencia de la voluntad de fraternidad universal que nuestros antepasados asumieron al realizar la mayor obra de nuestra historia: la Hispanidad.

 

LXXII aniversario del Glorioso Alzamiento nacional.

LXXII aniversario del Glorioso Alzamiento nacional.

 

 

  En el día de hoy, 18 de Julio, conmemoramos el LXXII aniversario del inicio del Glorioso Movimiento nacional, esto es, el Alzamiento militar y civil protagonizado por todos aquellos españoles de bien que en 1936 se resignaron a permitir que el desgobierno de la nación permitiera la caída de España en las manos del Comunismo.

     1. Precedentes de la Sublevación.

 En contra de lo que nuestro hipócrita Sistema nos cuenta, la II República no fue una época dorada en la que reinaran la paz y la justicia, sino uno de los periodos más conflictivos y penosos que ha padecido España en toda su reciente historia.

   Se trató de un régimen que, ya desde su misma instauración, carecía de legitimidad, pues fue resultado de la cobardía del Rey Alfonso XIII; quien, después de la celebración de unas elecciones municipales ganadas por las candidaturas monárquicas, abandonó la nación a su suerte después de que los republicanos, eufóricos por un triunfo obtenido exclusivamente en las grandes ciudades como Madrid, “tomaran la calle” y proclamaran la II República el 14 de Abril de 1931.

   Después de la abdicación de este nefasto rey, se formó un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora (un oportunista que había realizado su carrera política como monárquico), que redactó una Constitución de carácter izquierdista y laicista, inspirada en la masonería y escrita sin la participación de los grupos de derecha.  Se trataba de una Constitución clara y abiertamente anticatólica, lo cual provocó que el citado presidente, que era católico, dimitiera y permitiera la llegada al poder de otro de los hombres más nocivos que ha tenido que sufrir España en el pasado siglo: Manuel Azaña.

    Tal y como se ha escrito anteriormente, la instauración de la República dio lugar a una gran violencia caracterizada por  la quema de Iglesias y conventos, ante la pasividad de las autoridades gubernamentales. En contra de lo que los inspiradores de la “Ley de Revanchismo histórico” quieren que creamos, lo cierto es que estas acciones no comenzaron en 1936, sino ya en 1931, concretamente en el día 10 de Mayo.

   En dicho día, se produjo el acto fundacional del “Club monárquico independiente”, cuyo objetivo era la coordinación de las fuerzas políticas comprometidas con la reinstauración monárquica. Durante el transcurso de esta jornada, el Marques Luca de Tena (director del periódico ABC) y otros participantes emplearon un gramófono para emitir la “Marcha real”, acción que fue respondida por los “demócratas” republicanos con el inicio de una serie de alteraciones del orden público que se saldaron con la quema de iglesias y conventos, y ante las cuales el Presidente Azaña reaccionó afirmando que “Todas las iglesias de Madrid no valen la uña de un republicano” en el momento en que Maura le aconsejó poner orden.

  Pero la quema de edificios religiosos no fue la única acción anticristiana desarrollada por los republicanos. También se produjeron numerosos ataques contra una España que Azaña consideraba que “había dejado de ser católica” como fueron la disolución de Órdenes religiosas, la expulsión del Cardenal Primado Pedro Segura; la prohibición de la enseñanza religiosa y la secularización de los cementerios.

   Además de la persecución religiosa, la República sería causante de muchas otras situaciones que harían peligrar la estabilidad nacional. Un ejemplo de esto se encuentra en la cesión de autonomía a regiones gobernadas por separatistas, como en el caso de Cataluña. En este lugar, Francisco Macià había proclamado la “República Catalaña” en 1931, aunque finalmente aceptó una autonomía canalizada a través de la creación de la “Generalidad”.

 Otros temas conflictivos fueron la reforma militar de Azaña, que disolvió la “Academia Militar de Zaragoza”, una de las más modernas de Europa, y los enfrentamientos provocados por la izquierda radical. Esto último se manifestó de dos maneras: mediante insurrecciones armadas (como las anarquistas de  Castilblanco  y  Casas Viejas) y a través de la lucha callejera, auspiciada por la CNT-FAI (Confederación Nacional de Trabajo-Federación Anarquista Ibérica), los milicianos socialistas y comunistas, y la FUE (Federación Univesitaria Española).

   La primera reacción antirrepublicana producida contra esta caótica situación, ocurrió cuando el 10 de Agosto de 1932 el Marqués del Rif, José Sanjurjo, diera un golpe de estado rápidamente sofocado.

