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Tradición y Revolución

Sobre la verdadera ilegitimidad de la Ley del Aborto

Sobre la verdadera ilegitimidad de la Ley del Aborto

    Escuchando esta mañana una tertulia radiofónica en Punto Radio, han vuelto a mi mente las mismas reflexiones, ya mostradas en diversos artículos de este blog, acerca de la eterna dicotomía entre el Derecho positivo y el Derecho natural. En esta ocasión la situación que me ha dado pie a la consideración de esta realidad ha sido la discusión iniciada a raíz de la supuestamente inconstitucional reacción de las Presidencias de Navarra y Murcia ante la Ley del aborto.

    Como es sabido, ayer, día 5 de julio de 2010, entró en vigor la eufemística e hipócritamente llamada “Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo”. No me referiré al análisis semiótico que podría hacerse de la retórica con la que se ha bautizado a esta Ley siguiendo los más claros parámetros de las tesis gramscianas, por desgracia tan exitosas para la Cultura de la Muerte en su táctica de reingeniería social. Simplemente, como he dicho más arriba, me centraré en uno de los debates que han sustituido en estos días al ya olvidado, y en mi opinión poco importante, aspecto del acceso al aborto para las menores de 16 años. Si hace unos meses se discutía no la legitimidad o irracionalidad del aborto, sino la de que éste fuera accesible o no al mencionado sector social, hoy lo que planteaban los contertulios de Luis del Olmo era la actitud de los Gobiernos autonómicos de Navarra y Murcia. Afirmaban que probablemente podría ponerse en duda que las niñas violaran la patria potestas, que era inútil establecer una nueva ley sabiendo que la antigua no se cumplía, y otra serie de objeciones; pero por encima de todo ello aseguraban que era vergonzoso e inaceptable que los dos citados presidentes no acataran la Ley a pesar del no pronunciamiento del Tribunal Constitucional. Según ellos, en un Estado de Derecho, como se llama, también eufemística e hipócritamente, al que existe en la actualidad; no se puede permitir que una Ley, sea justa o no, pueda desobedecerse una vez haya entrado en vigor.

    Lo que deducimos de semejante análisis de la realidad es sencillamente lo mismo que cuando se discutía la constitucionalidad del tema de las niñas de 16 años o de la necesidad de hacer una nueva ley: que para ciertos sectores de la sociedad, por desgracia mayoritarios, lo importante no es la moral sino la ley, no la supremacía del Derecho natural, sino del Derecho positivo. Estamos asistiendo al ejemplo práctico de la ruptura total con la Tradición  Cristiana y con el derecho hegeliano en favor del nefasto Positivismo Jurídico de Hans Kelsen. Antiguamente el Estado era un instrumento edificado para servir a la sociedad, haciendo factible la Verdad eterna de manera que, como dijera el Fuero Juzgo, “los buenos puedan vivir entre los malos”. Pero hoy, imperante la separación entra las esferas de la moral y del derecho, los líderes políticos no se plantean la veracidad de las leyes y que estas sirvan al Bien Común, derivado de la Ley Natural; sino simplemente que sean acordes con la normas que ellos mismos han definido. Por ello no es posible que la aspiración del Código de Alfonso X sea realizable, porque para estas personas no se trata de que el Estado defienda a los débiles, sino simplemente de que exista, sea o no para el cumplimiento de la justicia. Reduciendo la moralidad al ámbito privado, como tratan de hacer con la religión, no es posible distinguir a buenos y malos, sino simplemente a servidores de la Ley e incumplidores de la misma; y a este destino están conduciendo el debate quienes critican la actitud de los presidentes de Navarra y Murcia sin referirse antes al aborto en sí.

    Pero lo mismo podemos decir de aquellos que supuestamente están actuando en favor de la vida, esto es, de los dos líderes autonómicos. Ellos tampoco han dicho que vayan a defender a los nascituri, que se vayan a oponer al aborto porque es un crimen; sino simplemente que de momento no aplicarán la Ley hasta saber si el Tribunal Constitucional da su visto bueno. No están refiriendo su actitud a la Verdad, sino a la Constitución, porque, como ha dicho Ramón Luis Valcárcel, lo único que les preocupa es que la Ley “todavía no está en su punto y final”.  Es decir, que cuando el Dios-Estado, en el sentido de que no se reconoce más fuente de legitimidad que éste, haya dicho que es legal aplicar abortos bajo la nueva Ley, esto será totalmente aceptable.

    Tanto los contertulios de la Radio como los Presidentes criticados por ellos están sirviendo a una misma idea, a pesar de que en apariencia se opongan en sus acciones: unos critican que los otros no acaten la Ley aunque moralmente pueda haber reparos para ello; y los otros no la asumen porque todavía no se ha pronunciado la única fuente de justificación que reconocen. Esta es la hipocresía a la que hemos llegado al romper con la Tradición cristiana que hizo de la unión entre el Derecho y la Verdad, o mejor dicho, de la sumisión del primero ante el segundo; la garantía del nacimiento de normas de convivencia justas. Divorciadas ambas esferas, rota un armonía que debería ser eterna, no ha sido difícil que se rebele la primera contra la segunda, planteando una batalla que debe ser combatida. Y una vez más la fórmula para definir la que debe ser nuestra actitud ante este enemigo es la que encontramos volviendo nuestra mirada hacia los arcanos de la Tradición, magistralmente recogida por el gran poeta Lope de Vega: “Todo lo que manda el Rey, que va contra lo que Dios manda, no tiene valor de Ley, ni es Rey quien así se desmanda”. Si el Estado actúa injustamente, su palabra no tiene ninguna validez, y no debe aplicarse lo que nos ofrezca. Pero ello no porque pueda o no ir contra él mismo, sino porque va contra Dios, o lo que es lo mismo, contra la Verdad, que para creyentes o no creyentes es la misma: con independencia de lo que digan los políticos o los jueces, está científicamente demostrado que un embrión abortado es un niño asesinado, y por ello la única actitud legítima es la de oponerse con firmeza y rotundidad a la Ley del aborto, en su versión actual y en la antigua.

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Alzhéimer socialista.

Alzhéimer socialista.

     Cuando Zapatero impuso su particular Ley de Revanchismo Histórico hace algunos años, reveló que además de ser un gobernante inútil es un gobernante enfermo. Parecía que las continuas demostraciones de ineptitud de las que hace gala el inquilino de la Moncloa eran consecuencia de su “niñez” política, pues a todos resultaba extraño que un sujeto desconocido como aquel hubiera sido elevado a la dirección del PSOE para, posteriormente, ostentar la presidencia de España. Sería lo lógico teniendo en cuenta que el Currículum de ZP se limita a narrar su paso por el Partido que constituye el pilar izquierdo del Estado. Eso explicaría sus continuas improvisaciones a la hora de abordar las materias más diversas, tanto en aquellas destinadas a reactivar la economía, como  en las más tristemente recientes actuaciones con respecto al tema de los piratas somalíes.

    Sin embargo, la ya mencionada Ley vino a demostrarnos que Zapatero no es un jovenzuelo que acaba de conseguir su primer “trabajo” después de salir del hogar paterno, sino que, muy por el contrario, es un anciano de edad considerable. No es que se trate de un barbilampiño incapaz de aplicar una experiencia que no tiene, que también, sino que, ante todo, se trata de un señor mayor que padece alzhéimer. Si algunos años atrás Zapatero nos sorprendió contándonos su particular historia de la Guerra Civil, olvidando aspectos trascendentales como las checas, el genocidio de Paracuellos o el golpe que su propio partido dio en 1934; hace pocos días la enfermedad senil de los socialistas nos obsequiaba con un nuevo esperpento: el diputado José Antonio Pérez Tapias ha propuesto que España pida perdón por la expulsión de los moriscos de 1609.

