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Tradición y Revolución

Alzhéimer socialista.

Alzhéimer socialista.

     Cuando Zapatero impuso su particular Ley de Revanchismo Histórico hace algunos años, reveló que además de ser un gobernante inútil es un gobernante enfermo. Parecía que las continuas demostraciones de ineptitud de las que hace gala el inquilino de la Moncloa eran consecuencia de su “niñez” política, pues a todos resultaba extraño que un sujeto desconocido como aquel hubiera sido elevado a la dirección del PSOE para, posteriormente, ostentar la presidencia de España. Sería lo lógico teniendo en cuenta que el Currículum de ZP se limita a narrar su paso por el Partido que constituye el pilar izquierdo del Estado. Eso explicaría sus continuas improvisaciones a la hora de abordar las materias más diversas, tanto en aquellas destinadas a reactivar la economía, como  en las más tristemente recientes actuaciones con respecto al tema de los piratas somalíes.

    Sin embargo, la ya mencionada Ley vino a demostrarnos que Zapatero no es un jovenzuelo que acaba de conseguir su primer “trabajo” después de salir del hogar paterno, sino que, muy por el contrario, es un anciano de edad considerable. No es que se trate de un barbilampiño incapaz de aplicar una experiencia que no tiene, que también, sino que, ante todo, se trata de un señor mayor que padece alzhéimer. Si algunos años atrás Zapatero nos sorprendió contándonos su particular historia de la Guerra Civil, olvidando aspectos trascendentales como las checas, el genocidio de Paracuellos o el golpe que su propio partido dio en 1934; hace pocos días la enfermedad senil de los socialistas nos obsequiaba con un nuevo esperpento: el diputado José Antonio Pérez Tapias ha propuesto que España pida perdón por la expulsión de los moriscos de 1609.

    Según este sujeto, habría que disculparse ante Mohamed VI y compañía  por el que constituiría “uno de los más terribles exilios en toda la historia España”; esto es, el de los 300000 moriscos que abandonaron nuestra patria hace cuatrocientos años. Pero  cuando Tapias dice esto olvida, para empezar, que es precisamente el Sistema del que él forma parte, es decir, el que padece España desde 1978, el que sólo en Vascongadas ha obligado a exiliarse a un número igual de personas, y no porque constituyeran una amenaza para la sociedad, como ahora veremos que supusieron entonces lo moriscos, sino que, muy  por el contrario, se debe precisamente a su negativa a formar parte de ella.

    Cuando los socialistas hablan de la expulsión de 1609, pretenden imponernos aquella visión tan idílica como falsa que Américo Castro presentó en 1948 al hablar de la supuesta convivencia entre las ingenuamente llamadas “tres culturas”. Desde el momento en el que este historiador publicó su famoso libro “España en su historia”, los políticos izquierdistas, hoy representados por el PSOE principalmente, encontraron  una preciosa cantera de la que extraer  los argumentos necesarios para construir, sobre las ruinas de una de cada vez más inexistente intelectualidad conservadora, un bastión protector de su visión de España. Si estos sujetos querían, al igual que hoy,  exterminar la tradición católica bajo pretexto de su supuesto fanatismo, la idea de que moros y judíos convivieron con cristianos hasta que éstos se impusieron con instrumentos represores como la Inquisición, resultaba justificadora de sus actuaciones políticas.

    Sin embargo, ZP y sus amigos parecen no recordar que la idea de Castro fue refutada por otro gran historiador, Claudio Sánchez Albornoz, tan sólo unos años después de ser propuesta. Seguramente que si se lo recordáramos al presidente de España, nos diría que este intelectual era un “fascista” o un “racista” por atreverse a  negar el dogma progresista en virtud del cual los moros habrían sido democráticamente tolerantes con los cristianos. Sin embargo, esta posible reacción sería nuevamente consecuencia del alzhéimer, porque ZP olvidaría que quien demostró la falsedad de las ideas pseuohistóricas en las que él todavía cree no sólo no era “fascista”, como él diría, sino que además se trata del que fuera el penúltimo presidente de la República española en el exilio. Es decir, los hechos objetivos que vamos a resumir a continuación no son fruto de una historiografía politizada, sino de la incuestionable verdad histórica.