    Sin embargo, animados por la llamada del Vaticano a reconocer el sistema republicano, los católicos españoles decidieron crear un partido asentado en el propio sistema que tanto les combatía: El 4 de Marzo se fundaría la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), una coalición presidida por Gil Robles y cuyo núcleo fue Acción Popular, un partido católico fundado en 1931 por Ángel Herrera Oria, director del periódico “El Debate”.

  Por su parte, los carlistas se reagruparon en torno a la Comunión Carlista, formada a partir del Partido Católico Nacional, fundado por Ramón Nocedal en 1888, y del Partido Católico Tradicionalista, constituido en 1918 por Juan Vázquez de Mella.

  Finalmente, el 29 de Octubre de 1933 se produciría el acto fundacional de la Falange Española, un movimiento político creado por José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda y Alfonso García Valdecasas durante la campaña electoral de la Unión Monárquica.

   Posteriormente, en 1933 las elecciones fueron ganadas por la CEDA. No obstante, el presidente de la República, que era el encargado de elegir al jefe del Gobierno, encargó la formación del mismo a Alejandro Lerroux, jefe del centrista Partido Radical.  

   Ante esta injusta situación, Gil Robles  exigió entrar en el gobierno, provocando un nuevo levantamiento promovido por ERC (Esquerra republicana de Catalunya, dirigida por Companys) y por el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que en esta época se encontraba escindido entre un ala radical, dirigida por Largo Caballero, dirigente de UGT; y otra más moderada, presidida por Prieto.

   El levantamiento fue rápidamente sofocado en Barcelona por Batet, donde el presidente de la Generalidad había proclamado la independencia de esta región, y solo llegó a triunfar en Asturias, provocando 2000 muertos a lo largo de los pocos días que duró ( del 4 al 18 de Octubre). Fue dirigido por personajes como Belarmino Tomas y constituyó un preludio de la futura Guerra Civil, ya que los mineros asturianos se organizaron en milicias similares a las que existirían más tarde . Sin embargo, fue sofocado por los militares López Ochoa y Francisco Franco Bahamonde, gracias al empleo de la efectiva Legión Española, creada poco antes por Millán Astray.

   Como consecuencia de este Golpe de Estado, se produjo un acercamiento entre los partidos de izquierda que, al no haber logrado mediante la insurrección derrocar a las derechas, decidieron forman una coalición similar a la que les permitió gobernar en 1931, a la cual denominarán Frente Popular. Esta coalición será promovida por republicanos como Azaña, que al no haber logrado en las anteriores elecciones más que cinco diputados, vio necesaria la colaboración con el socialismo, a pesar de ser éste marxista y, por tanto, revolucionario y violento.

  El citado dirigente republicano, había constituido el partido Izquierda Republicana, a partir de Acción republicana, fundado por él mismo en 1930, el Partido Radical Socialista, dirigido por Marcelino Domingo, y la Organización Republicana Gallega Autónoma, dirigida por Casaeres Quioga.

  Además de este Partido político y del PSOE, en el Frente Popular se integraron partidos como Unión Republicana, constituida por el antiguo radical y dirigente de la masonería española, Martinez Barrio; el Partido Sindicalista del anarquista Ángel Pestaña, el Partido Comunista Español, dirigido por José Díaz, y la organización comunista independiente de Stalin denominada Partido Obrero de Unificación Marxista, dirigido por Andrés Nin y Joaquín Maurín.

    A pesar de los grandes enfrentamientos callejeros e intentos de boicot, el 16 de Febrero de 1936 se producen nuevas elecciones que dan el triunfo al Frente Popular; ya que, aunque solo consigue 100000 de votos más que la CEDA, la ley electoral premia desmesuradamente a las coaliciones y da lugar a que el FP consiga más del doble de los diputados del Congreso.

    Este gran desbarajuste existente entre el reparto de los escaños y la realidad manifestada en los votos, y que permite al nuevo gobierno legislar sin contar con las derechas, dio lugar a la llamada “Primavera trágica”, caracterizada por nuevos enfrentamientos civiles, expropiaciones de fincas, práctica del “consumismo libertario”, quemas de iglesias, cierres de periódicos…

    Cuando Gil Robles insta al gobierno a poner orden en las calles, es contestado en el Parlamento con una amenaza de muerte, que no llega a cristalizar en él pero si en Calvo Sotelo, jefe del “Bloque Nacional” (partido de extrema derecha), que es asesinado el 13 de Julio.

  Esta acción, constituyó la “gota que colmó el vaso” de la paciencia de los españoles de buena fe, y llevó a los militares reticentes con la insurrección armada a adherirse a la Conspiración.

