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Tradición y Revolución

Europa, unidad cristiana.

Europa, unidad cristiana.

 

  Escribía el intelectual español Ángel Ganivet en su “Idearium español” que “todas las naciones europeas están constituidas sobre tres sillares: la religión  cristiana, el arte griego y la legislación romana”.

  Se trata de una afirmación indiscutible, afirmada de una manera contundente por nuestra historia.

  Esto se debe a que fue el Imperio Romano el que extendió la cultura griega por la mayor parte del territorio de nuestro continente, exceptuando territorios como las actuales Alemania, Escandinavia, Irlanda y Rusia; y, por el contrario, alcanzando territorios que en nuestra época ya no componen Europa: Turquía, el norte de África y Palestina.

  El desplazamiento de estas fronteras, es decir, de lo que los romanos llamaban el “limes”, no fue provocado, como les hubiera gustado a los masones que dirigen la UE, por las bayonetas de la Revolución francesa; sino por el amor de los misioneros y de los príncipes cristianos.

  Si el norte de nuestro continente hoy es europeo, es porque Carlomagno asumió la herencia imperial constituyendo el Sacro (que no laico) Imperio; y, del mismo modo, si la zona oriental también forma parte de esta realidad cultural, es porque Bizancio, lugar donde encuentra su origen la expresión referida a la “unidad entre el trono y el altar”, extendió su influencia hasta el lugar que, a su caída, asumiría el título de la Tercera Roma: Moscú.

  Por su parte, Irlanda abandonó su barbarie céltica no gracias a la Ilustración, o tan siquiera al Imperio romano, sino como consecuencia de la evangelización de San Patricio en el siglo IV.

  Del mismo modo, fue la Iglesia la que mantuvo intacta la herencia cultural legada por Roma, a través de los monjes benedictinos. No obstante, a los demócratas que aspiraban a lograr la unidad de Europa, esto no pareció importarles a la hora de destruir el monasterio de Montecasino, custodio de numerosos tesoros de nuestra cultura, el 15 de Febrero de 1944.

  Es totalmente evidente que Europa fue, durante mucho tiempo, la Cristiandad; y que luchó infatigablemente por evitar que los sarracenos destruyeran la tradición cultural de todas las naciones europeas, tal y como habían hecho con otros lugares a los cuales la religión del Falso Profeta despojó para siempre (exceptuando a España, Grecia y pocos sitios más) de su condición de hijas de Europa. Lugares de este tipo son, por ejemplo, Turquía, Palestina, Egipto y Marruecos.

  Sin embargo, los políticos que gobierna la UE, pretenden hacernos creer que Europa solo existe desde la Revolución Francesa. Según ellos, ésta sería la artífice de la conciencia de igualdad entre los hombres; pero, tal y como dice Ramiro de Maeztu, “La fraternidad de los hombres no puede tener más fundamento que la conciencia de la común paternidad de Dios”. Por ello, puesto que Europa es apóstata, sus habitantes no son para nada hermanos.

  Jesucristo nos dijo que solo podemos servir a Dios o al dinero, y la UE sirve al segundo. Esto es, los políticos que fundaron el núcleo de la futura UE no buscaron, al contrario que Carlos V, construir una “Universitas Cristiana”; sino una unidad estrictamente económica. Con respecto a este punto, recordemos que, anteriormente, se denominó Mercado Común y Unidad Económica Europea; y que la CECA o la EURATOM, eran realidades exclusivamente económicas.

  Si de verdad los jerifaltes europeístas quisieran que los europeos fuéramos hermanos, no se reunirían secretamente con los principales empresarios y banqueros del mundo en el Club Bilderberg, sino que construirían un régimen cristiano que reconociera a Dios como nuestro Padre y nuestro Rey.

  Ramiro de Maeztu escribe en “Defensa de la Hispanidad” que hay tres actitudes ante la vida: la particularista, asumida por quienes, como los judíos o protestantes se creen superiores a sus semejantes; la universalista, defendida por aquellos que, como los comunistas, afirman la igualdad del hombre, pero basándola en la supuesta inexistencia de una verdad absoluta; y la ecuménica o hispana, que considera a cada ser humano un hijo de Dios con un alma que, como dijera José Antonio, tiene capacidad para condenarse o para salvarse.

  La Cristiandad, al igual que la Hispanidad, que fue su reflejo en las Españas ultramarinas; se constituyó sobre el tercero de estos supuestos. Mientras que judíos y protestantes identificaron el poder material con la dignidad humana y con la predestinación divina, sembrando así la semilla que, después de ser regada y abonada por los revolucionarios franceses y por los liberales, daría lugar a que germinara la capitalista Unión Europea; los pueblos católicos constituyeron un régimen en el cual reinó Jesucristo durante varios centenares de años.

  Por ello, debemos rechazar la UE, que no está basada en los ideales evangélicos de fraternidad universal y justicia; sino en el egoísmo y el materialismo capitalistas.

  Dijo Blas Piñar en uno de sus discursos que los estados comunistas son ateos y los liberales agnósticos. Nosotros debemos edificar una nación católica, inspirada en el tradicionalismo y en el nacional-sindicalismo, para continuar el destino histórico de nuestra patria, evangelizando de nuevo la faz de la tierra para, citando una vez más al genial Ramiro de Maeztu, lograr “hacer la unidad espiritual del Mundo” que proclamamos en el glorioso Concilio de Trento.

¡VIVA CRISTO REY!

 

 

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