    Como es sabido, el 23 de octubre de 1609 Felipe III emite un decreto en virtud del cual  todos los moriscos que habitan en sus dominios deben embarcar hacia Berbería (el norte de África) en un plazo de tres días; respondiendo esta medida a una causa cuyos orígenes últimos se encuentran en el proceso de unificación política y social que los Reyes Católicos vinieron promoviendo desde la unificación de sus reinos en 1492; aunque ciertamente existan otros motivos más inmediatos relacionados con el contexto de la llamada “Pax  Hispánica”.

     Es decir, desde que en 1598 Felipe III fuera elevado al trono español, la política intervencionista y belicista que mantuvieron sus predecesores llegó a sus últimas consecuencias con la estrepitosa derrota sufrida en Kinsale ante Inglaterra (1602) y la incapacidad de mantener por más tiempo la guerra de Flandes. Además, a esta situación se añadió una nueva bancarrota, por lo que la Monarquía Hispánica no tuvo más remedio que aceptar una tregua en su lucha por la  hegemonía europea que, en consecuencia, más que voluntaria fue impuesta por las circunstancias. Concretamente, junto al Tratado de Somerset-House con Inglaterra (1604) se firmó otro que se relaciona con el episodio que estamos relatando, esto es, la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas (1609)

    Dicho acuerdo resultaba en cierto modo humillante para la Monarquía Hispánica, pues suponía, primero, reconocer su incapacidad para mantener la guerra con los rebeldes flamencos, y, segundo, porque implicaba reconocer a aquellos como sujetos con capacidad para negociar en igualdad de condiciones que el rey de España. Así, el gran hispanista John Elliott señala que el duque de Lerma habría hecho coincidir con este Tratado la iniciativa de expulsión de los moriscos por una causa propagandística: la de “tapar” una acción humillante con otra más prestigiosa, la definitiva unificación social de España. Por tanto, la deportación de 1609 tendría como causa inmediata unos motivos similares a los que todavía utilizan nuestros gobernantes, podemos verlo continuamente en  Zapatero, cuando no quieren que una medida política afecte a lo que hoy llamamos “popularidad”.

    Sin embargo, junto a esta situación existe, como hemos dicho, un motivo mucho más lejano y determinante, sin el cual no podría haber sido posible realizar la expulsión aunque aceptáramos como única explicación válida la dada por Elliott. En efecto, la Edad Moderna es aquella en la que se da el conocido como proceso de génesis del Estado nacional, esto es, la reunificación de las fragmentadas naciones europeas. Dentro de esta acción era imprescindible lograr algo que hoy puede parecernos, aunque no lo sea, irrelevante debido al laicismo postmodernista; pero que entonces resultaba fundamental: la homogeneización religiosa. Sin que se diera la unidad de creencias, era imposible la unidad social, y esto no porque, como dicen hoy los socialistas, existiera una sociedad intolerante; sino porque el Derecho se basaba en la religión. Es decir, en la Edad Moderna, como en la Medieval, un español, como un francés o un alemán, no tenía un estatus jurídico en base a su lugar de residencia, como hoy, sino en virtud de su religión. Por ello, judíos y musulmanes tenían fueros propios, los cuales ante la disparidad jurídica medieval eran comprensibles, pero que en un momento en el que se buscaba la unidad del estado sólo constituían un impedimento para el progreso. Y esto no era sólo una imposición de lo que los marxistas llaman la “élite” sobre el “pueblo”, pues los mismos campesinos y trabajadores urbanos se sabían miembros de la comunidad religiosa antes que de cualquier otra, tanto en los cristianos como en los moros y judíos, quienes si vivían en barrios propios y practicaban la endogamia lo hacían no sólo por imperativo legal, sin también por voluntad propia. El hecho supuesto por la incapacidad de integrar a personas con una religión, y por ende cultura y cosmovisión de la vida, distintas, lo demuestran los conflictos generados con la población musulmana desde 1492.