    Según este sujeto, habría que disculparse ante Mohamed VI y compañía  por el que constituiría “uno de los más terribles exilios en toda la historia España”; esto es, el de los 300000 moriscos que abandonaron nuestra patria hace cuatrocientos años. Pero  cuando Tapias dice esto olvida, para empezar, que es precisamente el Sistema del que él forma parte, es decir, el que padece España desde 1978, el que sólo en Vascongadas ha obligado a exiliarse a un número igual de personas, y no porque constituyeran una amenaza para la sociedad, como ahora veremos que supusieron entonces lo moriscos, sino que, muy  por el contrario, se debe precisamente a su negativa a formar parte de ella.

    Cuando los socialistas hablan de la expulsión de 1609, pretenden imponernos aquella visión tan idílica como falsa que Américo Castro presentó en 1948 al hablar de la supuesta convivencia entre las ingenuamente llamadas “tres culturas”. Desde el momento en el que este historiador publicó su famoso libro “España en su historia”, los políticos izquierdistas, hoy representados por el PSOE principalmente, encontraron  una preciosa cantera de la que extraer  los argumentos necesarios para construir, sobre las ruinas de una de cada vez más inexistente intelectualidad conservadora, un bastión protector de su visión de España. Si estos sujetos querían, al igual que hoy,  exterminar la tradición católica bajo pretexto de su supuesto fanatismo, la idea de que moros y judíos convivieron con cristianos hasta que éstos se impusieron con instrumentos represores como la Inquisición, resultaba justificadora de sus actuaciones políticas.

    Sin embargo, ZP y sus amigos parecen no recordar que la idea de Castro fue refutada por otro gran historiador, Claudio Sánchez Albornoz, tan sólo unos años después de ser propuesta. Seguramente que si se lo recordáramos al presidente de España, nos diría que este intelectual era un “fascista” o un “racista” por atreverse a  negar el dogma progresista en virtud del cual los moros habrían sido democráticamente tolerantes con los cristianos. Sin embargo, esta posible reacción sería nuevamente consecuencia del alzhéimer, porque ZP olvidaría que quien demostró la falsedad de las ideas pseuohistóricas en las que él todavía cree no sólo no era “fascista”, como él diría, sino que además se trata del que fuera el penúltimo presidente de la República española en el exilio. Es decir, los hechos objetivos que vamos a resumir a continuación no son fruto de una historiografía politizada, sino de la incuestionable verdad histórica.

    Como es sabido, el 23 de octubre de 1609 Felipe III emite un decreto en virtud del cual  todos los moriscos que habitan en sus dominios deben embarcar hacia Berbería (el norte de África) en un plazo de tres días; respondiendo esta medida a una causa cuyos orígenes últimos se encuentran en el proceso de unificación política y social que los Reyes Católicos vinieron promoviendo desde la unificación de sus reinos en 1492; aunque ciertamente existan otros motivos más inmediatos relacionados con el contexto de la llamada “Pax  Hispánica”.

     Es decir, desde que en 1598 Felipe III fuera elevado al trono español, la política intervencionista y belicista que mantuvieron sus predecesores llegó a sus últimas consecuencias con la estrepitosa derrota sufrida en Kinsale ante Inglaterra (1602) y la incapacidad de mantener por más tiempo la guerra de Flandes. Además, a esta situación se añadió una nueva bancarrota, por lo que la Monarquía Hispánica no tuvo más remedio que aceptar una tregua en su lucha por la  hegemonía europea que, en consecuencia, más que voluntaria fue impuesta por las circunstancias. Concretamente, junto al Tratado de Somerset-House con Inglaterra (1604) se firmó otro que se relaciona con el episodio que estamos relatando, esto es, la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas (1609)

    Dicho acuerdo resultaba en cierto modo humillante para la Monarquía Hispánica, pues suponía, primero, reconocer su incapacidad para mantener la guerra con los rebeldes flamencos, y, segundo, porque implicaba reconocer a aquellos como sujetos con capacidad para negociar en igualdad de condiciones que el rey de España. Así, el gran hispanista John Elliott señala que el duque de Lerma habría hecho coincidir con este Tratado la iniciativa de expulsión de los moriscos por una causa propagandística: la de “tapar” una acción humillante con otra más prestigiosa, la definitiva unificación social de España. Por tanto, la deportación de 1609 tendría como causa inmediata unos motivos similares a los que todavía utilizan nuestros gobernantes, podemos verlo continuamente en  Zapatero, cuando no quieren que una medida política afecte a lo que hoy llamamos “popularidad”.

    Sin embargo, junto a esta situación existe, como hemos dicho, un motivo mucho más lejano y determinante, sin el cual no podría haber sido posible realizar la expulsión aunque aceptáramos como única explicación válida la dada por Elliott. En efecto, la Edad Moderna es aquella en la que se da el conocido como proceso de génesis del Estado nacional, esto es, la reunificación de las fragmentadas naciones europeas. Dentro de esta acción era imprescindible lograr algo que hoy puede parecernos, aunque no lo sea, irrelevante debido al laicismo postmodernista; pero que entonces resultaba fundamental: la homogeneización religiosa. Sin que se diera la unidad de creencias, era imposible la unidad social, y esto no porque, como dicen hoy los socialistas, existiera una sociedad intolerante; sino porque el Derecho se basaba en la religión. Es decir, en la Edad Moderna, como en la Medieval, un español, como un francés o un alemán, no tenía un estatus jurídico en base a su lugar de residencia, como hoy, sino en virtud de su religión. Por ello, judíos y musulmanes tenían fueros propios, los cuales ante la disparidad jurídica medieval eran comprensibles, pero que en un momento en el que se buscaba la unidad del estado sólo constituían un impedimento para el progreso. Y esto no era sólo una imposición de lo que los marxistas llaman la “élite” sobre el “pueblo”, pues los mismos campesinos y trabajadores urbanos se sabían miembros de la comunidad religiosa antes que de cualquier otra, tanto en los cristianos como en los moros y judíos, quienes si vivían en barrios propios y practicaban la endogamia lo hacían no sólo por imperativo legal, sin también por voluntad propia. El hecho supuesto por la incapacidad de integrar a personas con una religión, y por ende cultura y cosmovisión de la vida, distintas, lo demuestran los conflictos generados con la población musulmana desde 1492.

    En efecto, ya en 1499 se alzaron los moriscos en Granada, después de que las mediadas conciliadoras del primer arzobispo de este lugar, fray Hernando de Talavera, dieran paso, por su inutilidad integradora, a las más intransigentes de su sucesor Cisneros. Por entonces, la cuestión no radicaba únicamente en el deseo de unir a la población, sino también en defenderla del peligro turco que, desde la toma de Constantinopla en 1453 y el sitio de Viena de 1529, amenazaba a la Cristiandad. Los moriscos, como aliados que eran de los otomanos, no sólo continuaron reafirmándose en su identidad nacional opuesta a la cristiana y española, sino que, como consecuencia de ello, colaboraron abiertamente con los piratas turcos. Concretamente, en 1565 se descubrió un complot según el cual los moros andaluces apoyarían al Sultán si este resultaba exitoso en la toma de Malta.

    Por ello, las leyes que desde 1508 proscribían la cultura morisca, que no se practicaban, se impusieron para alejar el peligro; y esto provocó en 1567 el alzamiento de las Alpujarras. En este lugar eran continuos los asaltos a la población cristiana; del mismo modo que en el Levante era notorio el apoyo prestado a los piratas berberiscos. Pero además, por si no fuera éste motivo suficiente para justificar la expulsión, Menéndez Pelayo señala que al mismo tiempo se estaban realizando acuerdos con los hugonotes franceses del Bearne y se ofrecían 500000 combatientes al Turco si éste se comprometía a invadir España. Mientras tanto, la autoridad hispánica era tolerante, y el patriarca Juan de Ribera se esforzaba por convertir a los moros mediante misiones y escuelas; pero esto resultaba inútil y él mismo solicitó a Felipe III la irremediable expulsión.

