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Tradición y Revolución

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Navidad!

  (...)Podemos afirmar, sin temor de ser desmentidos por los hechos, que el catolicismo ha puesto en orden y en concierto todas las cosas humanas. Ese orden y ese concierto, relativamente al hombre, significan que por el catolicismo el cuerpo ha quedado sujeto a la voluntad, la voluntad al entendimiento, el entendimiento a la razón, la razón a la fe, y todo a la caridad, la cual tiene la virtud de transformar al hombre en Dios, purificado con un amor infinito. Relativamente a la familia, significan que por el catolicismo han llegado a constituirse definitivamente las tres personas domésticas, juntas en uno con dichosísima lazada. Relativamente a los gobiernos, significan que por el catolicismo han sido santificadas la autoridad y la obediencia, y condenadas para siempre la tiranía y las revoluciones. Relativamente a la sociedad, significan que por el catolicismo tuvo fin la guerra de las castas y principio la concertada armonía de todos los grupos sociales; que el espíritu de asociaciones fecundas sucedió al espíritu de egoísmo y de aislamiento, y el imperio del amor al imperio del orgullo. Relativamente a las ciencias, a las letras y a las artes, significan que por el catolicismo ha entrado el hombre en posesión de la verdad y de la belleza, del verdadero Dios y de sus divinos resplandores. Resulta, por último, de cuanto llevamos dicho hasta aquí, que con el catolicismo apareció en el mundo una sociedad sobrenatural, excelentísima, perfectísima, fundada por Dios, conservada por Dios, asistida por Dios; que tiene en depósito perpetuamente su eterna palabra; que abastece al mundo del pan de la vida; que ni puede engañarse ni puede engañarnos; que enseña a los hombres las lecciones que aprende de su divino Maestro; que es perfecto trasunto de las divinas perfecciones, sublime ejemplar y acabado modelo de las sociedades humanas.

  Este breve párrafo de Juan Donoso Cortés, extraído de su célebre "Ensayo", resume de una forma íntegra y exacta las consecuencias del acontecimiento más importante de la historia de la humanidad: el nacimiento de Dios; encarnado en un hombre para liberar a nuestra prevaricadora raza de la muerte y de la oscuridad que suponen la existencia de una vida sin trascendencia. Encarnándose, el Señor permitió que el hombre pudiera integrase con plenitud en el orden perfecto y armónico que su amor infinito había creado; instituyendo los siete sacramentos para llenarnos de la Gracia necesaria para alcanzar la santidad; y edificando para ello una Iglesia que los administra.

  Sin embargo, en esta sociedad pagana, apóstata y atea que nos ha tocado padecer, el verdadero significado de la Navidad ha sido destruido. En lugar de adorar a Jesucristo y reconocer pública y socialmente la grandeza de su nacimiento, nuestros compatriotas prefieren entronizar a los falsos dioses del consumismo y del egoísmo. Para ello cuentan con la presencia de un nefasto personaje, ajeno a nuestra tradición católica y española, que se hace llamar “Papa Noel”. Se trata de un invasor procedente de Yanquilandia (no de Laponia o del Polo Norte) y financiado por Coca-Cola; paladín de un imperialismo que pretende asesinar a los Reyes Magos para americanizar a nuestra sociedad, y que está de cada vez más presente en nuestras calles y medios de comunicación. Contra este destructor de tradiciones y costumbres, nosotros, los españoles que todavía enarbolamos la bandera de la Religión católica y del patriotismo, estamos convocados a librar una cruzada. Una cruzada que entronice de nuevo al Señor en el mundo, comenzando por nuestros corazones, siguiendo por nuestras familias y culminando con  toda la sociedad.

   No es esta una misión imposible, y una prueba de ello se encuentra en  el día que eligió Dios para nacer. El Señor no escogió por nada la fecha del 25 de Diciembre. En este día los romanos celebraban la fiesta del “Sol Invictus”, un acontecimiento pagano que, sin embargo, fue bautizado por el Señor; dotándole de un significado de verdad: Él es la única luz que ilumina al mundo con su justicia y con su amor, a través de unas llamas  tan fuertes que nada puede detenerlas, pues son invencibles. Y nosotros, que somos hijos suyos, también lo somos.

¡VIVA CRISTO REY!

¡FELIZ NAVIDAD!

 

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