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Tradición y Revolución

El Honor.

El Honor.

 

  Después de haber leído el genial libro “La senda del Honor”, escrito por Antonio Medrano y publicado por ediciones “YATAY”; escribo la siguiente reflexión acerca de uno de los valores más importantes que puede poseer un ser humano: el Honor.

  Se trata de una cualidad moral que basa la actuación humana en el deber, esto es, en el dirigir nuestras acciones no hacia lo que nos ofrezcan “la democracia de las pasiones y la anarquía de los humores”, sino hacia lo que nos exige la monarquía de la razón. Es decir, una vida humana honrada considera el eje de su existencia la sustitución de “lo que apetece” por lo que “se debe hacer”.

  Por esto, el honor es una virtud que hoy, por desgracia, se encuentra totalmente alejada de nuestra sociedad; ya que su sentido es totalmente antagónico a la cosmovisión materialista y egoísta que nos impone el sistema liberal-capitalista. Puesto que estamos padeciendo un régimen que deshumaniza al hombre, transformándole en un “hombre-teatro” cuya única ilusión es la de actuar para que las demás personas le acepten; el concepto de “persona” pierde totalmente su sentido y su valor en favor del calificativo de la humanidad como “masa”.

  Frente a esta alienación del hombre que nos transforma en bestias sin individualidad alguna, el honor nos propone distanciarnos de la “masa”, transformándonos en aristócratas que se eleven como águilas majestuosas sobre el vulgo. Pero esta “aristocracia” que transforma a las personas honradas en la elite de la sociedad, no tiene un sentido económico, racial o político; sino humano. Es decir, la nobleza humana se encuentra en la vida “entregada al cumplimiento del deber y puesta al entero servicio de la Patria, como punto de apoyo para el servicio de la humanidad”.

  No obstante, es muy importante tener en cuenta que la honradez se encuentra consustancialmente unida a la humildad. Es decir, no es una cualidad que pueda llegar a obtener quien anhele ser superior al prójimo, sino todo lo contrario: es una realidad que solo consigue quien actúa sirviendo a sus semejantes, a su patria y a Dios. Con respecto a esta afirmación, podemos recordar la sentencia pronunciada por Jesucristo según la cual “los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”, ya que un hombre que lucha por su propia santificación no es el que busca ser servido, sino el que sirve a los demás.

  Como consecuencia de llevar una vida noble, esta cualidad, perteneciente al fuero interno, tiene una proyección externa; lo cual es importante en dos sentidos.

  En primer lugar, porque de este modo mantenemos nuestro “buen nombre”, esto es, el sentirnos partícipes de la misión divina que implica el “nomen” que nos hace únicos ante Dios y, consecuentemente, ante la sociedad. Con respecto a esto, recuerdo que en una ocasión escuché a un sacerdote afirmar que “Dios no sabe contar”, frase con la que se refería a que el Señor no considera a los seres humanos como un número más o menos grande de personas, sino como almas individuales con una personalidad y un destino propios. Por ello, afirmaba este presbítero, un conjunto de hombres, supongamos que se llaman Carlos, Laura, Juan y Santiago, no son para Él 4 personas, sino que son Carlos, Laura, Juan y Santiago; y de igual manera ocurre con todos los millones de personas que han existido, existen y existirán durante la historia: a todos les conoce por su nombre, que encierra la misión que les ha encomendado.

  La segunda manifestación externa del honor, existe debido a que esta virtud, ligándose con el deber, implica la consideración de nuestra vida como una empresa o un destino que encuentra su justificación en el servicio a la sociedad. Decía José Antonio que “la vida no vale la pena sin no es para quemarla en el servicio de una empresa grande”, apelando de este modo la vida honrada, esto es, al asumir que los hombres somos “portadores de valores eternos”, y que estos valores que Dios nos ha dado al crearnos a su imagen y semejanza, no los tenemos para engrandecernos a nosotros mismos, sino para servir a nuestros semejantes y a nuestro único Dios.

  Con respecto a esto último, el servicio a Dios, es importante tener en cuenta que Él es el fundamento último que, al igual que todas las virtudes, posee el honor. El objetivo de la existencia humana en la tierra, no es otro más que el de obtener la propia santificación y lograr la santificación de nuestros semejantes; lo cual requiere que el eje adamantino de nuestra vida sea el deber.

  Además, si queremos ser plenamente honrados, es imprescindible la posesión de la Fe, es decir, del don que Dios nos concede para, creyendo en su palabra, ser santos. León Degrelle afrmó que “la salvación del mundo está en la voluntad de las almas que tienen Fe”.

  Por otro lado, la posesión de la Fe es importante para poder llevar nuestra vida honrada hasta sus últimas consecuencias, ya que, en muchas ocasiones, esto ha provocado la entrega de la propia vida. Es decir, cuando los católicos hemos padecido persecuciones, solamente quienes, como consecuencia de tener Fe, han actuado con honor, han sido premiados por Dios y por la historia con la palma del martirio. Cuando José Calvo Sotelo, protormárir de la última Cruzada librada por España, fue amenazado de muerte en el Parlamento, su respuesta fue la que sigue: “Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ’Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis’. Y es preferible morir con honra a vivir con vilipendio". Esto es, el honor implica ser valiente, no tener miedo a entregar nuestra vida por la Religión y por la Patria, teniendo en cuenta que, tal y como escribió Shakespeare, “Los cobardes mueren muchas veces antes de morir, los valientes no sufren más que una muerte”.

  Y, para terminar con este comentario, es importante conocer que, puesto que debemos ser valientes en medio de una sociedad cobarde, impía y egoísta, estamos llamados a ser auténticos héroes. Decía Geach: “eres un héroe en el sentido griego de la palabra: un hijo no solo de padres mortales, sino de Dios”. Por ello, debido a que somos hijos del Creador del mundo, tenemos que asumir que nuestra lucha contra Satanás (padre de la deshonra), es una batalla que tenemos ganada de antemano, pues, “si Dios con nosotros ¿quién contra nosostros?”. Lo único que debemos hacer para obtener la victoria es llevar una existencia honrada que permita a Dios actuar por medio de nosotros; haciendo presente la frase de Santa Juana de Arco según la cual “nosotros luchamos y Dios nos da la victoria”.

 

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