    Sin embargo, Felipe III no actuó inmediatamente ni en base a una decisión arbitraria, pues desde 1607 convocó diversas juntas de teólogos para que discutieran la cuestión hasta que el conde de Miranda y fray Jerónimo Xavierre declararon la necesidad de llevar a cabo la medida; y esto lo hicieron ya en 1607, lo cual refuerza la teoría según la cual la expulsión no era una mera cuestión propagandística.

    Por lo tanto, la expulsión de los moriscos fue una necesidad impuesta por la incapacidad de que dos culturas antagónicas, como la cristiana y la musulmana, convivieran en un mismo proyecto nacional. En vano se había intentado tolerar a quienes actuaban como quinta columna del imperio turco, pues era ésta una tarea inútil; y por ello podemos decir, con Menéndez Pelayo, que “juzgaremos la gran medida de la expulsión con el mismo entusiasmo con que la celebraron Lope de Vega, Cervantes y toda la España del siglo XVII: como triunfo de la unidad de raza, de la unidad de religión, de lengua y de costumbres. Los daños materiales, el tiempo los cura (…); pero lo que no se cura, lo que no tiene remedio en lo humano, es el odio de razas”.

    Zapatero y los socialistas han olvidado, o quieren olvidar, los peligros de que una religión cuyo fundador predicaba la cosificación de la mujer, el proselitismo con la espada o la pederastia; conviva con aquella otra que unió fe y razón y elevó a los oprimidos a la categoría de personas. Y lo hace por odio a esta religión, la católica, intentando comparar a las mezquitas con iglesias al modo que pretende la Ley de libertad religiosa que está preparando. Pero quienes no tenemos alzhéimer, quienes somos, metafóricamente o no, todavía jóvenes y con una memoria sana y fresca; recordamos que la medida de Felipe III trajo paz a España; y sabemos que la política pro-islámica de los partidarios de la Alianza de Civilizaciones sólo logrará destruirnos como nación. Por ello nos opondremos con todas nuestras fuerzas a medidas simbólicas, como la que quiere Pérez Tapias, o fácticas, como las que sin duda vendrán en el futuro; teniendo siempre presente que la Verdad está de parte de quienes recuerdan el pasado y son, en consecuencia, fieles a la Tradición.

 

 

 

7 de Octubre de 1571.

7 de Octubre de 1571.

Aunque sea con un día de retarso, publico el siguiente poema de Chesterton como recuerdo de la gloriosa onomástica que ayer celebramos; esto es, la de la batalla de Lepanto:

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.

***

White founts falling in the Courts of the sun,
And the Soldan of Byzantium is smiling as they run;
There is laughter like the fountains in that face of all men feared,
It stirs the forest darkness, the darkness of his beard;
It curls the blood-red crescent, the crescent of his lips;
For the inmost sea of all the earth is shaken with his ships.
They have dared the white republics up the capes of Italy,
They have dashed the Adriatic round the Lion of the Sea,
And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,
And called the kings of Christendom for swords about the Cross.
The cold queen of England is looking in the glass;
The shadow of the Valois is yawning at the Mass;
From evening isles fantastical rings faint the Spanish gun,
And the Lord upon the Golden Horn is laughing in the sun.

***

Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.

***

Dim drums throbbing, in the hills half heard,
Where only on a nameless throne a crownless prince has stirred,
Where, risen from a doubtful seat and half attainted stall,
The last knight of Europe takes weapons from the wall,
The last and lingering troubadour to whom the bird has sung,
That once went singing southward when all the world was young.
In that enormous silence, tiny and unafraid,
Comes up along a winding road the noise of the Crusade.
Strong gongs groaning as the guns boom far,
Don John of Austria is going to the war,
Stiff flags straining in the night-blasts cold
In the gloom black-purple, in the glint old-gold,
Torchlight crimson on the copper kettle-drums,
Then the tuckets, then the trumpets, then the cannon, and he comes.
Don John laughing in the brave beard curled,
Spurning of his stirrups like the thrones of all the world,
Holding his head up for a flag of all the free.
Love-light of Spain--hurrah!
Death-light of Africa!
Don John of Austria
Is riding to the sea.

***

Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.

***

Mahound is in his paradise above the evening star,
(Don John of Austria is going to the war.)
He moves a mighty turban on the timeless houri's knees,
His turban that is woven of the sunsets and the seas.
He shakes the peacock gardens as he rises from his ease,
And he strides among the tree-tops and is taller than the trees;
And his voice through all the garden is a thunder sent to bring
Black Azrael and Ariel and Ammon on the wing.
Giants and the Genii,
Multiplex of wing and eye,
Whose strong obedience broke the sky
When Solomon was king.

***

Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del
mar,

***

They rush in red and purple from the red clouds of the morn,
From the temples where the yellow gods shut up their eyes in scorn;
They rise in green robes roaring from the green hells of the sea
Where fallen skies and evil hues and eyeless creatures be,
On them the sea-valves cluster and the grey sea-forests curl,

***

Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.

***

Splashed with a splendid sickness, the sickness of the pearl;
They swell in sapphire smoke out of the blue cracks of the ground,--
They gather and they wonder and give worship to Mahound.
And he saith, "Break up the mountains where the hermit-folk can hide,
And sift the red and silver sands lest bone of saint abide,
And chase the Giaours flying night and day, not giving rest,
For that which was our trouble comes again out of the west.

***

Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.

***

We have set the seal of Solomon on all things under sun,
Of knowledge and of sorrow and endurance of things done.
But a noise is in the mountains, in the mountains, and I know
The voice that shook our palaces--four hundred years ago:
It is he that saith not 'Kismet'; it is he that knows not Fate;
It is Richard, it is Raymond, it is Godfrey at the gate!
It is he whose loss is laughter when he counts the wager worth,
Put down your feet upon him, that our peace be on the earth."
For he heard drums groaning and he heard guns jar,
(Don John of Austria is going to the war.)
Sudden and still--hurrah!
Bolt from Iberia!
Don John of Austria
Is gone by Alcalar.

***

En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.

***

St. Michaels on his Mountain in the sea-roads of the north
(Don John of Austria is girt and going forth.)
Where the grey seas glitter and the sharp tides shift
And the sea-folk labour and the red sails lift.
He shakes his lance of iron and he claps his wings of stone;
The noise is gone through Normandy; the noise is gone alone;
The North is full of tangled things and texts and aching eyes,
And dead is all the innocence of anger and surprise,
And Christian killeth Christian in a narrow dusty room,
And Christian dreadeth Christ that hath a newer face of doom,
And Christian hateth Mary that God kissed in Galilee,--
But Don John of Austria is riding to the sea.
Don John calling through the blast and the eclipse
Crying with the trumpet, with the trumpet of his lips,
Trumpet that sayeth ha!
Domino gloria!
Don John of Austria
Is shouting to the ships.

***

El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.

***

King Philip's in his closet with the Fleece about his neck
(Don John of Austria is armed upon the deck.)
The walls are hung with velvet that is black and soft as sin,
And little dwarfs creep out of it and little dwarfs creep in.
He holds a crystal phial that has colours like the moon,
He touches, and it tingles, and he trembles very soon,
And his face is as a fungus of a leprous white and grey
Like plants in the high houses that are shuttered from the day,
And death is in the phial and the end of noble work,
But Don John of Austria has fired upon the Turk.
Don John's hunting, and his hounds have bayed--
Booms away past Italy the rumour of his raid.
Gun upon gun, ha! ha!
Gun upon gun, hurrah!
Don John of Austria
Has loosed the cannonade.