    En efecto, ya en 1499 se alzaron los moriscos en Granada, después de que las mediadas conciliadoras del primer arzobispo de este lugar, fray Hernando de Talavera, dieran paso, por su inutilidad integradora, a las más intransigentes de su sucesor Cisneros. Por entonces, la cuestión no radicaba únicamente en el deseo de unir a la población, sino también en defenderla del peligro turco que, desde la toma de Constantinopla en 1453 y el sitio de Viena de 1529, amenazaba a la Cristiandad. Los moriscos, como aliados que eran de los otomanos, no sólo continuaron reafirmándose en su identidad nacional opuesta a la cristiana y española, sino que, como consecuencia de ello, colaboraron abiertamente con los piratas turcos. Concretamente, en 1565 se descubrió un complot según el cual los moros andaluces apoyarían al Sultán si este resultaba exitoso en la toma de Malta.

    Por ello, las leyes que desde 1508 proscribían la cultura morisca, que no se practicaban, se impusieron para alejar el peligro; y esto provocó en 1567 el alzamiento de las Alpujarras. En este lugar eran continuos los asaltos a la población cristiana; del mismo modo que en el Levante era notorio el apoyo prestado a los piratas berberiscos. Pero además, por si no fuera éste motivo suficiente para justificar la expulsión, Menéndez Pelayo señala que al mismo tiempo se estaban realizando acuerdos con los hugonotes franceses del Bearne y se ofrecían 500000 combatientes al Turco si éste se comprometía a invadir España. Mientras tanto, la autoridad hispánica era tolerante, y el patriarca Juan de Ribera se esforzaba por convertir a los moros mediante misiones y escuelas; pero esto resultaba inútil y él mismo solicitó a Felipe III la irremediable expulsión.

    Sin embargo, Felipe III no actuó inmediatamente ni en base a una decisión arbitraria, pues desde 1607 convocó diversas juntas de teólogos para que discutieran la cuestión hasta que el conde de Miranda y fray Jerónimo Xavierre declararon la necesidad de llevar a cabo la medida; y esto lo hicieron ya en 1607, lo cual refuerza la teoría según la cual la expulsión no era una mera cuestión propagandística.

    Por lo tanto, la expulsión de los moriscos fue una necesidad impuesta por la incapacidad de que dos culturas antagónicas, como la cristiana y la musulmana, convivieran en un mismo proyecto nacional. En vano se había intentado tolerar a quienes actuaban como quinta columna del imperio turco, pues era ésta una tarea inútil; y por ello podemos decir, con Menéndez Pelayo, que “juzgaremos la gran medida de la expulsión con el mismo entusiasmo con que la celebraron Lope de Vega, Cervantes y toda la España del siglo XVII: como triunfo de la unidad de raza, de la unidad de religión, de lengua y de costumbres. Los daños materiales, el tiempo los cura (…); pero lo que no se cura, lo que no tiene remedio en lo humano, es el odio de razas”.

    Zapatero y los socialistas han olvidado, o quieren olvidar, los peligros de que una religión cuyo fundador predicaba la cosificación de la mujer, el proselitismo con la espada o la pederastia; conviva con aquella otra que unió fe y razón y elevó a los oprimidos a la categoría de personas. Y lo hace por odio a esta religión, la católica, intentando comparar a las mezquitas con iglesias al modo que pretende la Ley de libertad religiosa que está preparando. Pero quienes no tenemos alzhéimer, quienes somos, metafóricamente o no, todavía jóvenes y con una memoria sana y fresca; recordamos que la medida de Felipe III trajo paz a España; y sabemos que la política pro-islámica de los partidarios de la Alianza de Civilizaciones sólo logrará destruirnos como nación. Por ello nos opondremos con todas nuestras fuerzas a medidas simbólicas, como la que quiere Pérez Tapias, o fácticas, como las que sin duda vendrán en el futuro; teniendo siempre presente que la Verdad está de parte de quienes recuerdan el pasado y son, en consecuencia, fieles a la Tradición.

 

 

 

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