     2. La Conspiración.

   Los continuos desórdenes existentes en toda la nación son interpretados por los sectores antirrepublicanos como una manifestación de una cercana revolución marxista similar a la ocurrida anteriormente en Rusia. Por ello, un grupo de militares comienza a conspirar para derrocar al Gobierno.

   Estos militares comienzan a reunirse en Marzo, pero no es hasta el mes de Abril cuando Emilio Mola, General de brigada, se convierte en el “Director” de los conspiradores.

   El objetivo de Mola era la creación de un Directorio similar al que había existido durante la dictadura de Primo de Rivera, con la misión de poner orden en la nación manteniendo el régimen republicano. Se desarrollaría a partir de varias fases: Primero se debían ocupar muy rápidamente todas las ciudades posibles, neutralizando totalmente al enemigo para después avanzar desde toda España hacia Madrid, donde se consideraba imposible el triunfo del Movimiento. El encargado de dirigirlo, sería Sanjurjo, a quién un avión trasladaría a España desde Portugal, donde estaba exiliado.  

  Además, este Movimiento que se estaba preparando no era exclusivamente militar, sino que necesitaba también de un apoyo civil que se buscó principalmente en dos fuerzas políticas:

  • La Comunión Carlista: Este movimiento, dirigido por Manuel Fal Conde y el pretendiente Alfonso Carlos de Borbón, ya se había puesto en contacto con Sanjurjo (de ideología cercana al carlismo) y con Mussolini anteriormente con el objetivo de realizar una sublevación en colaboración con el partido alfonsino Renovación Española, dirigido por Antonio Goicoechea. Además disponía de una importante milicia: el Requeté. Sin embargo, sus exigencias antirrepublicanas provocaron una ruptura en las negociaciones con Mola, y no se comprometieron plenamente con él hasta el asesinato de Calvo Sotelo.
  • Falange española de las JONS: Este otro movimiento, disponía también de importantes milicias entrenadas por militares como Arredondo y Ansaldo, lo cual transformaba a esta organización política en otro apoyo importante para la Sublevación.

El fundador, que ya se había reunido con Franco sin obtener resultados claros, se encontraba encarcelado; y dio instrucciones de que FE se sumara al Movimiento  siempre y cuando no fuera absorbida ni manipulada por otro grupo.

      Otro falangista, Garcerán, también se entrevistó con Mola el día 1 de Junio.

  La fecha fijada para el Alzamiento se adelantó al 17 de Julio debido al asesinato del jefe del Bloque Nacional. La muerte de este político condicionó la adhesión de militares hasta entonces indecisos, como el propio Franco.

    También se ultimaron detalles y adhesiones durante el transcurso de unas maniobras militares en el Llano Amarillo de Ketama, en Ceuta.                                   

     3. La sublevación.

     El día 17, a las 5 de la tarde se subleva Marruecos sin encontrar una resistencia importante: En Ceuta, Yagüe, en Melilla Solans, y en Tetuán, Sáenz de Buruaga.; quienes contaron con el apoyo del Jalifa Muley Hassan.

    El gobierno frentepopulista, que ya conocía la conspiración, reacciona con lentitud, ya que pretendía detener a los militares una vez producido el Alzamiento.

   Al día siguiente, 18 de Julio, se subleva el resto de España. Desde Canarias, Franco se desplaza a Tetuán el 19 con la ayuda del “Dragon Rapide”, una avión financiado por el empresario mallorquín Juan March y gestionado por Bolín (corresponsal de ABC en Londres); con el objetivo de ponerse al frente de la sublevación en esta zona.

   En Cataluña la sublevación es iniciada por Burriel, asumiendo el mando Poded después de desplazarse desde Baleares. Sin embargo es derrotado por el general Escobar. El fracaso de Barcelona condiciona los de Valencia y Menorca.

   El Movimiento fracasa también en Madrid, dirigido por Fanjul, que se atrinchera en el Cuartel de la Montaña esperando la llegada de refuerzos.

   En Navarra, Mola domina la situación rápidamente, siendo decisivo el apoyo de los carlistas; en Vascongadas solo se toma Álava; en Oviedo, Aranda engaña a los mineros y también triunfa; en Burgos vence Dávila; en Cádiz Varela; y en Valladolid Saliquet.

    Además, se logra el triunfo en zonas que no estaban previstas: Sevilla, con Gonzalo Queipo de Llano, y el este de Aragón, con Cabanellas.

  También se logran pequeños reductos: el Alcázar de Toledo, con Moscardó al frente; el Santuario de Sta. María de la Cabeza (Jaén), y el cuartel de Simancas.