***

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;

***

The Pope was in his chapel before day or battle broke,
(Don John of Austria is hidden in the smoke.)
The hidden room in man's house where God sits all the year,
The secret window whence the world looks small and very dear.
He sees as in a mirror on the monstrous twilight sea
The crescent of his cruel ships whose name is mystery;
They fling great shadows foe-wards, making Cross and Castle dark,
They veil the plumèd lions on the galleys of St. Mark;
And above the ships are palaces of brown, black-bearded chiefs,
And below the ships are prisons, where with multitudinous griefs,
Christian captives sick and sunless, all a labouring race repines
Like a race in sunken cities, like a nation in the mines.
They are lost like slaves that sweat, and in the skies of morning hung
The stair-ways of the tallest gods when tyranny was young.

***

Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.

***

They are countless, voiceless, hopeless as those fallen or fleeing on
Before the high Kings' horses in the granite of Babylon.
And many a one grows witless in his quiet room in hell
Where a yellow face looks inward through the lattice of his cell,
And he finds his God forgotten, and he seeks no more a sign--
(But Don John of Austria has burst the battle-line!)
Don John pounding from the slaughter-painted poop,
Purpling all the ocean like a bloody pirate's sloop,
Scarlet running over on the silvers and the golds,
Breaking of the hatches up and bursting of the holds,
Thronging of the thousands up that labour under sea
White for bliss and blind for sun and stunned for liberty.

***

¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!

***

Vivat Hispania!
Domino Gloria!
Don John of Austria
Has set his people free!

***

Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

***

Cervantes on his galley sets the sword back in the sheath
(Don John of Austria rides homeward with a wreath.)
And he sees across a weary land a straggling road in Spain,
Up which a lean and foolish knight for ever rides in vain,
And he smiles, but not as Sultans smile, and settles back the blade....
(But Don John of Austria rides home from the Crusade.)

***

En "El País" no saben historia.

En "El País" no saben historia.

    Una de las señas de identidad de la izquierda española es, por lo menos desde hace cuarenta años, su implacable fobia hacia todo lo relacionado con el patriotismo y la idea de España; actitud de la que se deriva la siniestra manipulación que, de la gloriosa historia de nuestra patria, se empeñan en difundir los medios de comunicación del Sistema.

    De esta cotidiana situación pueden ser testigos los lectores del periódico El País, panfleto “progre” por excelencia de entre todos los que infectan a nuestra sociedad. Concretamente, el pasado domingo 30 de agosto la sección de este diario denominada “La cuarta página” incluía un artículo pseudohistórico cuya tesis era, poco más o menos, la de considerar a Isabel la católica y a Felipe II como a unos pérfidos dictadores que, habiendo usurpado el poder “legítimo”, subyugaron a sus súbditos dentro de un sangriento y violento sistema totalitario. En efecto, el autor de dicho escrito asegura que “la historiografía nacionalista la exalta (a Isabel I) como creadora del Estado Moderno y autora de unas reformas pioneras en Europa. En realidad, la reina Isabel no hizo otra cosa que lo que cualquier tirano en cualquier edad y latitud: desmantelar las instituciones que violentó y consolidar en su lugar un artefacto político hecho a su ambición”.

    Es decir, según J.M. Ridao, autor del artículo que hemos citado, no ha existido nunca el proceso histórico que los eruditos han denominado “génesis del Estado Moderno”. Por lo que vemos, para él no significa nada la aparición de los estados renacentistas superadores del feudalismo medieval; sino que, por el contrario, el siglo XVI sólo se caracterizaría por la confluencia en el tiempo de una serie de déspotas que, en Francia, el Imperio, Inglaterra y España; habrían desmantelado la “legalidad vigente” para esclavizar a sus enemigos.

    Tal afirmación solamente puede demostrarnos una cosa: que Ridao no tiene ni la más remota idea de historia. En realidad, las reformas de Isabel la católica se enmarcan dentro de un proceso histórico iniciado en el siglo XIII, no sólo en España, sino en toda Europa. Esto es, desde que en el siglo V el Imperio Romano diera paso a la aparición de las monarquías fundadas por los invasores bárbaros, se inició un proceso de feudalización cuya consecuencia fue la sustitución del poder centralizado en la persona del monarca, por otro en el cual la nobleza periférica alcanzó una influencia política que transformó al rey en un mero “primus inter pares”. Dentro de cada marca, condado o ducado, existía un personaje con poder ilimitado y jurisdicción absoluta sobre los habitantes de su territorio, con capacidad para condenarles a muerte, enrolarlos en su ejército y exigirles impuestos; de modo que dentro de cada nación existía una notable desigualdad entre sus pobladores. Sin embargo, el siglo XIII inició el Primer Renacimiento europeo, sin el cual no hubiera sido posible el que se daría en el siglo XVI, y una de cuyas principales consecuencias fue el redescubrimiento del "Ius comune" o Derecho romano. De este modo, los legistas que estudiaron en las nacientes universidades promovieron la centralización de las monarquías europeas en torno a sus reyes, buscando de este modo una mayor racionalización de los recursos humanos y económicos de los que se disponían, así como una mayor equidad en el ejercicio de la justicia.

    Para los actuales pseudointelectuales progresistas, la monarquía fue sinónimo de tiranía y despotismo; pero la realidad que transmiten las crónicas medievales y modernas desmiente esta afirmación. En realidad, autores como Adalbéron de Laon hablaron, ya en el siglo XI, de la monarquía como garantizadora del orden y del equilibrio dentro de la sociedad llamada trinitaria (esto es, organizada en torno oratores, bellatores y laboratores); lo cual contrastaba con una realidad en la que los guerreros o nobles actuaban como déspotas en sus respectivos feudos. Por esta razón, los plebeyos aceptaron gustosamente las llamadas “regalias”, es decir, la intromisión de la jurisdicción real dentro de las posesiones de la nobleza; lo cual les hacía dependientes legalmente de un monarca que habitaba a distancias lo suficientemente grandes como para evitar que fuera posible un abuso como el que ejercían los condes, duques o marqueses. Podría parecer idílico o falso, pero lo cierto es que en el imaginario colectivo existía esta concepción, y prueba de ello son obras clásicas como “El alcalde de Zalamea” o “Fueteovejuna”; donde vemos como se apela al monarca en contra de los abusos de las autoridades intermedias; y donde el grito de ¡Viva el Rey! es sinónimo de ¡Viva la libertad!

    Como hemos dicho, poco a poco los gobernantes fueron imponiendo su autoridad en el seno de los diferentes reinos; no sólo en nuestra patria. En Francia lo hicieron Luis Felipe de Orleáns, San Luis o Felipe el Hermoso; y en Inglaterra Enrique II y sus sucesores; culminando sus acciones en el siglo XV, en las personas de Luis XII y Enrique VII respectivamente. Las instituciones que Ridao llama “artefacto político hecho a su ambición”, lograron desarrollar, poco a poco y con el paso de los siglos, estados modernos y eficientes. Si los Reyes Católicos crearon la Chancillería de Granada, la figura del corregidor, los diversos Consejos o la Junta de la Santa Hermandad; no fue con el objetivo de sancionar un ascenso ilegítimo al trono, sino como culminación del devenir histórico iniciado por San Fernando y Alfonso X el Sabio. Los casi tres siglos que median entre la Plena Edad Media y la Modernidad vieron nacer las audiencias, los procuradores reales y, en 1385, el Consejo Real con Juan I. Del mismo modo, en Inglaterra se desarrollaban el Exchequer, la Cámara estrellada o el Anillo íntimo; y en Francia el Consejo real y la Corte de la Tesorería. Por tanto, el Estado de los Reyes Católicos, o más propiamente, “la Monarquía compuesta” de la que habló Jhon Elliott; no fue el capricho de Isabel y Fernando, sino la proyección del espíritu renacentista en España; con unas características similares a las de los demás países del entorno, pues todos ellos pretendían actualizar el clasicismo que la descentralización germánica había destruido.

    Una realidad tan evidente no puede ser desmentida por ningún historiador, ni siquiera aunque los políticos que padecen, tanto al hablar la Guerra Civil como de la Edad Moderna, “alzheimer histórico”; se empeñen en ello. Si no les gusta que Franco pretendiera imitar a los Reyes católicos, o si acaso les parece mejor que una nación esté repartida entre cuarenta sátrapas y no exista una Ley común; es su problema. Pero la realidad no puede cambiarse de ningún modo; pues, como dijera Menéndez Pelayo, “afortunadamente es la historia gran justiciera”, y aunque se ultraje la memoria de los héroes que forjaron nuestra patria, nunca podrán borrar la huella que dejaron en nuestra Civilización.

Aniversario de la batalla de Las Navas de Tolosa.

Aniversario de la batalla de Las Navas de Tolosa.

     17 de Julio de 1212. Esta fecha, de la  que hoy se cumplen 797 años, constituye uno de los episodios más gloriosos de la historia de nuestra Patria. Uno de los muchos momentos de la historia universal en los que España ha intervenido en defensa de la Fe Católica y, por ende, de la hoy denostada Civilización Occidental; logrando salvaguardarla de uno de sus más seculares enemigos: el Islam.

     Hace casi ocho siglos que la tempestad musulmana se estampó ante la fortaleza de la diamantina Piel de Toro; bautizada así por Estrabón debido a  la forma que le atribuyó a Iberia, sin saber que esta comparación se transformaría con el devenir de la historia en la más paradigmática metáfora del ethos de sus habitantes. Muchas veces así lo demostraron nuestros antepasados, y no le faltó al siglo XIII, al que por algo llamó Menéndez Pelayo “el segundo más glorioso de la Historia de España”, su momento de justificarlo.

    En efecto, después de la crisis del Califato de Córdoba, fraccionado desde 1031 en los Reinos de Taifas, y tras el breve respiro que a la causa de la secta ismaelita aportó el intermedio almorávide; una nueva oleada de fanatismo norteafricano desafió a los Reinos Hispánicos tras la llegada en 1147 de los almohades.  Vencieron al monarca castellano Alfonso VIII en Alarcos (1195), provocando un nuevo resurgir de Al-Ándalus que amenazó, a través de su Media luna, con ensombrecer la luz de la Cristiandad peninsular y hacerla retroceder de nuevo hasta las montañas de Asturias.

    Sin embargo, una nueva Covadonga truncaría tan desastrosa posibilidad de  desenlace, pues el grito que San Bernardo de Claraval  y toda la Iglesia habían lanzado dos siglos antes a Europa, el grito de Cruzada, el Deus lo vult!, permanecía vivo cuando todo aquello ocurría. El avance moro debía detenerse de nuevo, y por ello el Primado de las Españas, Rodrigo Jiménez de Rada, en nombre del papa Inocencio III; convocaba a todos los cristianos a desenvainar sus espadas en nombre de la Justicia y de la Verdad. Un acto que rechazarían hoy los ingenuos partidarios de la “Alianza de Civilizaciones”, pero que constituía la única reacción posible ante una cultura que todavía en la actualidad, en el siglo XXI, mantiene la esclavitud, la cosificación de la mujer y la lapidación humana.

    Así, miles cruzados de toda Europa se alistaron en las filas del ejército que debía reunirse en Toledo en la octava de Pentecostés de 1212. Lo componían extranjeros, llamados normalmente francos en las crónicas, y también hispanii, esto es, españoles precedentes de los cinco Reinos peninsulares: junto con los castellanos lucharon navarros, con su rey Sancho VII el fuerte al frente; aragoneses, comandados por  Pedro II el católico; leoneses y portugueses, ambos sin sus monarcas, pues al contrario que los dos primeros no fueron capaces de dejar atrás sus diferencias con Alfonso VIII. Todos estos guerreros se unieron bajo el grito de Santiago y Cierra España!, que en Las Navas de Tolosa lanzó el rey castellano antes de comenzar la batalla, y el resultado de su valor y de su estoica lucha fue una de las más brillantes victorias jamás obtenida por nuestros antepasados.

    Aquel grito, que algunos siglos más tarde también lanzarían los invictos tercios en sus combates por toda Europa, demuestra la mística que acompañaba a los héroes que hicieron la Reconquista. No eran simples señores feudales ambiciosos y borrachos de poder, como ha pretendido en balde  demostrar la hoy superada historiografía marxista; sino que, muy por el contrario, era un episodio más de la lucha de España, del Catolicismo, contra sus amenazas. De ahí que el monarca que acaudilló a los vencedores de Las Navas de Tolosa  les arengara invocando a Santiago, protector de la patria que compartía con sus aliados leoneses, aragoneses, navarros y portugueses; y les exhortara a combatir juntos por el mismo ideal. Si por entonces no existiera el concepto de España como nación, no hubiera sido aquél el clamor de nuestros antepasados. Pero todos ellos luchaban por restaurar una de las, así llamadas literalmente, “cinco naciones” que heredó Europa del Imperio Romano: Hispania, que aquel 17 de Julio de 1212 fue, una vez más y como siempre, baluarte de la Cristiandad y de Occidente.

 

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Defensa ante los sucesos del monte Gorbea.

Defensa ante los sucesos del monte Gorbea.

    En uno de mis últimos artículos denunciaba la falacia que a mi juicio implicaba la confianza que algunos habían depositado  en Patxi López;  el nuevo presidente de las Vascongadas. Aunque se había presentado al citado político como una esperanza que implicaría el retorno del patriotismo a la norteña región; pocos meses después del cambio de gobierno los hechos demuestran que la situación de Vasconia es, como nos temíamos, la misma de siempre. Hoy, como ayer, la defensa de España es anatematizada por los idólatras del inexistente país de “Euskadi”; sin que ello implique la más mínima reacción por parte de los integrantes del pacto PSE-PP.

     Esta vez lo que ha despertado el odio separatista ha sido la “provocación” de un grupo de militares que tuvieron la osadía de enarbolar y alzar la bandera rojigualda en la cima del monte Gorbea; un acto que la incultura de la que siempre hacen gala los nietos de Sabino Arana atribuye al supuesto imperialismo español. Esto es, la tesis de la “nación” sometida por el Estado central vuelve a demostrarnos, como siempre, la valentía de la mentira; pues es muy fácil atribuir la decadencia de una región a factores en teoría exógenos; pero no así el demostrarlo históricamente. Tal y como sabe todo el mundo, si exceptuamos a las victimas de las ikastolas o, en su defecto, de la LOGSE; las provincias vascas no fueron conquistadas en ningún momento de su historia por España; sino que, por el contrario, fue precisamente Sancho el Mayor quien unificó bajo su cetro las distintas entidades que durante el siglo X componían los restos de la antigua Hispania. Es decir, un monarca de etnia vasca logra autoproclamarse “Rex Hispaniae” y a su muerte eleva a la categoría de reino a Castilla, la entidad política que protagonizaría más tarde la reunificación de todas las Españas. Nada que ver con la ancestral lucha independentista que tanto reivindican los abertzales y peneuvistas.