 

     Como consecuencia de los acontecimientos anteriormente citados, España queda dividida en dos partes: Las regiones agrarias y tradicionales, ligadas al bando sublevado; y las regiones más industrializadas, en poder del Gobierno. Esta última zona consta de la mayor parte de la población, casi toda la aviación y las reservas de oro.

      En cuanto a los efectivos del ejército, la mayoría de los generales permanecen fieles al gobierno frentepopulista; ya que la conspiración no fue protagonizada por ellos, sino por oficiales. Por lo que respecta al número de tropas, es ligeramente mayor el de los sublevados, aunque las más importantes se encuentran en África; y la mayoría de efectivos de la Guardia Civil, de la de Asalto, y de los Carabineros no se une a los alzados, siendo su intervención decisiva para el fracaso del “Movimiento Nacional” en algunas ciudades.

    A las dificultades que tienen los sublevados se une otra: la muerte de Sanjurjo en un accidente de aviación ocurrido el día 20, mientras se desplazaba a España para ponerse al frente de los insurrectos

   Mientras esto ocurre, el gobierno de Casares Quiroga es sustituido por el de Martínez Barrio, que intenta sin éxito pactar con Mola, y después por Giral. Este presidente decide entregar armas a las milicias rojas el día 19, lo cual condiciona la proliferación de comités y tribunales revolucionarios dirigidos por los partidos izquierdistas.

  

   Ante el fracaso del plan inicial, los alzados optan por la Guerra. Sería una  cruenta y dificil lucha donde las generaciones más heroicas del momento dieron con honor su vida por salvar a España de las garras del marxismo, asentando con su valor y con su sacrificio las bases sobre las cuales el Caudillo Francisco Franco Bahamonde edificaría una España unida, grande y libre que reconcilió por más de 40 años a nuestra nación con su gloriosa historia.

  Ahora que España ha vuelto a las manos de aquellos que provocaron aquella guerra, nos toca a nosotros imitar a los héroes que cayeron valientemente gritando:

 

¡ARRIBA ESPAÑA!

¡VIVA CRISTO REY!

 

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Síntesis de la visión de España de Marcelino Menéndez Pelayo.

Síntesis de la visión de España de Marcelino Menéndez Pelayo.

 

  Epílogo escrito por Marcelino Menéndez Pelayo para su monumental obra “Historia de los heterodoxos españoles”, realizado el 7 de Junio de 1882 con el objetivo de sintetizar su visión de la nación española:

 

  ¿Qué se deduce de esta historia? A mi entender, lo siguiente:

 Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad, ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma, tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe, o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la dominación romana. Roma sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa; ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares; siembra en las mallas de esa red colonias y municipios; reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos, que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua; mezcla la sangre latina con la nuestra; confunde nuestros dioses con los suyos, y pone en los labios de nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.

 Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime; sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones; sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios; sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un sacramento común; sin ver visible sobre sus cabezas la protección de lo alto; sin sentirla cada día en sus hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo; sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico, que él establece con sus hermanos; y consagra, con el óleo de la justicia, la potestad que él delega para el bien de la comunidad; y rodea, con el cíngulo de la fortaleza, al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño. ¿Qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?

  Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos, con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores; la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos; la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos; la escribieron en su draconiano código los Padres de Ilíberis; brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio y en Roma sobre la frente de san Dámaso; la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico; triunfó del maniqueísmo y del gnosticismo oriental, del arrianismo de los bárbaros y del donatismo africano; civilizó a los suevos, hizo de los visigodos la primera nación del Occidente; escribió en las Etimologías la primera enciclopedia; inundó de escuelas los atrios de nuestros templos; comenzó a levantar entre los despojos de la antigua doctrina el alcázar de la ciencia escolástica, por manos de Liciniano, de Tajón y de san Isidoro; borró en el Fuego Juzgo la inicua ley de razas; llamó al pueblo a asentir a las deliberaciones conciliares; dio el jugo de sus pechos, que infunden eterna y santa fortaleza, a los restauradores del Norte y a los mártires del Mediodía, a san Eulogio y Álvaro Cordobés, a Pelayo y a Omar-ben-Hafsun; mandó a Teodulfo, a Claudio y a Prudencio a civilizar la Francia carlovingia; dio maestros a Gerberto; amparó bajo el manto prelaticio del arzobispo D. Raimundo y bajo la púrpura del emperador Alfonso VII la ciencia semítico-española... ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debimos, si no hay en España piedra ni monte que no nos hable de ella con la elocuente voz de algún santuario en ruinas? Si en la Edad Media nunca dejamos de considerarnos unos, fue por el sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba, a pesar de aberraciones parciales, a pesar de nuestras luchas más que civiles, a pesar de los renegados y de los muladíes. El sentimiento de patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay en rigor hasta el Renacimiento; pero hay una fe, un bautismo, una grey, un Pastor, una Iglesia, una liturgia, una cruzada eterna, y una legión de santos que combaten por nosotros, desde Causegadia hasta Almería, desde el Muradal hasta la Higuera.