    Sin embargo, la actitud del PNV ante un acto como el protagonizado por los militares que acudieron al Gorbea no es lo extraño; pues su reacción es coherente con una mentalidad que, por muy equivocada que sea, es la que conocemos. Nada distinto podría esperarse de los independentistas. Sin embargo, sí que es asombrosa la contestación que la ministra de Defensa, Carmen Chacón, ha dado a este episodio. Si es cierta la información vertida por periódicos como “EL Mundo”, “Libertad Digital” o “Diario Ya”; la mujer encargada de gestionar las Fuerzas Armadas nacionales no sólo no habría defendido a quienes cumplían con su deber; sino que además les habría impuesto una importante sanción económica y salarial.

    Tal vez esto pueda explicarse teniendo en cuenta que Chacón proviene del PSC, una de las versiones del socialismo “español” donde más influyente es el nacionalismo; y una de las organizaciones políticas que menos reparo tiene en aliarse con los separatistas más radicales y asumir sus tesis anti-españolas. Si la guardería política de la ministra de Defensa abre embajadas por todo el mundo, pretende dialogar “bilateralmente” con el despectivamente denominado “Estado central”, excluye el idioma de Cervantes de la educación pública y, lo que tiene más relación con el tema que nos ocupa, sustituye siempre que puede la Bandera nacional por la Senyera; entonces entendemos la solidaridad que ha tenido esta mujer con el PNV.

    Hace algún tiempo, Bibiana Aído confesaba anhelar la llegada del día en el que se juzgaría a las personas por sus méritos y no por su aspecto; pero difícilmente podrá alguna vez darse este necesario cambio social teniendo en cuenta que Zapatero, la misma persona a la que debe su puesto, prefiere ceder ministerios a políticos con un “aspecto” antiderechista y progre que a personas cultas y preparadas. Si el único criterio elegido para elevar desde el ministerio de Vivienda a Carmen Chacón fue el de su condición de mujer embarazada y de izquierdas; es normal que al Presidente no le preocupe la sensibilidad separatista (que no catalanista) de la actual ministra de Defensa. Y por ello es lógico que permanezca impasible ante la  más que probable relación existente entre el descenso salarial experimentado por los militares  a los que se refiere este artículo y la condena efectuada por el PNV después de su estancia en el monte Gorbea.

 

"La España imperial", de John Elliott.

"La España imperial", de John Elliott.

    La siguiente recensión se refiere al libro denominado “La España Imperial”; publicado en 1963 por el inglés John Elliott. Se trata de un hispanista experto en el contexto histórico de la obra, la Edad Moderna española, un tema que analiza desde un punto de vista notablemente objetivo que huye tanto de la leyenda negra antiespañola tan ampliamente difundida por sus compatriotas, como de la leyenda rosa que suele reaccionar ante la misma.

    Elliott, autor nacido en  1930, es un importante historiador que ostenta los cargos de Regius Professor Emeritus en Oxford y Honorary Fellow en el Trinity Collage. Ha demostrado su amplio conocimiento sobre el tema de la monarquía española de los siglos XVI Y XVII a través de numerosas monografías, artículos y libros entre los cuales destacan “España y su mundo 1500-1700”, “La Europa dividida (1559-1598), “El Conde-Duque de Olivares”, “La revuelta de los catalanes”, y “Richelieu y Oliveres”.

    Por ello, “La España Imperial” es un libro muy documentado y en el que el escritor proyecta todos sus conocimientos y el amplio dominio que tiene sobre la España moderna. Es un libro de 419 páginas, agrupadas en diez capítulos que narran el “ciclo vital” de la monarquía hispánica: su formación y consolidación, en los tres primeros; el máximo apogeo de la misma bajo el mandato de Carlos I y Felipe II, en los capítulos 4, 5,6 y 7; y las causas y consecuencias de su decadencia en los tres últimos. El resumen, es el siguiente:

      El inicio de la moderna monarquía española se inicia a finales del siglo XV, a partir de la unión entre las coronas de los dos principales reinos cristianos de la península ibérica: Castilla y Aragón. Se trata de una acción deseada por los dos reinos, cada uno apoyado en diversas razones: Castilla era la región más poderosa y rica de Iberia, de modo que la unidad supondría un paso más en el camino por alcanzar la hegemonía de Hispania y culminar el proceso de reconquista del antiguo reino visigodo, que desde hacía siglos esta entidad política capitaneaba; mientras que Aragón anhelaba la unificación por otros motivos. En primer lugar, la dinastía que ocupaba el trono era, desde Fernando de Antequera, la misma que en Castilla, esto es, la casa de Trastámara. Además, un grupo de humanistas dirigidos por el cardenal Margarit defendían la recuperación de la Hispania unida; y, por último, el poderío francés amenazaba con expandirse a costa de los territorios catalano-aragoneses, de modo que la alianza con Castilla resultaba de gran importancia.

    La unidad entre las dos coronas no fue política, sino únicamente dinástica, ya que se mantuvieron las instituciones y peculiaridades internas de los diversos territorios que las componían. Sin embargo, sí que existió una estrecha colaboración que pudo apreciarse desde el inicio del reinado de Isabel I, que comenzó en 1475 con una guerra civil contra su sobrina Juana, pretendiente al trono apoyada por dos monarquías temerosas de la alianza castellano-aragonesa; Portugal y Francia, y en la que Fenando II de Aragón aportó su genio militar para derrotar a sus enemigos en las batallas de Toro (1476) y la Albuera (1479).

    Posteriormente, una vez pacificada Castilla; los Reyes Católicos volvieron a unificar sus fuerzas, dirigiéndolas esta vez a la conquista de Granada. Fue un conflicto que culminó en 1492 y en el cual Gonzalo de Córdoba, el “Gran Capitán”, pudo obtener una experiencia que le permitiría revolucionar el arte de la guerra y conquistar Nápoles posteriormente.

    En cuanto a la política interna desarrollada por Isabel y Fernando, su objetivo principal fue el de consolidar su autoridad eliminando para ello los diferentes elementos que provocaban conflictos sociales. Una de estas medidas fue la “Sentencia de Guadalupe”, mediante la cual el monarca aragonés suprimía en 1486 los denominados “Seis malos usos”, que provocaron enormes discordias entre los campesinos catalanes durante el siglo anterior. Otras medidas importantes fueron la creación del Consejo de Aragón en 1494, y el hecho de asumir el rey aragonés el maestrazgo de las tres órdenes militares para gozar de jurisdicción directa sobre el millón de hombres que se encontraban en sus dominios.

    Por su parte, Isabel I renovó la “Santa Hermandad” mediante la creación de una  Junta suprema que dotó a esta institución de un mando único; sentando de esta manera la base de la alianza con los municipios. Además, favoreció la primacía de la ganadería, monopolizada por la Mesta, sobre la agricultura; canalizando su exportación a través del “Consulado de Burgos”.

    El enorme impulso que supuso la unión entre las coronas castellana y aragonesa favoreció la entrada de Fernando en la escena política internacional. Concretamente, esta alianza se manifestó en las Guerras de Italia, iniciadas a raíz de la invasión de Nápoles por Carlos VIII de Francia, quien derrotó a las tropas de la recién formada “Liga Santa” (compuesta por España, Gran Bretaña, el Imperio y el Papado) en Seminara. No obstante, el Gran capitán derrotó a Francia en Ceriñola en 1503, conquistando Nápoles. Como consecuencia de este conflicto, se produjeron dos importantes innovaciones que serían de gran importancia para el naciente imperio español: por un lado, el desarrollo de la diplomacia, creándose la figura del embajador; y, por otro, el de la guerra, a través de los tercios.

    Una vez fallecida Isabel en 1504, su marido continuó la política imperialista culminando la unificación de los reinos hispánicos, exceptuando Portugal, a través de la anexión de Navarra en 1516; entidad conquistada por el Duque de Alba e incorporada a Castilla.

    Así, la política de los Reyes Católicos sentó las bases que utilizaría su sucesor, Carlos I, para consolidar el poderío español, transformado durante su reinado en la potencia hegemónica de Europa. Se trata de una situación que fue potenciada por el acceso del rey español al trono imperial, como consecuencia del impulso ejercido por su consejero Gattinara, partidario de la creación de una “Universitas Christiana” dirigida por un mando único. A este consejero se le debe además la creación del Consejo de Hacienda y el de Indias, incorporados al sistema polisinodial mediante el cual se dirigían los amplios dominios del Emperador.

    Pero la existencia de unos territorios tan grandes y la necesidad de defenderlos causaron numerosas bancarrotas y crisis a lo largo del siglo XVI, de modo que la insuficiencia de los impuestos tradicionales (entre los cuales se encontraban el almojarifazgo y la alcabala, y las tercios reales y el excusado) para hacer frente a los enormes gastos, dieron lugar a que Carlos I contrajera enormes deudas con banqueros como los Fugger y los Wesser, y también la necesidad de conceder “juros” a cambio de la expropiación de plata perteneciente a particulares.

    En cuanto a la política religiosa, fue de gran importancia, ya que los monarcas españoles asumieron el destino de defender a la religión católica de los numerosos enemigos que en los siglos XVI y XVII hicieron peligrar su hegemonía espiritual en Europa. Entre estos enemigos, uno de los más importantes fue el surgimiento del protestantismo; cuyos únicos focos en España se encontraron en Valladolid y Sevilla y fueron rápidamente eliminados; y del cual se pretendió aislar a la península a partir de medidas como la prohibición de estudiar en el extranjero y mediante la censura de libros. Además, España promovió el desarrollo del Concilio de Trento en 1545, cuyas innovaciones fueron impuestas en España a raíz del XX Concilio de Toledo de 1582.

    El segundo de los causantes de conflictos religiosos, el Islam, se manifestó con la toma de Túnez por Carlos V y la victoria de Felipe II sobre los tucos en Lepanto, batalla vencida por su hermanastro don Juan de Austria en 1571.

    Otro de los problemas con los que los Austria tuvieron que lidiar constantemente fue la rebelión de Flandes. Existían dos partidos en el seno de la Corte real enfrentados en cuanto a su visión del conflicto: los Mendoza, partidarios del federalismo y el entendimiento con los rebeldes; y el dirigido por el Duque de Alba, partidario del centralismo castellano y la represión, política que ejecutó al ser nombrado gobernador de dicho territorio. Fue una política cuyos resultados no fueron beneficiosos, de modo que en 1577 fue sustituido por Luis de Requesens.

     En esta época, los años 70, Felipe II inició una política agresiva potenciada por la llegada de plata americana, hecho favorecido por el descubrimiento de la amalgama de mercurio para su extracción. Entre las acciones motivadas por el abandono de la política defensiva se encontraron la invasión del norte de Flandes por Alejandro Farnesio, la anexión de Portugal en 1580 y el fracasado intento de conquistar Inglaterra en 1588.

    No obstante, esta política ofensiva tuvo que limitarse a principios del siglo XVII debido a la acentuación de la crisis económica. Por ello, Felipe III tuvo que firmar con Flandes la Tregua de los doce años en 1609, y procedió a expulsar a los moriscos en el mismo año, ya que se les consideraba potenciales aliados de los turcos y de los piratas berberiscos.

    Durante el reinado de este monarca se produjo además la entrada en escena de la figura del “valido”, personaje de confianza del rey en quien éste delegaba las funciones de gobierno.  El primero de ellos fue el Duque de Lerma, quien inició una reforma administrativa que sustituyó a los consejos por juntas, más reducidas y, en consecuencia, más eficientes. Entre estos nuevos organismos figuró la “Junta de reformación”, que elaboró en 1619 una “consulta” que pretendía sanear la economía aplicando reformas como la repoblación de tierras, el fomento de la agricultura y la disminución de conventos.

     Sin embargo, al morir Felipe III y acceder al poder Felipe IV, el nuevo valido, el Conde-Duque de Olivares, retornó a la política agresiva e imperialista. Para ello intentó realizar una reforma administrativa y militar, aumentando el presupuesto de la marina y de los tercios, e intentando homogeneizar la aportación de los distintos reinos a la defensa de España a través de la denominada “Unión de Armas” en 1624. Posteriormente, en 1628 entró en guerra con Francia, ya que al heredar esta nación el ducado de Mantua el “camino español” se encontraba en peligro. En 1635 Richelieu declaró la guerra a España, entrando en Cataluña en 1639. Un año después, la negativa de las cortes catalanas a continuar manteniendo al ejército real, unido al rechazo a incorporarse en la Unión de armas, llevaron a esta región a sublevarse contra la monarquía; proclamando Pau Claris una república sometida a Francia. Sin embargo, en 1659 el Tratado de los Pirineos finalizó con el conflicto, estableciendo la frontera hispano-francesa en las montañas de las que recibe su nombre. Por su parte, Portugal, que también se había sublevado, logró independizarse definitivamente al derrotar a don Juan José de Austria en Villaviciosa (1665).

     De este modo finalizaba la hegemonía de España sobre el resto de Europa. El siguiente rey, Carlos II, resultó ser todavía menos indicado para el gobierno que sus antecesores, de modo que el control efectivo del Estado recayó en las personas de la regente Mariana y su confesor Nithard, quienes se apoyaron en una “Junta de gobierno” que, incluyendo a catalanes y valencianos, reconocía la fórmula federalista contra el centralismo castellano. La debilidad de esta monarquía se manifestó en los intentos de usurpación del poder por parte de Juan José de Austria y la conquista de Barcelona por Luis XIV, devuelta con el Tratado de Ryswick; así como en la terrible guerra de Sucesión que entre 1700 y 1714 libraron las potencias europeas apoyando a los candidatos a la vacante real existente tras la muerte sin descendencia de Carlos II.

 

    En cuanto a la bibliografía empleada por Elliott, podemos decir que en la actualidad es un poco antigua, ya que la mayoría de los libros que cita han sido publicados en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, “La España Imperial” no fue escrita hasta los años 60, de modo que esta bibliografía que en la actualidad puede parecer obsoleta, no lo es en consideración con el libro que ha documentado, en relación con el cual guarda una estrecha proximidad temporal en la mayoría de las ocasiones. Entre los escritores se incluyen grandes conocedores de la historia moderna como Domínguez Ortiz (“Los conversos de origen judío después de la expulsión”), Vicens Vives (“Aproximación a la historia de España”, “Historia de España y América”, “Juan II de Aragón”); y Hamilton, autor de una importante teoría acerca del impacto del flujo de plata americana en la revolución de los precios peninsulares.

    Son libros que pueden agruparse, tal y como hace el autor en la bibliografía final de su obra, en repertorios de temática general (por ejemplo,“The Golden Century of Spain”, de Davies); y monografías más específicas que emplea para cada uno de los capítulos del libro: historia económica (“Manual de historia económica de España”, de Vicens Vives), del reinado de Isabel y Fernando (“History of the reign of Ferdinand and Isabella”, de Prescott), religión (“Erasme et l´Espagne”, de Bataillon), etc.

    Elliott demuestra conocer las obras que cita, pues junto a su título incluye en ocasiones algunas críticas y valoraciones que pueden orientar al lector; como por ejemplo al asegurar que el estudio del declinar intelectual del siglo XVII ha sido poco estudiado; o cuando tacha de anticuadas obras como “La corte de Felipe IV” de Hume, recomendando en su lugar otras más actualizadas.