  Dios nos conservó la victoria, y premió el esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceilán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco.

 ¡Dichosa edad aquélla, de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era o se creía el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible: la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas, con la espada en la boca y el agua a la cinta, y el entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía.

  España, evangelizadora de la mitad del orbe, España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de san Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones, o de los reyes de taifas.

  A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido, no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle. Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de nuestro carácter se conserva ileso, y sale a la superficie, cada día con más pujanza. Todo elemento de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad, o sólo aprovecha para el mal. No nos queda ni ciencia indígena, ni política nacional, ni, a duras penas, arte y literatura propia. Cuanto hacemos es remedo y trasunto débil de lo que en otras partes vemos aclamado. Somos incrédulos por moda y por parecer hombres de mucha fortaleza intelectual. Cuando nos ponemos a racionalistas o a positivistas, lo hacemos pésimamente, sin originalidad alguna, como no sea en lo estrafalario y en lo grotesco. No hay doctrina que arraigue aquí: todas nacen y mueren entre cuatro paredes, sin más efecto que avivar estériles y enervadoras vanidades, y servir de pábulo a dos o tres discusiones pedantescas. Con la continua propaganda irreligiosa, el espíritu católico, vivo aún en la muchedumbre de los campos, ha ido desfalleciendo en las ciudades; y aunque no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse de ellos que son de la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque, a no estar dementado como los sofistas de cátedra, el español que ha dejado de ser católico, es incapaz de creer en cosa ninguna, como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común y práctico, las más veces burdo, egoísta y groserísimo. De esta escuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y económicos, los arbitristas y regeneradores de la Hacienda, y los salteadores literarios de la baja prensa, que, en España, como en todas partes, es un cenagal fétido y pestilente. Sólo algún aumento de riqueza, algún adelanto material, nos indica a veces que estamos en Europa, y que seguimos, aunque a remolque, el movimiento general.

  No sigamos en estas amargas reflexiones. Contribuir a desalentar a su madre, es ciertamente obra impía, en que yo no pondré las manos. ¿Será cierto, como algunos benévolamente afirman, que la masa de nuestro pueblo está sana, y que sólo la hez es la que sale a la superficie? ¡Ojalá sea verdad! Por mi parte, prefiero creerlo, sin escudriñarlo mucho. Los esfuerzos de nuestras guerras civiles no prueban, ciertamente, falta de virilidad en la raza; lo futuro, ¿quién lo sabe? No suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales permanezcan los mismos, por lo menos en las últimas esferas sociales; mientras sea capaz de creer, amar y esperar; mientras su espíritu no se aridezca de tal modo que rechace el rocío de los cielos; mientras guarde alguna memoria de lo antiguo, y se contemple solidaria con las generaciones que la precedieron, aún puede esperarse su regeneración; aún puede esperarse que, juntas las almas por la caridad, torne a brillar para España la gloria del Señor, y acudan las gentes a su lumbre y los pueblos al resplandor de su Oriente.

  El cielo apresure tan felices días. Y entretanto, sin escarnio, sin baldón ni menosprecio de nuestra madre, dígale toda la verdad el que se sienta con alientos para ello. Yo, a falta de grandezas que admirar en lo presente, he tomado sobre mis flacos hombros la deslucida tarea de testamentario de nuestra antigua cultura. En este libro he ido quitando las espinas; no será maravilla que de su contacto se me haya pegado alguna aspereza. He escrito en medio de la contradicción y de la lucha, no de otro modo que los obreros de Jerusalén, en tiempo de Nehemías, levantaban las paredes del templo, con la espada en una mano y el martillo en la otra, defendiéndose de los comarcanos que sin cesar los embestían. Dura ley es, pero inevitable en España, y todo el que escriba conforme al dictado de su conciencia, ha de pasar por ella, aunque en el fondo abomine, como yo, este hórrido tumulto, y vuelva los ojos con amor a aquellos serenos templos de la antigua sabiduría, cantados por Lucrecio:

Edita doctrina sapientum templa serena!

M. MENÉNDEZ PELAYO

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