    Sin embargo, a pesar de la abrumadora cantidad de fuentes bibliográficas empleadas por el autor, éste comete un pequeño error en el momento de incluirlos en su obra. Esto es, apenas existen notas a pie de página que indiquen el origen de las ideas que plasma en cada capítulo y que, además de demostrar su veracidad, podrían ayudar a futuros investigadores a profundizar más en ellas. Por el contrario, Elliott incluye, tal y como hemos expresado anteriormente, un apartado final de su libro donde agrupa todas las obras que ha utilizado para elaborar la suya.

    Por lo que respecta a las cuestiones de forma del libro, podemos comentar diversos aspectos. En primer lugar, el título del libro, “La España Imperial”, que es muy apropiado para su contenido; ya que este es fiel a la temática que anuncia: el nacimiento, auge y desarrollo del Imperio español, de modo que quienes acudan a esta obra para estudiar el imperio de los Austria no será defraudado, pues acudirán a una obra que abarca todo este periodo en su integridad.

     No obstante, el número de páginas dedicadas a cada periodo del Imperio es irregular. Es decir, la época de los Reyes Católicos y de los Austria Mayores es narrada con detalle y amplitud, pero no ocurre lo mismo con temas como la Pax Hispánica de Felipe III, a la que el autor apenas dedica unos epígrafes de modo que para comprender bien este periodo es necesario acudir a otras fuentes.

    Otro elemento destacable de este libro es la inclusión de diversos elementos auxiliares que facilitan la comprensión de los acontecimientos y hechos que narran los diversos capítulos. En concreto, éstos son de dos tipos: cinco mapas que, insertados a lo largo de la obra, muestran situaciones políticas y, en una ocasión, económicas; y cinco cuadros que enseñan, entre otras cosas, dos genealogías reales (la española y la lusa) y el sistema polisinodial. Además, existe un índice analítico compuesto por 14 páginas repletas de nombres, acontecimientos y elementos que facilitan la búsqueda de aspectos concretos de la España de los siglos XVI y XVII.

    Por último, también es destacable el estilo literario empleado por el autor, quien en la “Advertencia” inicial que precede al prólogo destaca la importancia de que una obra histórica goce de belleza literaria. Es ésta una característica que puede apreciarse en “La España Imperial”; pues no resulta aburrida ni pesada de leer. Por el contrario, es una obra amena, bien redactada y que no abruma con datos y fechas innecesarios, ya que se destacan únicamente aquellos verdaderamente importantes para conocer le época del Imperio español. De esta manera, y en resumen, podemos asegurar que esta obra de Elliott es un gran libro para conocer la historia de España y, al mismo tiempo, gozar del entretenimiento que podría aportar una novela.

 

 

 

"Breve tratado sobre el Héroe".

"Breve tratado sobre el Héroe".

 

    El siguiente artículo, escrito por el poeta luso Rodrigo Emilio Riberio de Melo en 1973, ha sido incluido en el número 19 de la revista identitaria “Tierra y Pueblo” (http://www.tierraypueblo.com); constituyendo uno de los textos con los que este ejemplar analiza la caballería medieval. De este modo se pretende, tal y como reza la portada de la publicación, ofrecer un modelo humano cuyas virtudes constituyan “herencia y valores para un mundo en crisis”. Frente al hombre-masa que impera en nuestros días, Ribeiro de Melo definió de una forma clara y concisa la esencia del caballero, del héroe que, en medio de un mundo en ruinas, alza su espada para formar parte de la elite que todavía permanece fiel a la metafísica “Orden de la caballería”. Una entidad atemporal y eterna, en cuyas filas se alistan todos aquellos hombres que, despreciando la vida cómoda y fácil, prefieren, como dijera José Antonio, “un Paraíso difícil, erecto e implacable; un Paraíso donde no se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas”; pues son conscientes de que sólo la vía heroica logrará restaurar en el mundo los valores eternos que edificaron nuestra civilización y que hoy están en peligro. El que sigue es el artículo llamado “Breve tratado sobre el Héroe”:

 

    El héroe es el arquetipo de la consciencia mitológica del Hombre: el acto heroico es una excursión del Hombre a lo absoluto de sí mismo; el heroísmo, la memoria de Dios en el Hombre. Todo aquel que de algún modo, se hace merecer de la dignidad suprema de haberse alzado a la altura de héroe, está en condiciones humanamente ideales de evidenciar las potencialidades divinas (o paradivinas), mediúmnicas o demiúrgicas, del ser humano.

    Con eso quiero decir, en mi opinión, que sólo en la calidad de héroe es que la criatura reduce un poco la distancia que le separa del Creador. Es lo mismo decir que, solamente en aspecto de héroe, tendrá Dios buenas razones de sentirse orgulloso de la criatura, razones de peso para volver a mirarse en ella: pues sólo el héroe, -solo él al final- da a Dios (y a los mortales) la certeza de haber sido el Hombre una creación concebida y espiritualmente materializada, a la imagen y semejanza del Creador.

    Muchos son los campos de la afirmación heroica: muchos y a veces simultáneos, a veces concurrentes. Es el caso del héroe que reconcilia el coraje y la sabiduría, elevándose a un plano de victoriosa supremacía sobre la media humana: “numa mao sempre a espada, noutra a pena” “braco às armas feito, mente às musas dada” (1), Luís de Camoes es aquí citado.

    Entre las más altas espiritualizaciones del heroísmo, hay que incluir a los santos y mártires de la Fe, siendo entendidos como los héroes de Dios; y luego, el héroe de condición guerrera –preferentemente habitado por el espíritu de cruzada- trabajado por la ascesis cristiana: animado y accionado por ese voltaje místico, que da sentido pleno a todos los ideales vitalistas.

    A un nivel superior, el héroe configura así, el modelo de hombre idealmente perfecto, que consigue reunir en sí un difícil equilibrio de virtudes, o toda una gama de desmesuras coronadas por la religión.

    Es atributo del héroe el trascendentalizarse, es decir, humanizar la trascendencia divina, con la inmanencia del propio valor, y consumar, por ahí, una personalidad de excepción, que la hazaña (o proeza) heroica autentificará.

    Concretando. Héroe es todo aquel que en una pequeña porción de tiempo se entrega a al Eternidad. Cuando el tiempo se viene a cobrar el destino de los años que le adelantó en su nacimiento, llega tarde. Porque a esas horas, el héroe ya conquistó en el tiempo la atemporalidad, a poder de hazañas que, no raramente, se sellan en una eternidad de segundos.

    Ahora bien, en el tiempo decadente que vivimos, está bien observar que el sucedáneo del heroísmo es el vedetismo (en el cine, en el teatro, en el deporte, etc.). A medida que aumentan  las filosofías del absurdismo –rindiendo loas a la desmotivación y a la ausencia de finalidad de la existencia-  ponen desde luego en causa la validez humana del héroe. Sírvase frío. “Sírvase muerto” nos dice Reinaldo Ferrerira en Receita para fazer um Herói. Porque héroes, sólo por receta. Allá ellos esos abstrusos “del absurdo”, sólo así se confeccionan héroes; por medio de receta aviada. De lo contrario, se revelan inobtenibles, visto que la fauna existencialista no produce de eso. Y tampoco no admira: figuras chismosas de llevar en el ojal la existencia, exhiben la vida en la solapa. Se comprende: en la solapa. Y como mucho… ¡¡la mariconería mental no entiende más allá de esas vanidades!!

                                                                                                                                                         Rodrigo Emilio Ribeiro de Mello.

(Publicado en O Debate, 1 de Diciembre de 1973)

 

 

  Nota:

 (1) “en una mano la espada, la pena en la otra” “el brazo a las armas hecho, la mente a las musas ofrecida”.

 

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